Un pibe peronista

Yo no sabía qué era el peronismo. No podía saberlo, porque era un pibito, un pendejito. Pero sí sabía que era peronista. Eso lo tenía claro. Había nacido en una familia peronista. Nosotros, los Pujol, éramos peronistas. Pero no tenía del todo claro que significaba ser peronista.

Había escuchado algunas historias que reforzaron esa idea. Haciéndome el distraído había parado la oreja en alguna conversación y escuché alguna historia de mis viejos y la cuestión del peronismo había tomado un ribete épico. Porque parecía que ser peronistas, en alguna época, había sido peligroso. Algo habían dicho mis papás sobre un sindicato, unas reuniones en el comedor de mi casa, alguna escena en la Plaza de Mayo que incluía a mis abuelos y a mi tía. Un tinte de resistencia, no sabía muy bien contra qué o para qué, pero que me atraía, me estimulaba la imaginación.

Para colmo, había una foto mía en el comedor de mi casa. Yo no podía tener más de dos años. De fondo se veía el patio a través del ventanal. Tenía un enterito rojo y azul y sobre mis rulos una vincha con las caras de Perón y Evita.

Repito, no tenía del todo claro que significaba ser peronista. Sin embargo, algunas cosas las tenía claras. Por ejemplo, que Perón era el presidente bueno. Una idea muy básica, pero digna para un pibito del Gran Buenos Aires. Crecer en los noventa implicaba formarse la idea dd que los políticos eran todos feos, sucios y malos. Menos Perón. Perón había sido bueno. Eso recuerdo haberle dicho a mi vecino, un año más chico que yo y de familia radical. Debíamos tener más o menos diez años. En mi recuerdo caminábamos juntos rumbo a una avenida, a punto de cruzar una diagonal, con un paredón gris y descascarado de fondo. Mi amigo repitió alguna frase que seguramente escuchó de sus padres. La Argentina es una país hermoso, lástima los políticos, o algo así había dicho. Lo corregí. Perón fue un presidente bueno, le dije. No es que alguien en mi familia me hubiera dicho que Perón era bueno, porque seguramente mis padres entendían la complejidad del poder. Era una conclusión que había sacado solo. Una especie de regla de tres simples que incluía el comportamiento de mis padres y a Perón.

Recuerdo haber sentido orgullo al ver una pintada callejera con una frase. Muchos de mis recuerdos de cuando soy chico parecen haberse formado en el asiento trasero del Dodge 1500 naranja de mi viejo. Los días más felices siempre fueron peronistas, decía la pintada. Peronistas éramos nosotros y los días más felices siempre fueron nuestros. La palabra gorila estaba en desuso en aquella época. Los otros, entonces, eran radicales. Mis vecinos, casi todos se podría decir, eran radichetas. Sus días también habían sido felices durante el peronismo. Esa es una lección que aprendemos rápido los que fuimos pibitos peronistas. Uno es peronista porque quiere la felicidad de todos.

Nosotros somos de River y somos peronistas, me dijo un día mi hermana. Ellos, refiriéndose a los vecinos del fondo de mi casa, son de Boca, pero radicales. Eso era una rareza, según ella, una paradoja. A River le dicen el Millonario y a Boca los bosteros. Por lógica, nosotros deberíamos ser de Boca. Pero mi viejo y yo éramos de Excursionistas. Porque River nunca me generó nada. En cambio, Excursionistas tenía otros aires. En el Bajo Belgrano de mi infancia, de donde es oriundo el Club Atlético Excursionistas, había algo de la estética que yo intuía que le pertenecía al peronismo. Los olores, las caras, la sensación que flotaba en el aire, que quizás no era otra cosa que humo, el barrio, la estación de tren, los bombos, los gritos. Había algo de tensión y de festejo que yo intuía que se parecía a eso que había escuchado de refilón en alguna sobremesa. La épica peronista.

Hoy tengo algunas certezas más de lo que para mí es el peronismo: la cuna de los grandes líderes, la pasión, la alegría y la tragedia argentina, la identidad de los cambios, la audacia hecha movimiento, la épica de la transformación, el orgullo. La dignidad de la inclusión.

Sebastián Pujol

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