Mosca de bar

“Porque vos sos una mosca de bar /
porque la vida es un bar”
Tema “Mosca de bar”, de 2 Minutos.

Una conversación que toca los setenta años del peronismo (1945-
2015).

El ruido en la Avenida Corrientes no lo inmuta. En realidad, no podría vivir sin él. El desfile de rostros cansados, que arrastran mochilas pesadas o valijas o bolsos de mano y emprenden el regreso tardío a sus casas no perturba su serenidad, pese a que muchos le chocan el hombro, o una rodilla. Murmura para sus adentros pero sin perder la calma. Y ve a muchos que se cuelgan en colectivos abarrotados de gente en la urbe porteña, que a duras penas avanzan por el tránsito impiadoso. Menos mal que dejé el auto en la cochera, se dice. Acá no hay donde estacionar. Carlos camina sin pensarlo hasta el bar de la intersección con Medrano. La humedad invade el aire. Pronto tendrá que llover, piensa. Siente las piernas entumecidas y que cada movimiento le cuesta el doble. Y se pregunta cómo a Tito se le ocurrió organizar esto un viernes a la noche. Podía haber sido el sábado, el domingo al mediodía. Considera que quizás mejor se hubiera quedado en la casa. Lo llamaba a Tito y le decía que había tenido una recaída de la gripe. Pero no, es lindo encontrarse con amigos y hablar de fútbol, minas y política. Ahí nomás, el letrero luminoso del local que se distingue sobre la espesura y la oscuridad. 

¿Habrá llegado Tito? ¿Y el Cholo? 

Antes de entrar al bar, Carlos relojea desde la ventana si hay alguien sentado en la mesa de siempre. Hay alguien, pero no alcanza a distinguir quién es porque el vidrio está un poco empañado o porque ya no ve mucho. Abre la puerta y entra. El mozo de siempre lo saluda.

-Hola, Charly. ¿Cómo le va? 

-Bien. ¿Cómo va usted? 

-Muy bien. ¿Cómo anda su mujer?

-Bien, muy bien amigazo. 

-Me alegro mucho. Siéntese que ya les llevo algo para picar.

Se abre paso y sus ojos reposan en la mesa de siempre, la que les reservan todos los fines de semana, a veces los viernes, a veces el sábado. Y reconoce a Nacho.

-Chaaaarly. ¿Cómo andás viejo?

-Bien. ¿Hace mucho que estás?

-No, cinco minutos. Estos son siempre igual. Me dijeron a las nueve, ¿a vos te parece? Se ve que las jermu los tienen cagando y no los dejan salir así nomás, ¿eh?

Charly asiente con una sonrisa. Junto a la mesa, el televisor del bar muestra un fondo de pantalla roja, donde se suceden noticias de asaltos y homicidios.

-Mirá, esto es un desastre. ¿A vos te parece? En este país así no se puede más. Mirá esa noticia, a un tipo lo mataron para sacarle la bicicleta. ¡Una bicicleta! No era que el tipo llevaba guita, nada. Se le arriman unos pendejos y lo liquidan. Esto es una joda – arquea las cejas Nacho.

Charly se dice que es muy temprano para empezar a discutir.

El bar comienza a poblarse de gente. Afuera empieza a caer una espesa llovizna, que moja y empaña los vidrios.

-Ahí están – dice Charly señalando con el vaso de vino tinto hacia la puerta entreabierta, por donde pasan Tito y el Cholo.

-Hola, camaradas. ¿Cómo andan?

Charly y Nacho se paran y dejan la mesa huérfana por un momento.

-Bien. Por fin llegaron.

-No nos esperaron, ¿eh? – ríe Tito señalando la botella de vino, que está por la mitad.

-¡Cómo chupan, viejo! Y ni siquiera pedimos la picada todavía.

Se sientan los cuatro en la mesa de siempre. Alzan la mano, el mozo se acerca.

-Hola ¿cómo andan? ¿Qué se van a servir?

-Traé algo para picar.

El mozo se retira presuroso. El televisor continúa mostrando con fondo de pantalla roja los robos y asesinatos, con la misma frialdad y rutina que si se tratara del servicio meteorológico.

-¡Cómo les encanta vender morbo, flaco! Estos tipos son unos hijos de puta, filman cualquier cosa. Porque a los giles les gusta – comenta el Cholo, mientras unta un pan con manteca.

-Y sin embargo, vos mirás – le replica Nacho mientras arregla el mantel que está arrugado en su sector de la mesa.

-Y sí, miro. Pero al pedo. Pedile que ponga el partido.

Al ratito, el mozo cambia el canal y sintoniza el partido. Juegan Racing y Arsenal.

-Ahora sí estamos viendo algo muy productivo, fútbol. Para tapar las cosas que pasan no está mal –afirma tajante Nacho.

-¿A qué te referís con tapar las cosas? – indaga Charly, con tono desafiante.

-A la inseguridad, flaco. Uno puede taparla de mil maneras, por ejemplo viendo este partido que no le interesa a nadie. Mientras, afuera se viven cagando a tiros por nada. Están los pendejos que piden en la calle, que te limpian los vidrios del auto sin que les pidas. Todos nos acostumbramos al delito y mientras gritamos goles.

-Ahí está el facho. Nunca cambiás, Nacho – certifica Tito.

-Pero qué facho ni ocho cuartos. Yo lo que pido es que se cumpla con la ley, no puede ser que estacione el auto acá a la vuelta y venga un tipo que se ofrece a cuidármelo, y que le tenga que dar una moneda porque si no me lo rompe. ¿Me entendés? Los trapitos hacen lo que quieren, son los dueños de la calle. 

-Sí, sos un facho, Nacho. Te escucho y cada vez me convenzo más. Está bien, pedile al mozo que ponga Crónica de nuevo, así cenamos viendo degollados o gente llorando – dice Tito tirándose hacia atrás y haciendo rechinar la silla.

-Está muy bien lo que decís, Nacho. A todos nos gusta la legalidad, si no nos dedicaríamos a chorear o a vender droga. Pero vos olvidás que esos tipos no tuvieron nuestras mismas posibilidades. A los trapitos no les queda otra que ser trapitos. ¿De qué va a laburar el trapito? ¿Vos pensás que tienen currículum y los van a tomar las empresas? – inquiere Charly.

-Entonces está bien que choreen. Con ese discurso uno puede defender a todos. Por ejemplo, esos tipos que le tiraron a la embarazada resulta que son pobres tipos, que no tuvieron posibilidades, dejame de joder. Y resulta que ahora los trapitos son buenos. Son buenísimos. Si no les das propina te patean el auto los hijos de puta.

Charly se incorpora en la silla antes de responder.

-Yo no digo que sean buenos. No son buenos ni malos, flaco. Hacen lo que pueden como nosotros. Vos no te pusiste a pensar por qué antes no pasaba esto. Antes no había paco, no había pibes asesinos por las calles. Porque había más justicia, los pibes comían, no necesitaban afanar. 

-En eso tiene razón Charly – se suma el Cholo.

Nacho arremete.

-Pero antes no se jodía. No entraban por una puerta y salían por la otra. Ahora los pibes le meten cuatro tiros a uno y los dejan salir a ver cuánto tardan en meterle cinco a otro. Esto es una joda, hermano. Antes a esos pibes los encerraban o los re cagaban a tiros. Ahora todos salen, dejame de joder – dice Nacho apoyando fuerte el vaso sobre la mesa. 

Charly lo mira y hace un esfuerzo para no exasperarse, sabiendo que es una cena de amigos. Que está cansado luego de toda una semana de trabajo.

-¿Por qué no te inventás entonces un escuadrón de la muerte? – desafía Tito irónico.

-Pero, no. Ustedes no me entienden. Yo no digo que hay que matarlos a todos pero hay que hacer respetar las leyes. No puede ser que cada uno haga lo que quiere.

-Lo que puede – interrumpe Charly, y se hace un silencio que parece de aprobación. Traga saliva para retomar.

-Es muy fácil juzgar así a los pobres que delinquen. Formemos un gigante pelotón de fusilamiento y matémoslos a todos. Sigo tus ideas, Nacho. O hagamos respetar las leyes y construyamos cárceles gigantes. El país sería una gran cárcel. Es una solución genial, ¿eh? Metamos a todos esos negros en la cárcel, a los trapitos, a los cartoneros, a los villeros. Quememos las villas, vamos con las topadoras de los milicos. Así se soluciona todo y nosotros podemos comer acá tranquilos en avenida Corrientes. Esos negros que vayan y coman guisos pasados por agua en la cárcel. Que beban agua de letrina y revienten como ratas.

-Yo no digo eso. Pero ya que te hacés el iluminado dame una solución – desafía Nacho.

-La solución es más amplia, más compleja. El pibe chorro es chorro porque no le queda otra. ¿Vos qué pensás, que es un pibe que estudia, que no le falta nada, y que se le ocurrió ser chorro en un test vocacional? No, flaco, el sistema, nuestra sociedad lo llevó a eso. Somos una mierda, porque hacemos pagar al más débil. Primero lo abandonamos y después le decimos que sea un buen pibe. Se los toma de albañil, de repositor en Coto como mucho, y después queremos que esos tipos nos quieran y se porten bien.

-Pero los políticos se deberían ocupar… No puede ser que entren por una puerta y salgan por otra – abre las manos Nacho.

Charly se ataja.

-Los políticos, los políticos…Pero tus ideas son peores. Menos mal que no tenés más poder. Si no, pobre de los pibes chorros o de los trapitos. Es muy fácil echar la culpa a los políticos. Pero si no cambia el sistema no cambia nada. 

-El sistema, el sistema, es muy fácil echarle la culpa al sistema. Hay que cambiar el sistema…- enarca las cejas Nacho.

-No queda otra. Porque si no es como poner curitas. Si no se da laburo a esta gente, van a seguir choreando. ¿Qué querés, que no coman? – pregunta Charly encogiéndose de hombros.

Lo interrumpe la llegada del mozo con la picada. Trae dos bandejas con queso, salamín, aceitunas, pan y fiambres. El silencio ocupa por un momento la mesa.

El televisor proyecta la imagen del gobernador ensayando explicaciones por los hechos de inseguridad que se repiten. 

-¿Te das cuenta? No dijo nada. Vamos a trabajar muy fuerte. ¿Qué carajo es eso, me querés decir? – pregunta Nacho indignado mientras pincha un queso con un escarbadientes.

Charly se incorpora.

-Pero las soluciones no las puede dar el gobernador. Vos querés que anuncie medidas de mano dura, que vamos a meterle una bala a cada chorro como dijo una vez uno. Pero mientras no se cambie el sistema que crea esto, de poco sirve. 

-Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa –intercede Tito mirando a los dos. 

-Está muy bien lo que decís, Charly. Hay que cambiar, que todos coman por lo menos. No puede ser tanta riqueza de un lado y pobreza del otro. Pero también estoy con lo que dice Nacho, escuchame. Hay que poner un coto a esto, un límite. No podemos esperar que venga la revolución y mientras los tipos hacen lo que quieren. Hay que poner un poco de cada cosa, cambiar la sociedad y mientras tanto castigar el delito.

-No me parece mal lo que decís, Tito. Vos sos un tipo más sensible que Nacho, que sólo quiere balas para los pobres. 

Nacho se ríe y señala a Charly.

-Esperá que te toquen a vos. Vos hablás así porque no te pasó nada. Porque no sos pariente del tipo que mataron por una bicicleta, porque no sos el esposo de la embarazada que le dispararon.

Charly extiende la mano hacia Nacho.

-Pará la mano, che. Yo estoy pensando en general cómo nos organizamos como sociedad. Si cada uno de los argentinos va a pensar en función de lo que le pasa a él solamente estamos perdidos. Yo entiendo lo que decís, y no es que me dé lo mismo esa pobre gente que fue víctima de delitos horribles. Pero quiero entender por qué esto sigue y no se puede parar, y por más que el gobernador diga lo que diga, no se va a arreglar para mañana esto. Porque por más que pongamos un farolito en una esquina de barrio, no significa que sea más seguro, hoy te afanan a las dos de la tarde en Avenida Rivadavia.

-Porque se los permiten – dice Nacho.

El Cholo y Tito se distraen un momento observando el partido de Racing y Arsenal que vuelve a sintonizar el dueño del bar, cansado de Crónica. 

-Qué mal partido, por Dios. No dan dos pases seguidos. No tiene nada Racing. 

Miran la pelota deambular sin rumbo, rebotando en cabezas, muslos, piernas y suelas que no la dominan y se la sacan de encima.

-Son unos burros. Todos perros de presa.

-Es que a los buenos jugadores se los llevan a Europa. Acá dejan a estos muertos de hambre, que podríamos jugar nosotros tranquilamente.

-Hace cuánto que no jugamos al fútbol – observa Charly.

-Como medio año. Es muy difícil organizar. No juntamos diez ni en pedo – certifica el Cholo.

-Ni en pedo – se repiten todos.

-Traé una parrillada para cuatro. Como siempre.

El mozo asiente y se retira rápidamente. 

-¿Saben cuándo se cagó este país, cuándo empezó a irse a la mierda? – pregunta Nacho. 

Lo miran los amigos sin intriga ni sorpresa, sabiendo hacia dónde quiere derivarse.

-Con el peronismo. Este país estaba ordenado, había república, había instituciones hasta que vino el peronismo. El país estaba lleno de guita, si el mismo Perón decía que no se podía caminar por el Banco Central de los lingotes de oro que había.

-Vamos a terminar mal – dice Tito atajándose mientras toma un vaso de vino tinto para pasar mejor la picada. 

Nacho sigue, muy convencido.

-Perón le dio de comer a los negros, les dijo tiren manteca al techo, no laburen. Y así se fue todo a la mierda, no quedó un solo lingote de oro en el Banco Central. El país nunca se recuperó después de ese despilfarro totalmente irresponsable.

-Lo que hizo fue distribuir, vos estás loco. Vos porque odiás a todos los negros, empezando por el trapito que te cruzaste en la otra cuadra. Aparte en la época de Perón había laburo, flaco. Los negros no se rascaban, laburaban aunque no te guste – demuestra el Cholo.

-Tiene razón. Perón no fue tan malo como los que tenemos ahora. Robaba pero hacía, como dicen los peronchos. Antes había laburo, no había ni trapitos ni un carajo. Uno cumplía veinte años, entraba a una empresa y se jubilaba en esa empresa. Ahora la mitad de los laburantes labura en negro, decía en el diario. O sea, los patrones los negrean, le pagan dos pesos, los matan de hambre. Y esos tipos no van a tener jubilación – apunta Tito.

-El problema de este país empezó con el peronismo. Perón le dio de comer a los negros, los puso gordos, todo fácil sin trabajar. Y así estamos – insiste Nacho.

Charly se siente obligado a intervenir.

-A ver, a ver. Qué interesante lo que planteás, que los negros no quieren laburar y les encanta vivir en la miseria.

-No pagan la luz, el gas, el agua. No pagan impuestos. Viven gratis en la villa, y los pibes comen en los comedores de la escuela. Esa gente no necesita mucha plata para vivir. ¿Te das cuenta? – comprueba Nacho.

Charly se sonríe.

-Qué inteligentes son los tipos, encontraron la forma de vivir sin trabajar. ¿Por qué no nos mudamos todos a la villa entonces?

Nacho no responde, levanta las cejas como diciendo qué giladas se le ocurren a éste. Charly retoma.

-Hablemos en serio por un momento. Vos Tito, en tu panadería. ¿Tomarías a laburar a alguien que vive en una villa?

-Y, lo pensaría.

-¿Sí o no?

-Ni.

-¿Sí o no?

-No.

-¿Se dan cuenta? Y así el tipo que podría ser un excelente panadero, un brillante oficinista o un meritorio cadete se queda en la villa, abandonado por la sociedad, que encima tiene el tupé de pedirle que pague los impuestos. Reciben agua podrida, se les desbordan los pozos ciegos, tienen pisos de tierra y queremos que paguen los impuestos. Qué hijos de puta somos – señala su pecho Charly.

Nacho no da el brazo a torcer.

-Acá todos laburamos. A nosotros nadie nos regaló nada. Tenemos nuestra casa, nuestras familias y las mantenemos todos con el sudor de nuestra frente. A los negros les viven dando subsidios. Cuantos más hijos, más subsidios. Y viven de eso, y no quieren laburar más, si total viven de arriba. Toda esa podredumbre empezó con el peronismo.

-Alguien dijo que era un hecho maldito… me parece que Cooke fue – cita Tito como al pasar.

-Un hecho diabólico, más bien – certifica Nacho.

Charly se incorpora.

-Me encanta cuando citan pensadores como si supieran algo. Cooke lo que dijo fue que el peronismo era el hecho maldito del país burgués. Porque fue una horda de negros justamente. Porque la Argentina creía que la basura era fácil barrerla bajo la alfombra. Y resulta que un tipo le dijo a ese país que se creía europeo, mirá, ellos también son el país. Hay que hacerles un lugar, apriétense un poquito. Y vinieron los negros en malón, invadieron Mar del Plata y los conchetos se fueron a Punta del Este. Eso me encanta del peronismo, que les dio una bronca bárbara a los conchetos y que trató como personas a la gente maltratada por el sistema.

-El sistema… el sistema – balbucea Tito, distraído y pescando al vuelo la última palabra.

-Pero ojo que el Viejo era facho, no nos olvidemos de la Triple A. No fueron todas buenas, ¿eh? – recuerda el Cholo.

Tito apoya el vaso en la mesa.

-En esta discusión no nos vamos a poner de acuerdo nunca. No quiero terminar como la otra vez que todos se fueron enojados. ¿Para qué tanto hablar, y todos terminamos en el mismo lugar? Esto es así desde que tengo memoria. Peronistas, radicales, y la puta que los parió. Siempre la misma mierda con distinto olor. Y el sistema, eso que decís vos, que se caga de risa de todo. Y ahora se está retorciendo de la risa viendo cómo cuatro pelotudos hablan de la Argentina mientras se llenan la panza en una linda parrilla. No vamos a cambiar nada, no vale la pena enojarse.

Los demás asienten y miran los vidrios mojados por la lluvia que no aguantó tanta humedad. Por la puerta entra una ráfaga de aire frío que le pega en la espalda a Tito, que se levanta y la cierra herméticamente. Y la charla se pierde entre familias, minas imposibles que posan provocativas en la tele, chusmeríos de barrio, anécdotas futboleras, el gusto del vino, lo bueno de la picada y el frío que se va a venir después del aguacero. 

El mozo llega y acomoda la parrilla en el centro de la mesa. Se escucha el ruido de la carne caliente, hirviendo y derramando su jugo en la parrilla. Por unos minutos nadie habla. 

-Qué buena está la carne – comenta Tito mientras saborea un trozo de vacío.

-Estos tipos son insuperables. Mirá que fui a otros lugares y no es como acá. Fui a parrillas de Puerto Madero, de Caballito, de Flores. Nada se le compara. – dice Nacho.

-Tenés razón. En eso coincidimos – aprueba el Cholo. 

-¿Cómo anda tu jermu Tito? ¿Y la familia? – inquiere Charly.

-Bien, bien. El nene ya está bien, en casa. La pasamos mal en el hospital. 

Y recuerda la internación de su hijo por un broncoespasmo, los momentos de angustia. Y transpira sin darse cuenta. Y retoma.

-Al nene con este tiempo se le hacen mierda los bronquios. Hoy tenemos calor, llueve y te cagás de frío. Así no hay cuerpo que aguante. Yo también me siento mal a veces.

-La humedad. Es terrible. No se puede respirar – aporta Nacho.

Sobreviene el silencio. Todos se dedican a comer, y de reojo miran el partido de Arsenal y Racing que el dueño del bar vuelve a sintonizar.

-¿Me querés decir para qué pone este tipo esto? Más aburrido que chupar un clavo.

-No la pueden ni parar, da pena.

Tito levanta la mano trabajosamente, y el mozo acude de inmediato. 

-Otro tinto, por favor. Y una soda. 

El calor dentro del local invita a tomar mucho.

-Vos no te zarpes que tenés que conducir – dice Charly a Nacho.

-Me cagaron. ¿Soy el único que trajo auto?

Recibe la afirmativa de los tres.

-Ojo que te agarra el control de alcoholemia y te sacan el registro y el auto. Y te hacen pagar como tres mil mangos. Le pasó a un amigo mío del club – advierte el Cholo.

-Yo todavía estoy muy lúcido, más que vos me parece – le contesta Nacho desafiante.

-Sí, puede ser. Vos que sos un tipo tan derecho no te podés poner en pedo. Si no te vas a parecer un trapito cualquiera. ¿Sabés lo que debe estar chupando ese ahora? Pero ojo que te lo cuida – ríe el Cholo.

-¿Qué lo va a estar cuidando? Si ahora salgo seguro que no está.

-¿Estás seguro? Los tipos tienen como un radar, cuando escuchan que se abre una puerta ya lo tenés en la ventanilla pidiéndote la colaboración.

-Y claro, si es lo único que hacen. Ahora el gobierno de la Ciudad dice que los va a regular, que los va a sacar. Es lo que hay que hacer – inclina la cabeza afirmativamente Nacho. 

Charly se reincorpora en la silla.

-¡Qué buena medida sería esa! Tendríamos algunos chorros más por la calle. Porque vos fijate, el tipo este tiene dos caminos: Tito dijo que no lo tomaría en su panadería, y cualquier empresario tampoco lo quiere para trabajar. No porque no tenga currículum, sino porque simplemente lo desprecian. Les parece mierda. Entonces el tipo ve dos alternativas: una es pedir en la Iglesia pero con esto no se hace gran cosa, y solo sábados y domingos. Frente a él tiene dos cosas: un arma o un trapito. Por suerte por ahora agarró el trapito. 

-Ni un arma ni un trapito, que vaya a laburar – levanta la voz Nacho. 

-¿Pero en dónde va a laburar, no escuchás? Este es un sistema de mierda – golpea la mesa Charly.

-El sistema, el sistema…  – repite Tito cansado.

-Pero el sistema no se cambia así como así. Miremos la historia del país. Nadie quiso nunca cambiar ningún sistema, Perón le dio trabajo a los negros y ya se armó un kilombo de la puta madre. Porque aplicó las leyes socialistas, aunque era un facho. Y eso solo que hizo ya armó el despelote que armó – aporta el Cholo.

-Ustedes siempre le echan la culpa al sistema para defender a los vagos. Poné una bolsa de trabajo en una villa y vas a ver que nadie quiere laburar – explica Nacho. 

Charly traga saliva. No quiere exasperarse.

-Los villeros son vagos, dice el amigo. Y está bien, algunos habrá vagos. Yo no sé, a mí cuando me tomaron en el laburo me acuerdo patente que había que dibujar las calles de tu manzana, y decir qué había en cada lugar. Te hacen como un laburo de inteligencia. Y el villero ¿qué va a poner? Vivo en el pasaje A, o en la manzana 56. Y vemos una discriminación terrible, porque al villero se lo sospecha delincuente. Y al sospecharlo delincuente, lo tiramos en la vereda, nadie le da bola, ni agua corriente, ni asfalto, ni casas como la gente, le damos todas las condiciones como diciéndole flaco, sí, tenés que ser un delincuente. Eso es lo que la sociedad espera de vos.

-Pero esos pibes de la villa ya ven a sus padres faloperos, paqueros. No tienen valores, y en esas familias nadie laburó por años. No le echemos la culpa a la sociedad. La sociedad tiene la culpa de hacerles las cosas fáciles desde hace mucho tiempo – sentencia Nacho.

-En eso estoy de acuerdo, hace mucho que no labura nadie en esas familias –dice Tito.

-Es que no es algo que pueda arreglar alguien de un día para el otro. No hay soluciones mágicas pero hay que cambiar el sistema, no queda otra. Y en nuestro país el único que intentó algo distinto mal que nos pese fue Perón – reconoce Charly. 

-Ojo que Perón fue un facho y no quiso cambiar ningún sistema. Era de derecha, Perón, ¿eh? – corta el Cholo.

-En realidad en el peronismo hubo de todo. Derecha, izquierda, centro. Y después se cagaron todos a tiros entre sí. Como ahora, que se dividen, algunos son de derecha, otros de izquierda, otros de centro-izquierda. El peronismo siempre fue un kilombo. ¿No te acordás de lo que pasó en los 70? –rememora Tito.

-Ahí tenés a los que querían cambiar el sistema, unos asesinos, unos terroristas. Los Montoneros, los que gobiernan ahora – acusa Nacho.

Charly se encoge de hombros. 

-Y sí. Los jóvenes quisieron hacer una nueva Cuba. Es que el sistema no se cae solo, como dijo alguna vez John William Cooke. Hay que voltearlo. Con muchos errores lo quisieron voltear, para que hubiera más justicia social, hoy no tendríamos tantos cartoneros ni trapitos. Eso te lo puedo asegurar.

-Por suerte no pudieron. Seríamos una gigantesca villa de emergencia. Pero eso sí, sabríamos de historia, matemática, lengua, y tendríamos una cultura de la puta madre – se sonríe Nacho.

-Vos decís por suerte no pudieron. Y no es que no pudieron, no los dejaron. Los hicieron mierda para instalar este sistema, donde hay tantos tipos que no pueden morfar – concluye Charly. 

-¿Qué piensan ustedes que iban a hacer ellos? Vos decís los hicieron mierda, y claro. ¿Vos qué pensás que iban a hacer ellos si tomaban el poder? ¿Les iban a hacer chas chas en la colita, como Tito a su pibe? No, los iban a fusilar a todos. Pero perdieron, y se jodieron. En una guerra podés ganar o perder. Si perdés, fuiste – acota serio Nacho.

-Yo no estoy de acuerdo con las armas, pero eso no fue una guerra. Los podían haber metido presos a los pibes equivocados, no masacrarlos como hicieron. Eso no lo podemos justificar en un estado de derecho – aporta el Cholo.

-Vos te quejás de esos pibes que mataron, pero mirá que también mataron milicos y policías. De esos no decís nada, no tienen derechos humanos. Como ahora con los chorros, ustedes dicen pobre el chorrito que fusiló a tal o cual, no tenía para comer. A esos chorros los mantenemos nosotros con nuestros impuestos. En el policía que fusilaron en un tiroteo nadie piensa, dejame de joder – enarca las cejas Nacho.

-Yo no estoy de acuerdo con la violencia, ni de un lado ni del otro – intenta mediar Tito.

Charly retoma.

-Nadie está de acuerdo con la violencia. Pero la violencia se combate con la ley, no saliendo a pegar tiros por las dudas a los pobres. Así se favorece el gatillo fácil, y todos sabemos quiénes son los que reciben los balazos en esos casos. A nadie fusilaron o detuvieron por portación de cara en la Recoleta.

-Nos estamos yendo un poco a la mierda. ¿Pedimos el postre? – propone Tito.

-Sí, por supuesto, encargá. Lo que quiero decir es que nadie acá está de acuerdo con la violencia, pero la paz no se gana sin resignar nada. Si no se le ofrece al pibe una vía de escape, un proyecto, un laburo es muy difícil. Le estamos pidiendo a esa persona que se deje morir. Eso es lo que le pide el sistema, le dice jodete, resignate, drogate, morite. Y nosotros, que tenemos algo, alguito, los despreciamos a ellos más que al sistema. ¿Se dan cuenta? –pregunta Charly

-La vieja guerra pobres contra pobres – aporta el Cholo.

Charly termina el vaso de vino y retoma.

-En vez de pensar aunque sea equivocadamente en cambiar el sistema como hicieron los pibes de los 70, nosotros no hacemos nada contra el sistema, y nos quejamos de sus consecuencias, de sus excluidos, de sus sobras. En vez de decir pobres tipos e intentar algo con ellos.

-Armar un ejército de excluidos. Vos, Charly, el presidente. Yo me ofrezco de vocal – sonríe el Cholo.

-No, la violencia no. Pero si se mete un millón de tipos en la Plaza de Mayo el sistema tendrá que cambiar.

-Como el 19 y 20 de diciembre del 2001 – rememora Tito.

-¿Pero qué 19 y 20 de diciembre? Ese día todos fuimos porque nos tocaron el bolsillo, porque queríamos recuperar la guita. En realidad, eran como un millón de personas que querían guita, la plata que le afanaron los bancos. Y mirá qué bien que andan los bancos hoy, que afanaron tanta guita, se lavaron la cara y hoy parecen gente buena, instituciones transparentes hasta que nos caguen otra vez. 

-En eso estoy de acuerdo – aprueba Nacho.

Charly continúa.

-Es que yo no hablo de algo como el 19 y 20. Nada bueno podía salir de ahí. Por ejemplo, hay un millón de tipos en la plaza que quieren recuperar la guita. Se la das a uno y tenés 999.999, se la das a dos y 999.998. Es algo egoísta, que no puede cambiar al país eso. Cuando en la plaza haya un millón de tipos que quieran acabar con la pobreza, ahí sí el sistema se cae. Cuando digan queremos que a estos 100.000 villeros les den laburo, no balas. Y que sean un millón los que lo pidan, en solidaridad. Ese día algo va a cambiar. Si no pensamos en los demás es todo muy difícil.

-¿Postres? – susurra el mozo, muy cansado a esa altura de la noche.

-Dos ensaladas de fruta, un panqueque con dulce de leche, unas frutillas con crema.

-Muy bien.

-Gracias.

-¡Qué frío se levantó! – dice Tito mientras unta el panqueque con dulce de leche.

-¡Terrible! Y no lo anunciaron en el pronóstico – se queja Nacho.

-¿Qué van a anunciar? Esos tipos se asoman a la ventana, miran el sol y dicen 20 grados. Ven una nubecita y dicen va a llover a la noche. No me vengas con que eso es una ciencia – sentencia Tito.

-Pero ojo que a veces la pegan –retruca el Cholo.

Llega un vendedor de perfumes baratos, que les alcanza sus muestras sin esperanza y las va a repartir a otras mesas.

-Pobre tipo, fijate. Las doce de la noche y sigue intentando vender esto – observa Tito.

-Son re berretas. Será muy rico, olerá muy bien pero esos perfumes duran menos que un pedo – dictamina Nacho.

-Los nuevos pobres. Por ahí es vecino nuestro y ni lo conocemos. Porque ese tipo no tiene pinta de villero –asegura el Cholo.

Los otros escuchan sin demasiado interés la mirada sociológica a esas horas de la noche. Van acomodando las cosas, las servilletas, los papelitos.

-No, no es villero. Tiene un traje que no te digo que esté impecable, pero no pasa de dos o tres años – observa Nacho.

-Está más nuevo que el mío, que se lo están comiendo las polillas en el placard. ¡Qué va a ser viejo! Alguna vez lo vi al tipo cuando tomé el 128. Vendedor de oficio. Me parece… – arriesga Charly.

-Es que la inflación está jodida. Antes iba con diez pesos a la verdulería y me llevaba unas cuantas cosas. Ahora no te alcanza ni para los tomates – se queja Nacho.

-Un desastre. Y los sueldos se quedan quietitos, nos dan unas migajas. Y los precios suben en ascensor, y los sueldos por la escalera. Así no se puede. ¿Cuánto pide? ¿50 guitas por este?

Tito extiende el billete. El vendedor sonríe y le alcanza el perfume.

-Gracias.

-De nada, compadre.

El vendedor se retira como un flash, como el viento que golpetea las puertas y las ventanas del local. Ya no llueve. 

-¿Pedimos la cuenta?- pregunta el Cholo.

Nadie le responde. Tito levanta la mano y el mozo se acerca.

-Sí, enseguida.

Se retira rápido a pedir el ticket a la caja.

-Calculemos. Parrillada para cuatro, los vinos, los postres. Deben ser dos gambas cada uno.

-Te olvidaste la picada – recuerda el Cholo.

-Ah, sí. La picada. Será un poco más entonces.

– Esperá la cuenta, relajate que la pasamos bien – lo palmea Charly.

El mozo llega con la cuenta.

-¿Novecientos? Qué lo parió. Se ve que calculamos mal, viejo. No puede ser. – exclama Tito.

-Chupamos mucho. ¿O te olvidás, che? – ríe el Cholo

-Novecientos dividido cuatro. Doscientos cincuenta cada uno y dejamos cien de propina.

-Doscientos cincuenta mangos una parrillada. Es una locura cómo están los precios, viejo. El año pasado poniendo ciento cincuenta mangos hacíamos lo mismo – se queja Nacho.

Todos sacan las billeteras y revuelven para encontrar los billetes entre notas inútiles, fotitos de los hijos y estampitas de santos.

Se empiezan a parar. Toman las camperas que yacían olvidadas en los respaldos.

Nacho cierra bien hasta arriba el cuello, porque intuye el frío que habrá dejado el aguacero. Tantea en sus bolsillos las llaves del auto. Del otro bolsillo saca la billetera vieja alargada, donde lleva los papeles. Registro de conducir, seguro, está todo.

Charly se va. Dice que vive cerca, que no quiere joder. El Cholo parte diciendo que se encuentra con otros amigos lejos de ahí. Y Tito se va con él mientras se tambalea, huellas del vino.

Nacho se ve entonces solo. Mejor, piensa. Mejor así, unas cuadras hasta Córdoba, y ahí derecho hasta la casa. Julieta lo esperará con un té, como le había prometido. O quizás no aguantó y sucumbió al sueño. Lo desvela esa modesta intriga, mientras avanza por Medrano en busca del auto que dejó a mitad de la otra cuadra. Ahí lo ve solo en la avenida huérfana, surcada por vehículos esporádicos que la atraviesan a gran velocidad. Solo en Medrano, el auto aparece frágil, débil, abandonado. Falta poco para llegar, busca darle ánimo a sus piernas entumecidas. Inspira el aire helado que le devuelve un aliento de humo seco. Una luz pálida se refleja en la luneta, haciendo un dibujo confuso en que no se distingue si se resquebrajó o es el simple capricho de luces y sombras de la noche. 

Se habrá enfriado el motor, piensa mientras se acerca. Habrá que hacerlo calentar un poco porque si no revienta, como le dijo el mecánico. Dejalo calentar cinco minutos antes de arrancar, que es un auto con sus años, hay que cuidarlo. Y hay que cuidar el bolsillo, doscientos cincuenta mangos en una cena. Y después el gobierno dice que no hay inflación. Esto es una joda. Y los pensamientos se suceden. ¿Y qué estará haciendo Julieta? Aguantame un rato más despierta. Estoy saliendo. Ya llego. A esta hora se puede ir más rápido, ya no está el tránsito que se tragó la noche. 

Entonces, ve la figura de un hombre escondida en el umbral de una casa, cerca del auto. No alcanza a divisar bien los contornos de la silueta y se pregunta si estará esperando a alguien. Si es de esos vagos que se va a juntar con otros amigos. Pero por qué se esconde, y justo al lado del auto. Mirá que es grande Medrano, la puta que lo parió, se lamenta. Ya está cerca del auto, demasiado como para retroceder. Y tiene poco tiempo para entrar y arrancar rápido y con el motor frío. Quizás sea lo mejor cruzar y relojear desde enfrente. Autos que pasan de vez en cuando, colectivos que marchan sin pasajeros. Y esa silueta que mueve apenas su mano, que ya está demasiado cerca. Que saldrá y dirá, dame todo flaco, y lo fusilará porque los pibes están paqueados, si mataron a uno por una bicicleta, cómo no lo van a matar a él por un auto. Y busca en los bolsillos pero sólo encuentra vueltos, nada importante. Monedas perdidas, billetes de dos pesos, muy poco. Quizás correr, irse, dejando el auto hasta el día siguiente. Si tiene alarma y todo no lo van a afanar. Quizás le rompe el vidrio, busca el estéreo. Mejor eso que comerse el chubasco.  

¿Qué quiere el tipo? ¿Plata? Lo que quieras. Llevate el auto, pibe. Es todo tuyo. Pero no me toques, Julieta me está esperando con el té caliente. 

La silueta se balancea y ya va cobrando mayor nitidez. En la mano, un arma se distingue emergiendo de la oscuridad y camuflada por la ropa. Nadie en la calle, ni gritar, ni correr, que ya es tarde. Nada. Sólo esperar el asalto como una cosa de rutina, lo más natural del mundo, como el desayuno con tostadas de la mañana o los ravioles de los domingos. 

Por lo menos dejame ir. Llevate todo pero no me jodas, implora Nacho. Escucha el contacto de la llave con la cerradura. La alarma se desactiva. La silueta abandona el umbral de la casa a paso decidido hacia su víctima. Agita con sus manos un trapo renegrido. Nacho se tranquiliza sin confesárselo, busca en sus bolsillos dos pesos y unas monedas de vueltos anteriores y se los alcanza. El hombre vuelve al umbral de la casa para protegerse del frío glacial que se abalanza sobre Medrano a esas horas de la noche.

Sebastián Giménez. Lic. en Trabajo Social. Autor del libro “El último tren: un recorrido por la vida militante de José Luis Nell”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s