Después de la guerra

El llano pasaje sangraba bajo sus pies. Descalzo, como un animal, perdido en algo que parecía nube de polvo, silbido de aves. Aturdido; los pájaros volaban sobre el calor seco de sus oídos. Todo seco, calor y golpes de pies repiqueteando. Hombre seco y ellos tan húmedos, ahí oliendo, ahí buscando. Tigres en la llanura, entre las sierras que también sangraban. Ellos son de la tierra, pensaba. Él pensaba y bajaba la pendiente. Y caía suave, desmayado de calor y sed y ese dolor al costado. Ellos siguen allí y buscan y él corre. Él, que enfrentó azul el pecho a las tropas esclavistas. Lleno de azul el pecho, bajo el manto de gloriosos generales en aquella noche oriental. ¿Por qué no los perseguimos hasta el fin? ¿Siempre habrá una voz de cautela? En cada guerra la hubo. Y ahora solo, bajando por la cuesta interminable del laberinto de la Córdoba zigzagueante. La tierra en disputa, la sierra…. Baja, bebe el aire seco de un solo sorbo y espera. Cree que está caído, pero sigue moviéndose. Ahora una luz; aquellos gritos se han perdido. Ahora es todo monte. Ahora solo. Camina, ya no corre más. Se acabaron los tiempos de correr, piensa. Hace mucho que se terminaron. Hace mucho que se camina hacia la inevitable jineteada del terror. Hoy fue el día.

El uniforme destiñe. Jirones de gloria caen sobre aquel cuerpo que fue Ituzaingó. Veterano: el nombre con el que Historia nombra a los que no tienen nombre. La batalla traicionada y el bronce perdido. Cae nuevamente. Caen sus ojos, sus ropas, sus manos caen. La caída no le permite volar. Y ese dolor en el costado.

El soldado abrió los ojos por primera vez en la resolana. Vio la casa, una tapera pero agua, pensó. Se abalanzó con lujuriosa sed. La debilidad nos vuelve grotescos, le pareció oír. Bebió del agua. Las jarras sobre la mesa. Una entera se bebió.

– Siempre está ahí, porque alguien puede venir y la sed nos vuelve fieras y niños. Ahí la tiene usté.

La vio, pero ella ya lo había visto. Los ojos eran como dos pedazos de tierra que nunca hubiera llorado. Le sonrió como una madre.

– Tome, beba más. Siempre andan con sed los soldados.

– Disculpe, gracias. – Y luego un silencio – ¿Vio soldados por aquí? ¿Otros?

– Esas sierras son de ellos y estos llanos también. Se las caranchearon al puma y a las corzuelas.

– ¿Y ahora? ¿Hoy?

– ¿Si los he visto hoy? Los veo con los oídos. Pero usté nomás se ha llegado.

– No me va a estar macaneando.

La mirada torva, esquiva, la mirada amarilla de esa vieja ¿Qué quiere decir?

– No miento a mi edad. Miente la palabra masticada. La palabra del istinto no miente. Usté tiene hoy más de puma que de hombre. ¿Le duele?

Claro, me estaba tomando del costado. Sí, me duele. Ahí me la habrán dado los capiangos. Pero ya está, ya se termina.

– Sí, me duele bastante. Pero es sangre de otro se ve. Yo no sangro. Duele nomás del golpe será.

– Beba. El agua lo va a relajar. ¿Está solo?

¿Y a esta vieja qué le importa? ¿Qué tiene que preguntar? ¿Una madre, dije?

– Ya ve… Pero llevo la patria conmigo. Soy soldado de los vencedores, sépalo. Me perdí en la bajada.

– Vencedores… ¿Así que ustedes ganaron?

– Los vi; vi a los capiangos huir como hormiguero revuelto. Habían vuelto cuando enfilábamos para la ciudad, después de la noche anterior, derrotados volvieron y nos encerraron en el pasaje. Sangre por todos lados, hasta que ganamos la cuesta arriba y volvimos a correrlos. Pero eso lo vi entre la polvareda. Era todo polvo y griterío y después o antes me caí y perdí a mis compañeros. Al final son unos cobardes los gauchos de mierda. El general ha sabido ganarles. A los más bravos ha sabido ganarles. Por eso es quien es.

– El nombre que lo busca. Es el que va a ser porque todavía no es. Está siendo.

Vieja rara esta cómo habla. No le termino de domar la mirada.

– Y usted, señora, qué sabe en estos montes. ¿Qué son esas voces entreveradas que usa?

– No se enoje, soldado. Escuché hablar de su general. Es almirado en donde se lo nombra.

– ¿Lo ha escuchado? Es glorioso. Combatió con el General Belgrano siendo mozo. Cuando uno lo ve, recio como una estatua, a uno se le viene el orgullo encima.

El silencio se hizo pesado como una sentencia.

– Nosotros vamos a liberar a las provincias del terror. Ya lo verá.

Se nubló un poco, pensó la vieja. Pensó en los muchos soldados, en la mucha tierra. “Debe ser que se viene…”

El tiempo lee los ojos de Historia ¿Quién la contará? ¿Qué misterio es esta guerra?

– ¿Y aquí llega la guerra? Esto parece muerto, discúlpeme señora. ¿Cómo se mantiene aquí?

La anciana miró hacia la ventana, frunció el ceño, respiró hondo toda la tierra que el aire de la sierra le daba. Miró al soldado a los ojos, como no había hecho antes.

– Ya ve al gallo, las gallinas, un par de cabritos. – volvió a mirar la ventana. – En este lugar el aire se hizo después de la tierra. La tierra lo parió. No hubo aire sin tierra. – se dirigió al soldado. – Esto es lo que necesita.

Bebo, siento el calor del mate, qué rico, cómo se necesita esto. Esto es la patria, después de todo. Esta gente perdida la hay por miles. La vamos a salvar. Un mate y las palabras del general. Estudió latín el general. Y arte. Por esto es, en definitiva, que luchamos desde Mayo.

– ¿Está mejorcito?

– La verdad que sí, señora, gracias. El agua fresca, el mate.

– Coma tortilla. Recién hecha. La grasa le va a venir bien.

– Gracias señora.

Gracias a esta tierra; a los ojos de esta señora. Una madre. ¿Cómo se puede vivir así? ¿En este abandono?

– Me asisten algunas almas comedidas, pero estoy bien. Aquí tengo todo lo que necesito.

Y así serían los días de la gente que hizo los días. Así, como fieras en estos montes, así crecerán también las montoneras. Y es que así se alimentan.

– Quédese a comer, ¿quiere?

La vieja sacó un cuchillo y el soldado la vio sacar un cuchillo y cortar el zapallo que no  vio sacar. No lo había visto, pero en la mesa de algarrobo, zapallo, papas, cebolla, mandioca. Agua sed. La vieja le acercó otra jarra con agua y volcó un poco en una olla negra como la noche anterior a la batalla.  Noche fría y hambre cansancio. Noche sin tregua; no paramos hasta llegar al borde de la batalla. Parecía la entrada al infierno. Cuando fue el momento, nos llegamos hasta ahí, duras de miedo las caras de muchos. Cercado todo y nosotros adentro; por el temor del general a la deserción nos encerraron en el campo de batalla; así hubo que pelear. Y antes hubo fuego. Antes de la guerra, antes del cuchillo y la mesa. Pero el soldado nada vio de eso. Sólo vio que la vieja sacó un cuchillo y cortó un zapallo naranja como un atardecer, cortó el atardecer ahí en la mesa de madera. La vieja clavo el cuchillo, la tarde se hizo la noche y a él le pareció verla sonreír.

– Ando de paso señora. Gracias por los servicios, pero ya sigo. Tengo que descansar un poco, pero no me voy a abusar de su buena fe.

– Usté anda perdido y con el vientre vacío. Coma mihijo. Quédese a comer. No me desprecie.

La vieja pelaba las papas, paciente, tranquila. ¿Cuándo hubo fuego? ¿Cuándo? La sonrisa de la vieja y de pronto, un calorcito.  Un frío seco hacía; se acercaba julio.

-¿Y entonces se queda?

– Esta bueno, señora, me quedo. La verdad venimos guerreando hace tanto y con tanto sacrificio que un guiso caliente no nos vendría mal. Hasta el mismo general no se le negaría después de tanto.

– Parece un santo su general.

– Es como un santo ¿sabe? Como eso que nos contaron de Chacabuco y Maipú. En la guerra yo lo viví; cuando no era general todavía, pero ya era el que es hoy, se quedó con cien hombres en el campo de batalla y siguió guerreando. Era coronel ahí. Los negreros no lo podían creer. Y así se hizo general. Él se hizo a sí mismo, como todo buen hombre que se precie.

– Noble, su general.

– El General Lavalle lo respeta mucho y todos sabemos lo que es el General Lavalle.

El soldado se toma el costado, la vieja lo mira, desde lejos, cada vez más. Ese costado lo tiene mal. Fue el golpe. ¿Sabe cómo fue? ¿Y por qué no se recuesta? Y bueno… no lo sé. Usté piensa que gana mucho en charlar así, pero… Descanse soldado. Yo le hago la comida guiso caliente. Caliente. Recuéstese en el catre.

De nuevo el olor fresco de los que acechan en la vida de hace un rato. Cuando la vida temblaba bajo las órdenes del impoluto general. Vencedores de La Tablada. Hoy gana la luz. Capiangos de mierda. Y sin embargo nunca se sabe si se gana aquí. Nunca. ¿Por qué nos perdonó la vida después? ¿Por qué para perder? ¿Qué fuerza misteriosa lleva a que el enemigo nos perdone, nos abandone y yo aquí, teniendo que huir, con mis compañeros dispersos? No los veo, no los encuentro y escapo y esta picada, esos lanceros dando vueltas, oliendo al hombre seco que soy. Ellos tan frescos, ahí acechando los tigres. Huya soldado, su honor está en la picada, su fuerza estuvo en la Banda Oriental, su valor en las frías palabras del superior. Bien hecho señor, usted es un valiente. Eso dijo. Un hombre que se hace a sí mismo y hace a otros hombres. Un dios ese hombre. Pero la sangre se huele, los tigres la huelen y me huelen a mí que me cargué a varios. Ya perdí a mis compañeros y bajo la pendiente y me siguen algunos y caigo golpes sed camino. Así que esto es estar solo en espera de ellos. Ellos no mueren. ¡Puta madre que los parió! No mueren. Tengo que meterme ahí, tengo que ¡sed! ¡la puta madre! y que correr, ya no puedo correr quiero agua.

– Despierte, soldado. El guiso está listo. No se paró de mover mientras dormía. Eso es soñar la muerte.

– Son los recuerdos que se me vienen. Hasta en los sueños se meten. No hay paz para los que peleamos por ella.

– Usté aprende a hablar soldado. Parece una criatura como aprende y vive. Lávese la cara y coma.

– Me vino el hambre, señora, ¿sabe? Me viene la gana de comer. Soy correntino yo. ¿Usted de acá siempre?

– Siempre soy de acá. ¿No ve mi cara? ¿Está bueno? El guiso le gusta. Tiene que estar fuerte para seguir guerreando.

Así que por esto peleamos, pensó el soldado. Por esto. Hay un pueblo rendido que espera las luces. Las espera desde antes de Mayo, puro guiso y mazamorra, caballos, tripas de vaca, cueros y mujeres montadas como potrancas. Desde los españoles. Siempre escondidos. Dueños de una tierra chica, una felicidad chica, un dolor grande. ¿De dónde salió esta gente? Fue la tierra que la parió, como parió al aire. Inmunda montonera hermana de la civilización desde Mayo y antes… 

– Usté puede escribir sus memorias, como un gran soldado. Y poner que comió aquí, en medio de la guerra.

La vieja muestra los dientes negros y amarillos como su mirada es ahora. Boca y ojos una sola tierra.

– Ya lo creo, señora. Si salgo de esto, no la olvidaré.

Sonrisa amarillo noche, sonrisa de estrella sutil.

Y entonces qué lo mueve a pelear. Qué mueve a estos hombres hermanos que se matan y lancean y fusilan y degüellan.

La tarde se entorna, gira la tarde alrededor de la casa de la vieja que la cortó con su cuchillo de noche. El anaranjado se hizo ocre porque la noche se lo pidió y quédese a dormir. El soldado miró hacia afuera y sonrió porque se sentía mejor. Escuchó entonces los cascos del caballo. Un moro apareció afuera. Su jinete no rostros, no luces, sólo una sombra. Luego un beso tranquilo al aire, un cigarro.

¿Quién es?

– Por fin llegó. – dijo la anciana voz amarilla.

¿Quién?

Y entonces el dolor del costado se fue y la sangre se apagó. Ya no hay fuego en esa sangre. Y el soldado sintió que lo habían encontrado. Porque ellos buscan. El alma está en disputa de los capiangos.

Pero no era capiango el que venía. O sí, tal vez.

La vieja le soltó la risa aguda como una yarará y lo miró.

El soldado tomó el mosquete, cautamente. – ¿Quién vino? – susurró.

– No es nadie y somos todos. Usté mismo quizá. Mientras dormía, sabe, lo fui preparando. Él iba a venir porque siempre viene. No lo encontraron antes, pero yo sabía que él vendría. No se preocupe. Es el principal. Busca refugio aquí, a veces. Es el muerto que vive entre los vivos. Todavía vive allí donde la guerra.

El soldado recordó su sueño y las persecuciones y el olor a tigre. Nunca antes había olido a tigre pero recordaba ese nuevo olor como una palabra materna. Y entonces aquel pasaje. ¿Por qué no nos matan, mierda? Y fue cuando lo vio temblar a Paz, por primera vez desde nunca. Pero como un dios aquel otro lo perdonó para perder luego, perder luego algo que él (el soldado) sabía pero que no vivió. Porque ahora es, fue, será La Tablada. Sólo eso existe ahora.

El moro va de un lado a otro de la casa haciendo sonar sus cascos. El jinete se adivina tuerto, la sombra se le perfora en el ojo con luz blanca de virgen cristo. El soldado teme.

– Mire, – dice la vieja. – Ya se habrá dado cuenta. Usté debe probar su valor, porque logró salir de ahí, y ahora su cuerpo está en disputa. Lo espera. Salga fuerte, comido y descansado. Lo espera afuera. Como un juez, la sombra lo mira desde la oscuridad. Seguirá ahí. Vaya. Pero antes recuerde: su alma es una porción de esta tierra, su vida es una patria perdida. Él es un todo que fue creado después de muerto. Nada pasó ahora, pero ya sucedió. El seguirá ahí. Hoy perdió La Tablada y habrá otras caídas. Su dios lo ganará en vida, pero él seguirá en muerte porque otro lo evocará y hará de él quien siempre supo ser.  A quienes son así los puedo ver, son los hombres destino. Por más que Oncativo y Barranca Yaco. Por más que Caseros, que Pavón, el Paraguay destripado y Roca y las veinte familias. La cabeza del Chacho en una pica y Fierro quejándose en las pulperías, derrotado. Las voces y los barcos y las bombas derramándose por las callecitas estrechas de nombres cogotudos. Por más que después generalitos con gloria de escritorio y la plaza bombardeada. Por más que los basurales de José León Suárez y decretos de silencio y aviones negros… Él estará ahí. Siempre seguirá caudillo de esta tierra para quienes mueren en combate y en pasión. Se conquistó Dios en vida, Religión o Muerte, incluso cuando Barranca Yaco, su muerte será vida.

Pero usted ignora todo eso, claro…. Llegará el turno de los otros, del manco seguro. Hoy es usted soldado perdido encontrado. Entregue su alma y aprenda la vida de un cuchillazo. Allí afuera lo espera el juicio. Ignora todo lo que digo, pero algo intuye, porque la lucha está en los intestinos de la patria y fue y es y será, sobre todo, será. Ahora, salga y gánese un lugar aquí o sea carne para el almamula.

El soldado observa dos veces. Primero desde el piso, las piedras sangre, la encerrona de ese pasaje traicionero, los unitarios acorralados que logran luego subir y dispersar al enemigo, su costado lanceado regando el polvo. Sus ojos se cierran mientras se hace luz la victoria de Paz. Y luego en el mismo instante ve la puerta de la tapera abrirse, unos pasos apresurados de sus pies que caminan hasta afuera, hasta encontrar el beso de la noche fría, cálido como un vino en el garguero. Una decisión de la tierra que lo devora y lo precede lo pone ahora frente a los ojos profundos y adivinos de Juan Facundo Quiroga.

Nicolás Bernero

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