El hombre del piano. Entrevista con Lito Vitale.

Sentado en un largo sillón de cuero del mismo color que su ropa, Lito Vitale dice que no es un músico referente en la Argentina. Un segundo antes yo le había deslizado a modo de elogio que estaba contento de poder hablar con uno de los pianistas con mayor trayectoria y de los más prestigiosos del país.
Para terminar de refutar mi elogio, enumera: “no canto, no hago letras, no tengo un hit dentro de la música del rock argentino, nadie silba por la calle una canción mía. Mi música va por otro carril totalmente distinto, que no es un movimiento porque realmente no hay un movimiento de música instrumental argentino. Siempre lo instrumental está más ligado al jazz y yo tampoco soy jazzero.”
Estamos en su estudio de grabación, una casona antigua en la calle Estados Unidos al 600, con un patio interior techado que hace de recepción. Desde ese patio se abren varias puertas por las que se entra a una sala de ensayo, a dos islas de edición de video y a una biblioteca. Decorada con muebles clásicos, la recepción está en constante movimiento. Hace unos minutos, mientras esperaba a que me atendiera para empezar la entrevista, Lito caminaba decidido, como un pez en el agua, saludando y repartiendo órdenes.
Rubens Donvi Vitale, su padre, acercaba el Blackberry mojado de su hijo a un caloventor de tamaño industrial a un costado de la sala. Me dijo que estaba intentando desintegrarlo, que odia esos aparatos. Le explico que gracias a un celular se salvaron los treinta y tres mineros de Chile. “¿Un celular salvó treinta y tres vidas? Voy a tener que cambiar de opinión entonces”, dice Donvi. Lito me ve, sonríe, y me pide que lo acompañe.
Para llegar al estudio de grabación salimos del patio a la oficina de su secretaria, pasamos a un garaje y subimos unas escaleras. La sala se llama Los Elefantes. Le pregunto si tiene que ver con la canción de Spinetta y me dice que no, que es fanático de esos bichos y que los colecciona. Recién entonces veo los tapices, los peluches, las figuras de mármol o metal con la forma de elefantes por todo el lugar. Me habían encandilado los pianos que ocupan gran parte del espacio y las guitarras y bajos de distintas marcas y modelos que cuelgan de las paredes. Sobre la consola reconozco una foto de Goyeneche besando a Pugliese y a un costado una especie de folleto con el nombre de Aquelarre, la mítica banda de rock argentina.
Con un tono de voz neutro que lo aleja de la falsa modestia, como si me estuviera dando a conocer una verdad comprobada, sigue explicándome: “mi música no es muy definida. Tengo una actividad ligada a las producciones, a los arreglos, a la música incidental – música de fondo para obras teatrales, programas de televisión, de radio o películas – y termina siendo muy abarcativo y poco definido. Todo el mundo a mí me respeta, pero no soy un músico que haya marcado con algo muy concreto”.
Le pregunto si se siente un precursor de la fusión de estilos en la Argentina: “viniendo del palo más del rock sinfónico yo pasé al folclore y al tango. En ese sentido hubo mucho de una fusión inevitable. Yo soy bastante ecléctico”.
En 2009 Lito Vitale convocó a Pablo Lescano, cantante de Damas Gratis y creador de la cumbia villera, para hacer una versión Tropical del Himno a Sarmient junto con Kevin Johansen en el obelisco por los festejos del Bicentenario. Al año siguiente, Pablo devolvió el favor invitando a Vitale a su show en el Luna Park.
“Es como tácito que probablemente Lescano no tenga mis discos y probablemente yo no escuche su música en el auto, pero hay un punto de encuentro entre él y yo. Pablo es genuino. Es lo que muestra y de eso da cátedra”, asegura Lito, vestido de negro de pies a cabeza para ocultar las consecuencias de su adicción a la comida.
Me cuenta que durante los ensayos para el concierto del Luna Park intentó tocar una cumbia y el líder de Damas Gratis le dijo muy respetuosamente que él le iba a enseñar a tocar cumbia. “Pablo lo lleva en la sangre”, dice Lito.
Ni el Blackberry ni el teléfono fijo dejan de sonar durante toda la entrevista. Es una persona sobre ocupada y, sin embargo, parece llevar el vértigo de su vida cotidiana con demasiada facilidad; sereno, calmo, como alguien cómodo en sus zapatos.
Vuelvo al tema del estudio y me explica que no es un lugar comercial, que no lo alquila, que lo usa para sus producciones y nada más lo presta a algunos amigos. “A Luis Salinas, a Los Tipitos a un montón de pianistas también, porque tengo un piano de gran cola que no es común en ningún estudio de la Argentina. Entonces, si puedo, si me cuadra y no tengo ningún compromiso importante para el que lo necesito, lo presto”.
En una estantería descansan los veinticinco premios que ganó a lo largo de su carrera, entre los que se cuentan tres Martín Fierro, dos Gardel, un ACE y dos Konex, además del Grammy Latino como Mejor Álbum de Tango por Postales del alma, junto con Juan Carlos Baglieto.
Al de borde los cincuenta años y después de más de treinta de trayectoria, Héctor Facundo Vitale sintió que se quedaba “como en la nada”. Cuando entró en una profunda depresión vio la forma de salir adelante reivindicándose como ese pianista joven de Villa Adelina que pasaba diez horas por día tocando en una casa humilde en la que se respiraba música, aunque no había músicos profesionales, donde su padre organizaba guitarreadas entre amigos los sábados. Promediaba la década del setenta y como era riesgoso salir a la calle de noche, los amigos se quedaban a dormir en la casa de los Vitale. De esas reuniones nació MIA, Músicos Independientes Asociados, la primera experiencia importante como músico de Lito, con tan sólo trece años, y de su hermana Liliana.
“Éramos realmente naif”, advierte ahora, treinta años después. “Si bien mucha gente ligada a MIA era militante y muchos después fueron desaparecidos, otra camada de artistas hicieron su tarea por el costado, no se jugaron tanto”. Durante varios años gozaron de una rara burbuja de no persecución y lograron hacer su trabajo desde la multiculturalidad, excediendo lo estrictamente musical. MIA nucleaba pintores, periodistas y actores.
La agrupación que había nacido con el proceso militar se disuelve con la llegada de la democracia. Para esta época, Lito había hecho dos años de Conservatorio y lo había abandonado, como al colegio secundario, para dedicarse exclusivamente a tocar.
“A mis cuatro años tenía una manera de concentrarme y de prestarle atención al piano y a la batería muy especial para un chico tan chiquito. El conservatorio, en general ayuda, pero en particular puede frustrarte. Yo tenía necesidad de expresarme y no me llevaba bien con la teoría”.
En el estudio suena el teléfono, el BlackBerry vibra y Lito continúa. “Yo soy un término medio. Siempre fui un músico instrumental, un pianista. Tengo una mínima base de teoría de solfeo y me ayudan mucho los programas que escriben la música. Como que la vengo zafando”.
Desintegrada la experiencia de MIA, empieza su carrera solista. Después de algunos años formó parte de Spinetta Jade, la formación del Flaco Luís Alberto Spinetta, uno de sus ídolos de la infancia. Una vez desligado de Jade, tuvo una etapa más relacionada al folclore.
Su nombre empezó a sonar con más fuerza entre 1984 y 1986, cuando forma el trío Vitale-Baraj-González, junto con Bernardo Baraj y Lucho Gonzalez que alcanza el reconocimiento masivo en España. Después arma un cuarteto con el que marca su record personal de venta de discos – Ese amigo del alma, en 1987, vendió doscientas mil copias solo en Argentina – y ese éxito se fusiona en el 92 con el comienzo del programa de televisión de Canal Trece, Ese amigo del alma, que cerró la programación de cada día durante ocho años.
“En tele volvería a hacer lo mismo que hice hasta ahora, que es lo único que sé hacer. Tocar e invitar gente”, aclara, “pero no puedo adaptar mi formato a lo que es la televisión hoy, que está casi en la vereda opuesta de lo que puede llegar a ser un programa estrictamente artístico. En el programa nadie ganaba plata. De los ocho años, cinco los hice sin cobrar.”
En 2009 la discográfica Sony BMG cerró un trato con el gobierno de San Luís para ponerse al frente de los estudios de grabación dentro del marco del programa San Luís Música, y decidieron inaugurar un sello discográfico que quedaría a cargo de Lito Vitale.
El acuerdo se había sellado por cinco años, pero el gobierno de la provincia puntana sintió que el desempeño de Sony no estaba a la altura de sus expectativas y rompió el contrato antes de llegar al primero. “Todo terminó con un conflicto entre San Luís y Sony, y yo quedé en el medio. Se cortó complicadamente a nivel económico y quedé colgado mal”, explica Vitale. Con las piernas cruzadas, apenas recostado en su asiento, dice que su intención era hacer discos.
Sumido en una profunda crisis se dijo que lo que tenía que hacer era tocar el piano solo. “Improvisar y que salga lo que salga”. Volver a lo más genuino, que era su persona artística. Ser su propio Mecenas.
Se abre la puerta y su secretaria le deja sobre una mesita ratona dos discos que le envía una discográfica y una invitación a un evento. Le pregunto si le interesa ir a eventos sociales y me dice que no. “No voy a reuniones de gente conocida”, asegura. “En un momento fui mucho y no me aporta ver a esa gente que saludas porque él sabe quien sos y vos sabés quien es él. Ya no me divierte. No me gustaría particularmente conocer a nadie. Me quedo con lo que tengo”.
-¿Tenés amigos músicos? – le pregunto.
-Siempre toqué con un montón, pero mi amigo es Baglieto… no tengo todos mis amigos músicos. Voy a comer con Pedro Aznar, somos amigos, todo bien. Pero no me interesa conocer a los músicos como personas. Nunca fui a saludar a los músicos que vienen de afuera. No me interesa nada ir a saludarlos. Ni a los músicos cubanos, que son todos recopados, viste.
-¿Qué otras expresiones de la cultura te interesan?
-No se. No soy un tipo culto, enterado. No te puedo hablar de corrientes de cine, por ejemplo. Me gustan un montón de películas, me divierte el cine de entretenimiento porque tengo hijos y los llevé a ver tanta boludés que está bien hecha que te termina copando. Me gusta ir a exposiciones de artistas plásticos, pero tampoco se tanto como para hablar.
-¿Sos de leer? – y le señalo dos libros desparramados en la mesa ratona donde ahora Lito apoya los pies: La Divina Comedia, de Dante Alighieri e Historia del baile, de Sergio Pujol.
-Para la lectura soy nulo – responde, y yo veo en él algo de la rebeldía del adolescente que deja el conservatorio porque no le interesa la teoría. -Viví en una casa de mucha lectura, pero tuve como único interés el piano. Siempre intenté que me enganche la literatura, pero nunca lo logró. Mi excusa es que tengo las veinticuatro horas del día cubiertas con la música.
Soy conciente de que se me va acabando el tiempo. Lo llaman por el teléfono de línea. Atiende y casi gritando avisa que ya baja, que no lo molesten más. Algo desencajado, se sienta y le ruego que me deje hacerle una última pregunta. Antes de escuchar la respuesta le pido que me diga si está al tanto de los discos nuevos que van saliendo y como para cerrar el trámite de la entrevista, mientras vibra el celular, me dice que compra discos y que otros se los regalan las compañas discográficas.
“Me compré el DVD de Sting, un disco nuevo, medio celta, muy bueno; el último de Spinetta, Un mañana, que está buenísimo; el de Fito, Confía, que no me gustó nada, es horrible, yo a Fito, lo admiro muchísimo, pero de este no me gustó ni un tema. Me gustaría comprar el de Cordera, el anterior, Cordera suelto, no me gustó nada. Escuché un tema de la otra parte de La Bersuit que me gustó, De Bueyes, bastante parecido a la Bersuit”.
Se para rápido para no darme la oportunidad de una nueva pregunta. Me da la mano y se va, dando órdenes, saliendo y entrando en todos los cuartos mientras contesta los llamados en su BlackBerry. Ya es nuevamente el hombre a gusto en su microclima donde reina la música y no las palabras.

Entrevista realizada en 2010.

Sebastián Pujol

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