La pausa son cinco minutos.

La nueva anormalidad parece consistir en ubicarnos en la cifra de decenas de mil de casos diarios del coronavirus. La encrespada cuesta hacia arriba, durísima, anodina y aterradora. La sensación que se hace presente de que, hicieras lo que hicieras, la hecatombe llegaría igual. Signos de saturación en el sistema de salud y en la primera línea de fuego del personal sanitario que expone y muchas veces dejan sus vidas en el flagelo. La cuarentena temprana que permitió reforzar el sistema de salud, sumar camas y la sensación de que igualmente nada alcanza, que viene la creciente brava del río y no importa que hayas puesto la casa arriba de unos pilotes. Pero peor era no haber tomado las prevenciones, por supuesto. Pero llega el momento en que nada parece alcanzar. Y ¿entonces? La bifurcación que se insinúa en el camino de los tres oradores que definían en cada período las características de la cuarentena. Fricciones y desacuerdos que habían tenido lugar, las más resonantes acerca de la reforma judicial y un primer intento de vuelta a las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires cuyo protocolo fue rechazado por el gobierno nacional.

Un conurbano que parece desmadrarse en el número de casos siendo sin dudas uno de los factores la mayor vulnerabilidad social en general de su gente y la mayor densidad de población. La Ciudad de Buenos Aires que insinúa un amesetamiento pero cada semana en un escalón más alto. Y entonces, se materializa cierta separación tanto en las políticas de flexibilización encaradas como en la forma de exposición del mensaje entre los amesetados y los que tienen una escarpada evolución del número de casos. También puede leerse la disolución del triunvirato anunciante de la próxima fase de la cuarentena como el deseo de no quedar vinculado al desastre ni ser el padre de la derrota. Nadie quiere ser el J.J López descendiendo en el Monumental pese a haber hecho una buena cantidad de puntos, arrastrado por las campañas de los anteriores DT que en esos momentos aparecían esfumados en la percepción de la gente.

Habla solo el Presidente. En cinta de video, sin interlocución. Tal vez, porque hay más preguntas que respuestas. Porque las certezas se encuentran naufragando, pendientes casi psicóticamente de ese momento fatídico diario en que el país se toma la fiebre recontando los números de infectados, fallecidos y los recuperados consignados al final, casi como una apostilla. El momento del parte vespertino, del que hablara en un relato publicado en revista Marfil Juan José Romero. No hay distracciones de eso, y las que se intentaron vuelven a hacer aparecer la grieta a veces de forma furibunda: la reforma judicial, el último evento. Sin distracciones sociales en general  en el país, con las escuelas y los clubes cerrados. Sin fútbol. Todas las miradas se conducen sobre la pandemia definitivamente haciéndose carne en la Argentina, con su peligro de desborde consiguiente. Legislar o hablar de otra cosa conlleva el riesgo de aparecer completamente ajeno al sentir de la gente. La coyuntura apremiante, exasperada envuelve todo y planificar el mediano plazo aparece como el lujo de los que no fueron arrastrados por la debacle ni tocados por el virus.

Cinco minutos habló el Presidente, sin laderos. Probablemente, sin armas tampoco desde que las políticas sociales encontraron bastante pronto su límite en una situación económica que también aprieta. El mensaje editado repitió el mensaje de que estamos lejos de superar el problema y una insinuación de la mejora relativa de la situación del AMBA, incluyendo subrepticiamente un reconocimiento a la postura de la Ciudad de Buenos Aires de avanzar en flexibilizaciones amparadas en los valores relativos de impacto de la enfermedad. También habló de la lamentable federalización del impacto de la pandemia en el país, con las situaciones preocupantes de Jujuy, Mendoza y Córdoba, entre otras provincias. Una mancha roja que se expande y cubre el mapa del país, y no es el comunismo como dicen algunos alucinados. En cinco minutos se intentó llevar un mensaje de balance de una situación epidemiológica preocupante pero amparándose en los números relativos de otros países. Estamos mal, pero no tan mal, como diría Guido Kaczka. Si a veces la excesiva extensión de la conferencias de prensa despertaba críticas, esta vez fueron cinco minutos. El mismo día del anuncio, el Presidente Alberto Fernández viajó a Santa Fe y anunció sobre el río Paraná la federalización del corredor fluvial. A sus espaldas, corrían las aguas amarronadas del río surcadas de camalotes pero desiertas de barcos. La política también es el ejercicio de creatividad de pensar en el mediano plazo, aún a riesgo de parecer ridículo. Es imaginar el tiempo en que los barcos vuelvan a surcar las aguas y recomponer las deterioradas líneas ferroviarias que conecten los puertos con el interior profundo del país. Es hacer coincidir los protocolos sanitarios de la coyuntura apremiante con una mirada un poco más allá. Desafío complejísimo, en una coyuntura excepcional. Es ponerse a discutir y analizar políticas sin verse arrastrado y obligado por la coyuntura. No ir detrás de los acontecimientos, sino crearlos. Saber hacer una pausa, en medio del dolor y la tragedia. La pausa son cinco minutos.

Por Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

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