Las buenas vinieron de afuera

Uno trata generalmente de escribir sobre lo que conoce, y por eso pocas veces lo hago sobre los países vecinos o los del viejo continente, salvo para tomar el conocimiento o sentido común que se reproduce en algunos medios de comunicación. No significa que crea todo, y muy lejos estoy de encandilarme con los índices macroeconómicos de esas urbes, casi todas con mejores indicadores que la Argentina. Ya estoy cansado de esos índices como el PBI per cápita, y entonces el millonario tiene mil millones, el pobre mil pesos y el PBI per cápita es un poco más de quinientos millones por cabeza. Que me dejen de joder con esas cosas. No me inmutan esas consignas que gritan algunos “hay que irse a Uruguay”, haciendo hincapié en la presunta liberalidad de un Presidente fachero.

En uno de esos noticieros que se habían subido a esa ola mandaron un corresponsal, que les pasó el costo de vida en el país oriental en dólares y se les fue la alegría enseguida. Pero la información del enviado también adolecía de carencias, porque no me importa el costo de la vida en dólares si no tenemos idea del salario promedio, cosa que no se le ocurrió indagar.

Por eso, no saco conclusiones ni positivas ni negativas de esas cosas. Cada país es cada país, con sus ventajas y problemas que experimentan los que ahí viven, y el resto es fábula.  Y, por lo general, uno experimenta muchas veces que es una mierda el país donde vive y que el que trae la televisión es maravilloso. Siempre un poco que queremos lo que no tenemos. Yo tengo un amigo que me dice: Perú; Paraguay; Uruguay, todos están mejor que nosotros. Si me sale una oportunidad, me voy a la mierda. Yo lo miro y pienso que cuando esté allá, va a decir que era mejor la Argentina. Pero no porque sea verdad, sino porque lo que está lejos siempre tiene el beneficio de la distancia que le borronea los defectos. Una cosa es ver a las estrellas de Hollywood en una película y otra convivir con ellos o ellas los trecientos sesenta y cinco días del año.

Pero esta semana, en que el coronavirus se esparce peligrosamente por algunas localidades del interior del país, los hechos positivos vinieron de afuera. O de adentro, de la Patria Grande, esa designación que quiere saltar las fronteras. Hubo elecciones en Bolivia, recuperándose la democracia y quedando atrás un gobierno de facto lamentable tanto en cuanto a ideas reaccionarias como en la violencia que utilizó para imponerlas. No abriré juicio sobre la situación general del país que no conozco al detalle, pero de la victoria aplastante del MAS boliviano deduzco que esos hombres no habrán hecho tantas cosas terribles como se decía hace poco. Su candidato Luis Arce fue respaldado por el cincuenta y cinco por ciento de los bolivianos, o sea algo bueno habrán hecho. O sus rivales son todavía peores, como dijo una vez Perón cuando partía rumbo al exilio obligado, como en este caso Evo Morales. Un triunfo democrático contundente, y tal vez la enseñanza para el MAS y el pueblo boliviano de que no es bueno ser rehén de personalismos, siendo saludable el empoderamiento de otros líderes para robustecer el movimiento y asegurar el predominio de la voluntad popular.

La otra noticia buena tuvo lugar allende la Cordillera de los Andes, en Chile. En los 90, Ignacio Copani cantaba un tema al que tituló ¿Cuándo será al revés? En la canción rimada, consignaba cosas de nuestro país imposibles de que sucedieran: “¿cuándo informará Asociated Press: vuelta de divisas, vuelve de Suiza la plata dulce que se me fue”. Y hablaba de Chile también y decía: “¿cuándo habrá pan sin sed, cuándo sol sin llagas, y Chile sin Pinochet?”. Y ese día que parecía imposible llegó, cristalizado este 25 de octubre de 2020. Porque el pinochetismo sobrevivía como rémora en su Constitución legada, que nadie se atrevió a reformar por años. Un régimen que sobrevivía con inercia costumbrista hasta que lo desafió la juventud cuando al Presidente se le ocurrió subir el precio del metro. Y se movilizó el pueblo llenando decenas de veces las plazas y haciendo que la reversa en la decisión del gobierno llegara a destiempo, sobrepasada por la ola de indignación. Ya no se arreglaba bajando el precio del metro, sino que se empoderaron otras demandas del pueblo y la juventud sojuzgados. El régimen de privilegio tembló acudiendo a la represión y también a la consulta popular que aprobó la reforma constitucional con el 78 por ciento de los votos. Que enterrará la carta magna de Pinochett, habrá que ver si sólo adecuará las formas a la sociedad democrática o avanzará en medidas de transformación social. Eso es lo que está por verse en el país hermano. Una semana movida en que la historia grande pareció escribirse en estos dos países vecinos. En que las buenas nuevas, vinieron de afuera.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social

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