Dodge 1500

De chico, estoy hablando de cuando estaba en la escuela primaria, podía detallar donde se encontraban cada una de las localidades del Gran Buenos Aires. Sabía, por ejemplo, que González Catán, barrio completamente desconocido para cualquier pibe normal nacido y criado en Martínez, quedaba en zona oeste, más exactamente en el partido de La Matanza. Me llenaba de orgullo ese conocimiento. En la cabeza tenía el mapa completo del Gran Buenos Aires y eso se debía a que mi viejo laburaba haciendo repartos por todo el Conurbano y conocía cada localidad en detalle, o por lo menos eso me parecía a mí. Aquello lo convertía casi en un héroe. Claro que para convertirse en un héroe no necesitaba demasiado.
Guardo un recuerdo de esos que no puedo precisar si es parte de mi imaginación o sucedió en realidad. Esto es algo que suele sucederle a los tipos como yo, que tienen demasiada imaginación y que viven todo el día en babia, como decía mi mamá. En mi recuerdo había faltado al colegio y mi papá me llevó con él a trabajar. Al Dodge 1500 que manejaba le faltaba, no recuerdo el motivo, el asiento del acompañante y lo había reemplazado por una banqueta de mimbre. Recorrimos todo el Gran Buenos Aires mientras yo le cebaba mate, tirando el agua bien cerquita de la bombilla como me había enseñado, mientras me contaba sobre los distintos cordones industriales y el crecimiento de esas zonas durante el primer gobierno peronista. Lo más probable es que eso nunca haya sucedido tal y como yo lo recuerdo o que sea una mezcla de distintos momentos.

Pero hay un día que no me lo olvido más. Seguramente para mi viejo fue algo intrascendente. o no. Pero a mí se me quedó en ese lugar de la cabeza en que flota lo más trascendental de los recuerdos ordinarios, que solo son importante para uno, porque se trata de un día en que no pasó nada especial, un día cualquiera en que no murió ni nació nadie importante. Pero yo no me lo olvido más.
Ese día jugaba Excursionistas de visitante en cancha de Deportivo Laferrere. Era un partido importante. No recuerdo exactamente el motivo por el que era importante, pero lo era. Yo nunca había ido a ver futbol de visitante. Ni siquiera estaba seguro de ser hincha de Excursionistas como mi papá. Mi hermano era de River y alguna que otra vez habíamos ido al Monumental. Pero River no me generaba nada.
Mi viejo ya no laburaba más en la calle. Tenía un trabajo en el que le permitían usar una camioneta de la empresa los fines de semana. En esa camioneta fuimos hasta Laferrere (mi viejo lo pronunciaba textual, argentinizado), en lo más profundo de La Matanza. Llegamos hasta el estadio cuando el partido ya había empezado. Excursio había llenado la tribuna visitante. No sé bien por qué, pero eso me llenaba de orgullo. Ellos también eran muchos. Ya empezaba a pensar en términos de “ellos” y “nosotros”. Mi viejo, como siempre, se había puesto a charlar sobre el partido con alguien. Con cualquiera. Como siempre. Yo, como siempre también, intentaba aprender para después imitar ese vocabulario tribunero. Creo recordar que el partido terminó empatado. Volvimos cuando caía el sol. Tardamos mucho en volver. El camino era largo. Atardecía y volvíamos escuchando el comentario del partido de una radio partidaria. Después puso un partido cualquiera. No recuerdo haber pronunciado una sola palabra en todo el viaje de vuelta. Me acuerdo de una estación de servicio al costado de la ruta y de los comercios en la Ruta 3.
Ese día me hice realmente hincha de Excursionistas.

Sebastian Pujol

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