Las olas, el viento y el frío de la temporada.

Una temporada a media máquina si hay suerte la del verano 2021. Con el 30 o 40 por ciento de los alquileres ocupados, de acuerdo a datos que se compartieron. Las distintas playas de la costa atlántica sobreviven al invierno para esperar el verano salvador, que funciona casi como un aguinaldo de tres meses, el tiempo de la cosecha luego de las estaciones del frío, la hibernación y la nada.

Necochea es una de las playas del sur, un poco más allá: Monte Hermoso, Reta, las Grutas.
No hay mucho más. Playas amplísimas. De un lado los médanos y del otro el gigantesco mar sin horizonte. Varios balnearios, carpas, sombrillas, poca gente. La playa espaciosa, desierto húmedo, vuelven innecesarias las indicaciones de la distancia social, que se da por añadidura. Algunos ponen la sombrilla y dibujan un círculo simulando una burbuja de arena. No acercarse, la consigna tácita. El barbijo se baja, se guarda en el bolso porque la distancia sobra y hay playa para todos y no se acerca al otro el que no quiere. Jóvenes de casacas blancas que dicen “Ministerio de Salud” caminan la playa pero son mayormente innecesarias sus recomendaciones, que se cumplen por decantación. No se observan juntadas de jóvenes, esas que son más de Gesell o Pinamar. Necochea es casi la capital de lo familiar, con pocas discotecas en épocas normales y espectáculos callejeros en la 83 para todo público. No escuché nunca un reggaetón ni nada parecido. No es que no exista alguno con un parlante portátil, pero en general nadie les hace eco. Los abuelos, los hijos y los nietos. Playa, mar y médanos. Viento fresco de a ratos, como fría está la temporada. Dos caminatas posibles: hacia la escollera que linda con el río Quequén o hacia los restos de lo que fue un muelle de pescadores. Más allá de la escollera, un descanso de lobos marinos y un emprendimiento de hace un par de años: Puerto Gardella, un pequeño paseo que incluye puestos gastronómicos al aire libre y alguna recreación para chicos. Muy moderno el lugar en comparación con Necochea misma, queriendo ser un enclave de cierto capitalismo que quiere progresar y ser estético como una bicisenda de la Ciudad de Buenos Aires. Poca gente cuando hay mucho viento, aunque el abrigo de suculentos médanos le brinden reparo. Necochea también es el otro extremo de la posible caminata: las ruinas del muelle de pescadores. Es dejar que el mar haga su trabajo inexorable sobre esa estructura de hormigón desde hace añares. Un punto de partida y de llegada. En el medio, el Casino cayéndose abajo tal vez porque tampoco representa la idiosincrasia de una ciudad antimoderna, ajena por completo a vicios de magnates o de gente que se cree más de lo
que es. Lo que supo ser un lindo edificio casi emblema de la ciudad ve agrietada su
estructura cada verano e incluso sufriendo un incendio en agosto.
Tiempo y espacio en este 2021 de excepción Que había lugar en la playa, pero a veces ir a
bañarse a el mar a la tarde implicaba sortear cierta carrera de obstáculos. En el 2021 de
continuidad de la pandemia no. Porque cundió el miedo, la poca plata, o las dos cosas al
mismo tiempo. Precaución y bolsillos vacíos o menguantes. Con mi mujer Mariana se nos
ocurrió designar como termómetro de la actividad económica la situación de una galería de la villa balnearia, que une la avenida 83 con la 81. En el 2001, vimos que estaba desierta, con los locales cerrados o alguno agonizando sobre el extremo más concurrido que daba a la peatonal. En los años siguientes, la vimos resurgir a la galería de locales en esa especie de sustitución de importaciones que significó la devaluación brusca. Se llenó de locales, con una parrillita en el medio y todo. Después del 2011, comenzó a decrecer hasta quedar ocupados la mitad de los locales y así quedó más o menos. Medio muerta la galería, y guardo la anécdota del verano 2020 cuando la quisimos atravesar con mi familia para cortar camino un mediodía y nos sorprendió la puerta cerrada en la 81. Volvimos hacia la 83 y vimos a una señora que estaba echando llave y de casualidad nos vio, que si no nos quedábamos encerrados hasta quién sabe qué hora. En este 2021, sigue languideciendo con más locales cerrados que abiertos. En los que sobreviven, no circula casi gente. Hasta en días frescos, uno piensa que la gente se fue para la 83 pero hay poco tránsito por la peatonal hermosamente pintado su suelo. La cantidad de gente repunta un poco los fines de semana, cuando se acercan a mirar el mar los vecinos de Tres Arroyos.
¿Dónde está la gente? Muchos no se atrevieron a venir o se fueron a caminar al parque
Miguel Lillo, dulce remanso para cubrirse del viento helado. Un día, vimos en TN a un
funcionario del municipio decir que había 13 camas de terapia intensiva y la mitad
ocupadas. Un baby shower puso en su momento a la ciudad en el ojo de la tormenta,
ahora se mantiene con número de contagios relativamente altos, tal vez demasiado para
la escualidez evidenciada en la cifra citada del sistema sanitario. Un paseo del parque
culmina en cámpings y el lago de los cisnes, un pequeñito émulo del de Palermo con agua
estancada. Un pequeño zoológico y una tirolesa que se inauguró este año, para intentar
pasar a la pandemia colgados de un cable, por arriba. En el mismo sentido, los dibujos
coloridos en el suelo de la peatonal 83. Dibujar, pintar para resistir, como la feria de
artesanos en la plaza. Resistir y seguir siendo esencialmente lo mismo: lo familiar, lo
artístico, lo anti moderno y el mar. Montañas de arena en el medio de un balneario que
nadie palea, los baches que se reproducen en la ciudad y el mar comiéndose el muelle.
Pero la tranquilidad de que nada de eso importa.
Lejos de las playas colmadas de Mar del Plata que se cierran y derivan a jóvenes a otros
lugares y del amontonamiento en la localidad serrana de Santa Rosa de Calamuchita,
sobra espacio para los pocos valientes que se acercaron. Un parque inmenso, una
sucesión eterna de médanos y el mar inconmensurable. El clima de la temporada aparece
en general frío a mitad de enero, recreo del infierno caluroso de Buenos Aires.
Las olas, el viento y el frío de la temporada.

Por Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

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