La izquierda y el impuesto a las grandes fortunas

En estos días tendrá lugar la discusión del proyecto de impuesto a las grandes fortunas. Una medida que acompaña la lógica de que todos tienen que poner su esfuerzo en la mala, en la sequía eterna de una economía paralizada por la cuarentena y que, siendo optimistas, se irá reactivando de a poco. Ha trascendido en los medios de comunicación la posición de los diputados del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, propugnando la abstención. Esgrimen distintas razones para la referida actitud, algunas de las cuales son que lo recaudado se dedicará a Vaca Muerta, una industria que consideran esencialmente capitalista aunque tenga al Estado como socio mayoritario y nociva para el medio ambiente. La segunda razón esgrimida es que la medida viene a ser una bomba de humo para ocultar el ajuste preparado en las jubilaciones y la eliminación del IFE 4. Hacer un guiño a la izquierda para doblar a la derecha. También argumentaron que el impuesto es insuficiente, una ganga para los ricos, contando con un proyecto superador. Las razones enumeradas me parecen respetables, atendibles. También, es indudable que la representación parlamentaria del FIT suele llevar al recinto muchas veces la voz de los que no tienen voz y su militancia interviene en el conflicto social en defensa de los vulnerables en muchas ocasiones, en fábricas que cierran o se transforman luego de la lucha y con el esfuerzo de sus trabajadores en cooperativas. Quiero decir, la voz de la izquierda es valiosa y lleva al recinto lo que de otra forma no se escucharía. Pero bien, la discusión de este proyecto la interpela porque corona en parte, de forma provisoria, incipiente, una de sus banderas repetidas ante cualquier política de retracción económica: “que la crisis la paguen los capitalistas”. Y entonces, la necesaria explicación de por qué abstenerse cuando el proyecto encarna de alguna forma esa máxima.

El suceso pone en escena un nuevo round de disputa por los significantes simbólicos entre la izquierda y el peronismo. Unos dicen que es una bomba de humo y los otros responden que se dicen de izquierda y llegado el momento le hacen el juego a la derecha.

Volvamos en la historia repasando a vuelo de pájaro otros episodios. Alfredo Palacios ingresó a la cámara de diputados y cumplía un rol parecido a los diputados del FIT en la actualidad, llevando a la arena legislativa propuestas de disposiciones para mejorar la situación de los obreros y sectores populares. Nadie la hacía demasiado caso, lo escuchaban, fingían conmoverse por los enunciados largos y ampulosos del dirigente socialista pero a la hora de los bifes le vetaban la mayoría de las iniciativas. Y bien, llegó el peronismo y aprobó algunas de esas propuestas que habían quedado insepultas recuperando de alguna forma ese legado. ¿Qué hizo en ese momento Alfredo Palacios? Se opuso al peronismo de cuajo, en forma terminante al movimiento que, por lo menos en parte, recogía su legado. ¿Y entonces? Argumentaba, entre otras cosas, que el mejoramiento en el bienestar de los obreros se otorgaba para encumbrar la personalidad de Perón. Aludía a que no era una práctica sincera sino guiada por intereses electoralistas y hegemónicos. Una segunda intención oculta que relativizaba o lo hacía oponerse o no acompañar las medidas en beneficio de los obreros. Encarnando una actitud parecida a los diputados de izquierda de hoy, aludiendo a las bombas de humo y la segunda intención de cubrir un ajuste ortodoxo con espejitos de colores.

Pero la pregunta que hay que hacerse es ¿por qué la izquierda no puede acompañar lo que es afín a su ideario y oponerse a lo que debe enfrentarse? ¿Por qué, en su momento, no pudo votar a favor de las reformas obreristas y oponerse a medidas afines a la hegemonía, el culto de la personalidad o el coartamiento de las libertades? ¿Por qué no acompañar hoy el impuesto a las grandes fortunas y oponerse a la aprobación de la nueva fórmula jubilatoria o a la no concreción del IFE 4? ¿Por qué no es posible ese desdoblamiento?

En 2003, la diputada nacional del Frente Izquierda Unida Patricia Walsh recibió la sorpresa de que el bloque oficialista levantaría y acompañaría su proyecto de anulación de las leyes de obediencia debida y punto final que venía presentando desde tiempo atrás sin resultados. Los mismos que no le habían dado ni cinco de pelota hasta poco antes, en ese momento lo aprobaron y la diputada de izquierda acompañó la iniciativa, aunque no siguiera con su voto muchos otros proyectos del gobierno kirchnerista. Pudo hacer el desdoblamiento de acompañar lo que creía productivo y oponerse a lo que consideraba criticable. No se puso a indagar en las motivaciones profundas o las segundas intenciones y en el hecho de que se aprobaba la derogación de las leyes de impunidad porque los genocidas estaban viejos sino que acompañó la aprobación de la iniciativa concreta que permitió avanzar en los juicios en defensa de los derechos humanos. No se hizo kirchnerista ni mucho menos por eso, manteniendo su independencia de criterio. En el 2008, el líder del Partido Comunista Patricio Echegaray apoyó al gobierno en su proyecto de retenciones móviles movilizando a sus militantes. No encarnaron un kirchnerismo duro sino un acompañamiento crítico en el marco de una medida que consideraron progresista en términos tributarios y de redistribución de ingresos.

El actual FIT elige abstenerse con las razones esgrimidas en la introducción. Oponerse lo pondría alevosamente del lado de las grandes fortunas, aprobarlo significaría darle aval a las cortinas de humo que esgrimiera para no acompañar la iniciativa. Oponerse a todo puede significar caer en una especie de puritanismo, de ver la historia como la lucha entre buenos y malos y perder los matices que a veces se configuran en forma de procesos sociales. ¿Scioli o Macri? Fue la disyuntiva en el balotaje 2015, y la izquierda decidió votar en blanco, actitud similar a la abstención. Todas las decisiones son respetables pero la actualidad nos devuelve el caso de una izquierda que prácticamente sólo coincide con el oficialismo y principal oposición en la separación del diputado Jorge Ameri en aquél suceso de triste recordación. A veces el extremismo, contrario a lo que se cree, configura cierta respuesta estándar y cómoda. En ocasiones, saber diferenciarse o apoyar con matices es un signo de valentía, de embarrarse en la historia. Nadie les pide que se abracen con Máximo haciendo los dedos en V.  Sino encarar una oposición constructiva, crítica, responsable e independiente. Con ideología y decisiones completamente respetables pero intentando matizar posicionamientos a veces extremos en todo, como un perro que se muerde la cola. En movimientos circulares, a veces demasiado puritanos, un poco egocéntricos o alejados del sentir social. El riesgo de esas medidas ensimismadas es que el círculo termina abarcando poco, o cada vez menos.

Por Sebastián Giménez.

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