Mano brava

En sus manos tenía lo más cercano a la perfección (Eso creía). Reluciente y soberbio
aparecía el ancho de espadas custodiado de cerca por los siete sables y más atrás venía el seis
que completaba la flor. Se sentía imbatible con esas armas, nadie podría vencerlo. Pero no se
daba cuenta que había algo en esa mano que no encajaba. No, no era ese Uno solitario, ese
poderoso que se bate a duelo con su par de bastos por el poder. Tampoco era ese ejército que
custodia a los de arriba y los mantiene separados y protegidos de los que están más abajo, como
lo hace también ese otro siete, el de la riqueza concentrada. Solo ellos saben que clase de
alianzas se pactan en esa cúpula.
El que no encajaba en esa mano era el seis. Ese sencillo y humilde seis no pertenece a
esa élite, su lugar es abajo, con sus pares de los otros palos que también son marginados por los
de arriba. Ese seis no sabe que fue engañado por los poderosos. Le hicieron creer que es parte
de ellos pero en cuanto obtengan lo que quieren de él lo van a sacrificar en la primera mano
mientras ellos se reparten el botín.
Y es que les hacen creer a todas esas cartas que no valen nada, que nunca van a ser
como las otras. No son como esos Tres que se creen parte de la cúpula (aunque no sean más
que la base de la pirámide). Ni como los Dos, que les besan los pies tratando de que los acepten.
O esos asquerosos unos, bien llamados “Falsos”, que se muestran como si fuesen importantes
pero ya nadie los confunde. ¡Y qué decir de las figuras! ¡Las hermosas figuras! Creen vivir como
reyes y se pasean a caballo mirando desde arriba al resto pero no son más que otros marginados
aunque pretendan codearse con los de arriba. Son parias, no las quieren en ningún bando,
siempre están solas y cuando deciden unirse no suman nada.
Pero esas cartas marginadas, que por sí solas son vulnerables, si se juntan pueden llegar
a vencer al que sea que se les ponga por delante. Y eso es lo que el resto pretende que no
sepan…
-¡Falta envido! – escucha que cantan.
(…Pero ya es tarde)
Aceptó sin dudarlo mientras esbozaba una sonrisa soberbia pero se le borró por
completo al ver sobre la mesa esos treinta y tres bastones en las manos de los marginados,
todos unidos, derrotando al intocable y su ejército (y al pueblo que logró seducir). La terna era
completada por el siempre rechazado y bastardeado Cuatro de copas, por esta vez, en el bando
de los ganadores. Al fin y al cabo iban a hacer falta muchas copas más para brindar por la
victoria.
…Mejor pongámosle “Truco”, pa’no avivar giles…

Lucas Álvarez

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