Que empieza la primavera

Qué semana tremenda pasó. Y entre las dos últimas, madre de Dios. Dos semanas que parecieron dos meses en un recorrido sobre el altiplano del crecimiento de los casos en torno a los doce mil diarios y más allá. Se agotó la estrategia o el aval prestado por la sociedad a la cuarentena, si el Presidente Alberto Fernández ya lo había casi admitido dos anuncios atrás, esta vez el mensaje lo leyó una locutora. De los cinco minutos en video editado en el anuncio anterior de extensión del aislamiento a otro material audiovisual que duró la mitad del tiempo. Una estrategia comunicacional que no parece adecuada a los tiempos que estamos viviendo. Transitando la planicie eterna y elevada, interpreto que hubiera sido necesaria la exposición personal del Presidente, como una especie de bálsamo y para no exteriorizar de forma tan evidente que la estrategia epidemiológica se agotó.

Se agotaron las políticas sociales demasiado pronto, el IFE, las ATP y no había más ni rascando con una cuchara el fondo de la olla. Se agotaron o no fueron suficientes las reservas del Banco Central, y tuvo lugar una devaluación más o menos encubierta con la imposición de otro impuesto al dólar ahorro, que se conseguía a cien pesos y ahora a ciento treinta. Se agotó la posibilidad del país de financiarse con deuda por el endeudamiento colosal de la anterior gestión. La reestructuración exitosa implicó una quita, pero la situación no es fácil. Hay como cuatro valores del dólar, ojalá los precios del supermercado tomen en cuenta el oficial, pero es difícil en el país en que se necesita el billete verde para tantas cosas y donde no le conocemos la cara casi al Secretario de Comercio Interior que debería controlar que la espiral inflacionaria no erosione el poder adquisitivo de los sectores populares.

Se agotaron los dólares, la cuarentena y el triunvirato de la unidad política. Las armas de la política parecieron cargadas de impotencia en algunas declaraciones: que el dólar blue es ilegal y están los narcos comprando en cuevas; que el gobierno anterior permitió que se fugaran las divisas endeudándonos hasta el tuétano. Todo es cierto en algún punto, y también es verdad que ya se sabía antes de comenzar la gestión. Elaborar respuestas que trasciendan las excusas se vuelve urgente, y en particular contener el precio de los productos de primera necesidad en un contexto de apertura progresiva. 

Una semana durísima, que ya ni ganas de escribir uno tenía. Que prendés la tele, cambiás de canal, y qué difícil encontrar una buena, un pequeño oasis por lo menos para atravesar la planicie desértica. Recuerdo a mi abuela Felisa que vivió sus últimos años en nuestra casa sobre finales de la década del 90. Ella, después de almorzar dormía la siesta. A las 16 hs, prendía la tele y miraba a Roberto Galán. Luego, Gente que Busca Gente y algunos novelones. A las 20 hs, ponía Nuevediario y me decía: voy a ver el informativo a ver qué pasó. Luego, volvían los novelones de Luisa Kuliok y Arnaldo André. Una hora veía el noticiero de las seis que pasaba frente a la pantalla. No había TN, C5N y todos esos canales de noticias las 24 horas del día. 

Visto en paralelo, tenemos hoy un exceso de realidad que en aquéllos tiempos se disolvía entre programas vacuos, de entretenimiento. Un exceso de realidad de por sí nocivo en los momentos habituales, ni que hablar en estos tiempos de pandemia. En que llegamos al altiplano desértico, agotados, atormentados todo el día con las cifras y donde el capitán del barco mandó un mensaje poco contundente desde atrás de la pantalla y leído por interpósita persona. 

Tiempos duros, difíciles, en que es primordial dar la cara aunque sea para golpearla, le parece a este humilde escriba. En estos momentos de un exceso de realidad triste, trágico. Y un agotamiento que parece envolverlo todo. Tiempo en que la política debe volver a las mejores armas, de construir un imaginario, una utopía y pequeños logros a alcanzar. Meterle un poco de trascendencia al exceso de realidad y a la coyuntura de flagelo. Dejar de mirarse los pies por temor a tropezar, fijar la vista en el horizonte. Que, aún en medio de nubarrones y tempestades, empieza la primavera.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

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