Nos cortaron las piernas

El negro Fontanarrosa, uno de los más maravillosos escritores de esta tierra, vuelve una vez más en estos días oscuros y refleja el sentimiento colectivo “No importa qué hiciste con tu vida, sino lo que hiciste con las nuestras”. Yo no jugué con Diego, nunca me dijo nada, no salí de joda, no tengo una remera firmada, nunca lo vi jugar más que en videos, no puedo contar ningún tipo de anécdota con él. Pero como millones, sentimos que el mundo es un poco más feo, que un pedazo de vida se nos va y que nuestra vida fue atravesada por él.

I

Hace unos nueve años estaba más deprimido que de costumbre, y eso ya es mucho, al punto que como todo buen ciudadano fui a parar a un distinguido Psiquiatra, para rencauzar mi vida. Le conté de mis dolores, mis traumas, mis miedos, abrí mi corazón, para que me diera algo, como corresponde en esta era farmacológica.

Por supuesto que me dio un famoso antidepresivo. Tenía tarjeta de crédito, un trabajo de mierda y estaba medicado, ¿qué más se le podía pedir a la vida? Ya era todo un ciudadano de la era moderna. El doctor, luego de cierto tiempo me fue retirando poco a poco la cantidad que debía tomar. No sin antes advertirme que tenía que buscar la forma de reemplazar esa felicidad artificial: Salí a bailar, coge, viví la vida, no duermas, hace algo, casi me suplicaba el doctor, ¿Qué es lo que más felicidad te da en la vida? Me preguntó.  Le respondí que en ese momento, mi máxima felicidad eran los nueve minutos y veintitrés segundos de un video de Maradona jugando en el Napoli.

Míralo todos los días, recetó el doctor.

Durante un buen tiempo, ese video del Diego fue una especie de placebo para mí. No es sólo fútbol, Diego es arte y generaba en mi cerebro las mismas sustancias de felicidad que se necesitan para esta vida a la que llamamos normal.  Era estético: Sus controles de pelota, sus pases, su visión perimetral. No creo que haga falta, ¿pero por qué era el mejor? Alguien esbozó la respuesta y dijo que Maradona era un equipo dentro de un equipo. Nosotros admiramos a futbolistas que pueden llegar a tener una característica más organizadora de juego, relacionada con la visión periférica. Admiramos también, a gambeteadores fenomenales, que resuelven con instinto y talento situaciones de juego negadas para otros mortales futbolistas.

Maradona tenía las dos características. Además, tenía un liderazgo y un coraje que pocos pueden presumir. Fue un pedazo de sueño, convertido en futbolista.

Deje los antidepresivos.  Gracias a Diego. Prozac, la tenes adentro.

II

Mi viejo era de Argentinos Juniors ¿Cuál era el motivo? Lo vio jugar a Diego, en La Paternal. No había más fundamento que ese para romper tradición sanlorencista en la familia. Un amigo le dijo que había un pibe que la rompía. Fueron a verlo, se enamoró. Fue como tantos, un maradoniano. Mi viejo, como decía Galeano, era un mendigo del fútbol “Ando cancha por cancha mendigando una buena jugada, un caño, algo que me saque de la mediocridad de los partidos de todas las semanas”

Antes de que muriera, pude preguntarle cosas importantes: ¿cuáles eran los mejores jugadores de fútbol que había visto? Me respondió: Kempes y Houseman.  ¿Y Maradona?

No, Maradona no puede entrar en ninguna oración con otro futbolista.

Ese amor por Diego, esa admiración, es acercarme un poco a mi viejo. Recordarlo sonriendo ante algún chispazo mágico del diez.

Nos cortaron las piernas

El poder gusta de historias con héroes educados. El sueño americano que atraviesa nuestra cultura, quiere al héroe sistematizado, domesticado, compartiendo los valores de las clases dominantes. Hollywood ha hecho de esto una estética exitosa.

Pero este cabecita negra, fue un error en la matrix. Se metió con todos, con el Papa y su cúpula de oro; con los garcas de la FIFA; contra los yankis y apoyando a Cuba. Podría haber sido Pelé y rodearse de los dueños del mundo.  Pero no. Siempre estuvo de la vereda del pueblo. No sé cuántos podrán decir lo mismo.

Escribo para exorcizarme, siento que las palabras de María Elena Walsh sobre Eva son para Diego también, para todos nosotros “Y el pobrerío se quedó sin madre, llorando entre faroles sin crespones. Llorando en cueros, para siempre, solos” Se nos murió el héroe, el mito viviente, nos cortaron las piernas. Nos cortaron el alma y no hay prótesis que valga.

Carlo Magno

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