Maradona lo sabe

Ya han pasado varios días desde la muerte de Diego Armando Maradona. Ya las aguas se han calmado. Ya el nervio humano cedió para que llegue la reflexión. Son varias cosas las que se me vienen a la cabeza para escribir y seguro en el proceso de escritura, varias ideas quedarán por fuera de estas líneas; pero me parece necesario escribir.

Primero puedo decir que el que escribe estas líneas, nació en el año 92, en medio de los años maradonianos, dónde la épica, la gloria y el doping estaban a flor de piel. Soy de una generación que creció con un Diego retirándose, dando sus últimas zancadas hacia su ocaso como jugador activo. Recuerdo mi primer partido del que tengo recuerdo, es su retiro, en Octubre del 97, victoria de Boca, en cancha de River y un Palermo platinado. Ni sabía quién era Maradona, pero a mis cinco años, sabía que Maradona existía, que nadie me lo había contado. Maradona existía,. Como existe el sol, la luna, la noche y el día. Mis padres, tíos o abuelos, nunca me lo mencionaron. Maradona fue mi descubrimiento. Mi generación fue la de la reconstrucción de su mito, del mito viviente, y la primera que empezó a repasar su arte en video.

Tal vez a partir de este primer contexto, podemos decir que mi generación es la primer generación del archivo televisivo/ audiovisual. 

Hoy el deporte, y el fútbol en particular, está dotado de una maximización de contenido: hay partidos todos los días, en cualquier parte del mundo. En el período de 1976-1997 (años de actividad de Diego), aún con tantos adelantos tecnológicos, solo los que grababan a mansalva en VHS, podían llegar a tener acceso, a los que en esta generación actual tienen. Ni mencionar los de épocas anteriores a la mía, dónde la televisación de partidos sin la generosidad de los grandes, o la selección Argentina, no era posible todo el tiempo. El mito maradoneano empieza a gestarse en una etapa dónde tener una televisión era un poco más común, y ésta empieza a tomar un lugar esencial. 

Diego Maradona, nace en el Hospital Evita y vive en Villa Fiorito, en un circuito muy humilde del sur del Conurbano Bonaerense. Pasa hambre y necesidades, no así no llegan a ser extremas. La familia Maradona, Don Chitoro y Doña Tota, inunda su pequeña casa de valores y amor por sus hijos. Diego es la conjunción de una anatomía prodigiosa, y la mezcla de esos valores, que hacen que nazca y crezca el pequeño Pelusa, y vaya asomando su cabeza, ambiciosa y brillante, su creación más monumental: Maradona. Éste es el personaje principal que veremos evolucionar año a año, queriendo llevárselo todo puesto y dejándolo solo en la cima del mundo.

La historia de su prueba en Argentinos Juniors y su encuentro con Francis Cornejo, tienen correlato en las miles de anécdotas y relatos que se cuentan y perviven en sus amigos, rivales, compañeros, ect. Diego es un superdotado con la pelota, ya desde los diez años, deslumbra a todos. Él será una leyenda. Él lo sabe. Una entrevista a sus diez años, en 1970, habla de un Diego puro, de inmensa ternura, y un Maradona que empieza a declarar con capacidad de sabio: ” Mi primer sueño es jugar un Mundial..” . Maradona sabe que lo jugará. Maradona sabe que llegará a la Primera de Argentinos, tendrá su casa nueva sacará a su familia de la letrina de Fiorito y se mudarán a La Paternal. Lo sabe. Y eso es brillante. Allí empieza a reflejarse la pureza del ídolo: es el mejor de sus compañeros, el mejor hijo de sus padres, el mejor novio para Claudia, el mejor rival para los de otra casaca. Diego es así. Maradona empieza a ambicionar querer más.

Tal vez Maradona fue el gran meritócrata plebeyo, pero también el gran lobbysta futbolero. Con sus declaraciones su destino cambia a Boca, dejando una estela de fortuna a su Argentinos natal, dónde pronto crecerá el semillero del mundo. Maradona sigue apilando pergaminos, y despeja dudas de su capacidad futbolera, con el campeonato Metropolitano 81, ganado por Boca, con nombres que brillaron mucho más con él a su lado. Diego llora su exclusión del Mundial 78, Maradona jura taparle la boca a todos para despejar dudas de que la diez de la Selección tiene que ser suya. Llega el Juvenil 79 en Japón y nace Súper campeones. Hasta en eso Maradona es tremendamente influyente. La 10 ya es suya. 

Atrás quedan monstruos del fútbol, Bochini, Alonso, Houseman, todos se quedan mirando pasar al fenómeno, cuál cometa Halley. Todos se rinden a sus pies, aún sin un campeonato del mundo. Todos pelean su camiseta para cambiar o una foto con él. Diego es muy generoso.

Llega Europa, llega la hora de medirse a ver de qué está hecho y el pibe de oro no defrauda. Hay destellos de su magia por doquier. En Barcelona tiene 3 enemigos: la hepatitis, una patada vasca asesina, que le parte el tobillo de su zurda, y la cocaína. Ahí es cuando Maradona le empieza a torcer el brazo al Diego de Fiorito.  Maradona es un superhéroe que se reconstruye de cada golpe demoledor con la velocidad de un rayo, con la fortaleza de un toro, y deja ver un velo de oscuridad en su mirada. A Dieguito le sueltan la mano en Europa y no sabe como volverse a Fiorito. Pero igualmente, Maradona tiene memoria, mucha. Y siempre vuelve a Fiorito. Tal vez para recordarse que antes de ser superhombre, fue piso de tierra, mate cocido y letrina.

Hubo desamor en el Barcelona, y hubo locura en Nápoles. Diego Maradona es la estrella que bajó del cielo para iluminar a los napolitanos. Lo hizo. Vaya si lo hizo. Los altares del hombre de rulos minan hoy y por la eternidad las calles empedradas de ese pedazo de tierra, que a Diego le resultaba tan familiar. Y ahí surgen las jugadas épicas, la belleza única e irrepetible. Maradona en el fútbol es la belleza absoluta; su cuerpo se articulaba como bailarín, cada movimiento se prestaba para una imagen icónica. El mejor Maradona está dentro del campo: porque hay que decirlo, Maradona en el campo es invencible, no hay partidos malos de él, solo hay calidad en sus intervenciones; un hombre que cuando toca el campo se ilumina. Pero también es el Maradona más oscuro, el que desaparecia con Coppola días enteros, el que consume sin control hasta el miércoles y limpiaba su cuerpo hasta el domingo para jugar. El que le daba pánico que sus hijas lo vean consumido en su oscuridad, el pasaba horas y horas recluido bajo una manta, encerrado, dormido en sueños eternos.  Luz y oscuridad. Que difícil ser Maradona y vivir un The Truman Show eterno, desde los dieciseis años hasta tu muerte. No hay justificaciones, solo empatía.

Llega su hora más gloriosa. México 86, y el tipo sabe que será su mundial. Y es brillante. La mejor actuación individual en un juego colectivo. Cada segundo en México será marcado por la posteridad como hito. Actuaciones perfectas, donde nadie jamás volverá a repetirlas: Uruguay, Inglaterra, Bélgica y Alemania. La camiseta 10 en la espalda con la camiseta argentina comienza a convertirse en tatuaje eterno de una patria moderna. Inglaterra, pos Malvinas, y Maradona sabe que los va dejar pintados de alguna forma, porque todo lo que construyó lo hizo a partir de bronca, de su rabia; un dia fue darle una vida más digna a su familia en un mundo desigual, otro plantearse a Ferlaino por premios más justos, y un día fue venganse de los english, por los pibes de Malvinas, que no volvieron. Maradona encontró esa motivación ese 22 de Junio. 

Lo que seguro no sepa es que será mito; por el primer gol, alegoría del robo al ladrón y el segundo, belleza absoluta. En dos minutos, Diego Maradona hizo un pacto con Lucifer, y selló el gol para hacer justicia a cambio de ser un tramposo, para los moralistas de siempre. Y luego recibió la inspiración de alguien superior y dibujó la travesía perfecta, la humillación irrefutable. Se habían recuperado las Malvinas, por lo menos durante noventa minutos. Ahi Maradona pasó a ser un miembro del cielo argentino, eterno e incuestionable, junto a Perón, Evita, Gardel, San Martín, Belgrano y alguno más. El lo sabe. Sabe que construyó los días más felices de un país lleno de injusticias e infelicidades; que cerró grietas eternas con abrazos interminables y puños cerrados vitoreando el nombre de la Patria. Maradona pasa a ser parte de la patria, indivisible y eterno.

Maradona lo sabe, y siente el deseo de asumir sobre sus hombros, mientras viva, la alegría de un pueblo. Habla a las cámaras, y se dirige sin intermediarios a napolitanos y a argentinos con un nosotros inclusivo. El mensaje llega potente, porque sus receptores lo sienten como un semejante. Diego es el guerrero de su patria y de su ciudad. Lleva en cada campo de futbol, en cada mesa de discusión, las banderas que jura con su vida proteger. Sale a la cancha y se genera un fenómeno único: una multitud interminable sale con él, una muchedumbre eterna , de generaciones contemporáneas y venideras que se sentirán identificadas con su guerrero. Maradona y su manera de plantarse ante el poder, la manera que canta el himno y lo siente, genera el orgullo: el de ser argentino. El de ser napolitano.

Diego gana casi todo con su Napoli, el pobreton del sur de talia, y le pinta la cara a la Italia rascista. Muchos ya lo odian, más que admirarlo. Llega el Mundial del 90 y se acerca la hora señalada. Maradona, entrega su cuerpo a la patria una vez más cual guerrero espartano lo hace en la guerra, Interminables agujas, enormes tobillos, liderazgo sin par que conduce a jugadores sin grandes pergaminos a desafiar al destino. Italia en Nápoles, y todo un pueblo pone a su Dios por encima de su bandera, de su “patria”. Diego les gana, con manos salvadoras, con Bilardo y una selección de corajudos. Diego llora desconsolado una final que debería haber tenido otro desenlace. El pueblo argentino lo recibe y lo abraza. Lo ama cada vez más. 

Llega la venganza de algunos dioses celosos de Maradona y le plantan un dóping, que nunca había saltado, y lo quieren sumir en una oscuridad eterna, y renace, por primera vez. Sevilla y Newell´s son testigos de la resurrección de un Dios. Miles de fieles lo ven jugar, y aunque su brillo no es cegador, es mágico. Basile, director técnico de una selección bicampeona de América pide la ayuda de Maradona, presente en las gradas, después de comerse cinco con Colombia. El dios, el héroe, el eterno vuelve y cumple. No ha habido días de más esperanza en Argentina que esas dos fechas en Boston y Dallas. Solo el funeral de Perón, Evita y Gardel son comparables con el dóping en pleno Mundial. Yo sentí lo mismo el día que murió. Porque yo no sabía explicarlo pero lloraba. Yo sentí una esperanza única cuando fue el Mundial 2010 que él comandó: “Tenemos a Diego, no podemos perder”.

Después llega el Diego menos heroico, pero vivo. El mito que vive, y que vive con la mediatización de un mito viviente. Un ocaso de actividad profesional donde el brillo se iba a apagando, retiro silencioso. Drogas sin control, hijos por doquier, machismo por allí, misoginia por allá y una vida privada que se opacaba (a veces) con los momentos de felicidad colectiva que nos brindó desinteresadamente. Un tipo que expresaba la oscuridad de su vida porque estaba sufriendo. Un tipo que volvió de la muerte dos veces. Un tipo que amaba a los suyos, sea quienes sean. Un tipo que se hinchó las pelotas de que su vida sea una vidriera. Maradona se fue apagando, un hombre que decide cuando morirse, que puede detener todo en un instante, mientras los giles de siempre pasan de largo. Solo merece que lo llamen por lo que es: un dios.

Fabian Fazzini

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