Uruguayo inusual

La primera charla técnica del centrodelantero montevideano de 32 años Marcelo Ruiz con el nuevo plantel después de hacer el precalentamiento se demora unos minutos. Sopla un viento fuerte que levanta la tierra de la cancha y el cuerpo técnico y los jugadores, que habían formado un círculo en el centro del campo de juego, se vuelven invisibles. Una vez que el viento para, el técnico se sacude la tierra y toma la palabra: para Don Francisco Rodríguez Mayo, les aclara, solo es válido el ascenso y visto y considerando que es él quien paga los sueldos no queda otra alternativa que salir campeón.

Cortita y al pie, piensa Marcelo Ruiz. Nada de motivación, ni de mentiras. Solo la exigencia del objetivo por el cual se les paga.

Don Francisco Rodríguez Mayo, dueño de la cadena de supermercados “Mayo”, ganó las elecciones que se llevaran a cabo el año anterior y se quedó con la presidencia de Hudson de Puerto Santa Julia. La lista llevaba como vice presidente al gerente de la sucursal más importante de la ciudad, al encargado de la línea de cajas como tesorero y a Francisco Rodríguez Mayo hijo como protesorero.

El empresario obtuvo la idea de postularse de boca del abogado de la compaña: si quería que su negocio se impusiera por sobre las demás cadenas de supermercados de la ciudad debía meterse en la política del club más poderoso de Puerto Santa Julia y lograr algún objetivo importante. Era una apuesta arriesgada, pero el empresario patagónico era poseedor de ambiciones a la medida del riesgo y la inversión tenía el objetivo de llevar al club a jugar el Torneo Federal A.

Marcelo Ruiz, había pisado suelo argentino dos días antes. Bajó del Buquebús, se subió rápido a un micro que viajó toda la noche hasta la ciudad chubutense de Puerto Santa Julia. El viernes al mediodía subió sus maletas hasta el departamento que le alquiló el Club Atlético Hudson. Esa noche duermió en el departamento y al día siguiente a la mañana se presentó en el club, para viajar dos horas con el plantel hasta la ciudad de Ingeniero Mitino, donde en minutos debían enfrentar a Defensores de Mitino, su clásico rival.

Ruiz sabe que las miradas recaen sobre él. El club hizo una inversión fuerte en su persona. Aunque es un jugador veterano, todavía le queda cuerda. Será el jugador mejor pago del plantel y deberá demostrar con goles que vale esos billetes y muchos más.

El técnico continúa hablando sobre los negocios del presidente. El delantero suplente, sentado a su lado, escucha atento lo que debía ser la primera charla técnica, pero que se parece más a la capacitación del primer día de trabajo en una sucursal de los supermercados Mayo. De hecho, el delantero suplente le confesó a Marcelo en el micro que fue transferido a Hudson desde otro equipo más pequeño de la ciudad a cambio de un puesto como repositor.

Es común que los jugadores de Ascenso tengan otro trabajo además del futbol. Marcelo tuvo toda clase de empleos durante sus primeros años de carrera. El más duradero y mejor pago fue como invitado en fiestas casamiento. En realidad, trabajaba en salones de fiestas antes de comenzar a hacer inferiores en el Club Atlético Boston River de la ciudad de Montevideo.

El flamante delantero de Hudson es un uruguayo inusual: no le gusta el candombe, ni la murga, ni el chivito, ni el mate. Tampoco le gusta el futbol y descubrió que servía como delantero goleador a los 17 años. Para ese momento había logrado que tres salones de fiestas ofrecieran sus servicios como animador de casamientos. A través de un amigo del barrio, ayudante de cocina en uno de los salones más grandes del centro de la ciudad, había empezado a colarse en fiestas de casamiento y no tardó mucho en descubrir que ese era su hábitat natural, su lugar en el mundo. Se mantenía a un costado de las mesas, hasta que comenzaba la primera ronda de baile. Una vez que había logrado entrar en confianza, se ganaba un puesto en alguna de las mesas. Para las dos o tres de la mañana ya era el alma de la fiesta.

Un disc jockey de la ciudad fue el primero en ver en Marcelo una oportunidad de negocio. El salón empezó a ofrecerlo como un servicio más. Tener a Marcelo entre tus invitados era un seguro contra el aburrimiento y el fracaso de cualquier celebración, decían los encargados de los salones. Levantaba el espíritu de cualquier fiesta de casamiento. Para cuando debutó en primera, ya era famoso en el rubro y cualquier pareja de la ciudad de Montevideo que pensaba en casarse era advertida sobre los beneficios de contar con Marcelo Ruiz.

Ahora hace varios años que no baila. El ayudante de campo del técnico de Hudson, a quien todos conocen en el club como Jimmy, da la formación titular para enfrentar a Defensores de Mitino. Tiene la voz aguda y algo rasposa. Camina en círculos. Es canoso, alto y encorvado. Marcelo se sorprende al escuchar a Jimmy nombrarlo entre los titulares. Viene con poco rodaje, pasó muchas horas viajando y le da miedo romperse. Le comenta su inquietud al técnico, quien le aclara que saldrá de entrada con el equipo, pero que pensaba hacerlo jugar nada más que un tiempo.

Se cambian en un vestuario sin duchas y a más de cien metros de la cancha. El sol de las tres de la tarde pega fuerte cuando entran al campo de juego. Marcelo siente que algo húmedo le golpea cerca de la oreja izquierda. Se vuelve a mirar la tribuna local. Un nene de no más de diez años lo vuelve a escupir, pero esta vez falla.

-Van a cobrar, putos -grita el pibe.- Se vuelven para Santa Julia con el culo roto.- El padre del nene lo palmea en el hombro. Treinta personas más esperan a que comience el juego, sentados en los escalones de cemento bajo un sol abrazador.

En la primera jugada del partido, Juan Ignacio Fonseca, un volante flaco y rápido,  corre por izquierda seguido por su marcador que se tira al piso, pero no logra evitar que tire el centro a un área en el que predominan las camisetas verdes y amarillas de Club Atlético Defensores de Mitino. Solo hay dos jugadores en el área que visten la camiseta celeste con vivos blancos de Hudson de Puerto Santa Julia: Martín Roldan, que juega con la camiseta catorce, pero se para de media punta, y el uruguayo Marcelo Ruiz, con la nueve en la espalda, que espera un centro pasado.

Marcelo es un jugador con oficio. Así lo vendió su representante. Un tipo grande, pero todavía con la cuerda suficiente. Aunque está falto de ritmo, se las puede arreglar para jugar sin forzarse. La experiencia le da oficio y él lo sabe aprovechar. El futbol está repleto de jugadores que se pasaron una década pateando una pelota en la primera de un club para no aprender absolutamente nada. Al fin y al cabo, ese es el gran problema de la humanidad: dejar que el tiempo transcurra lo más rápido posible, sin aprender nada.

El oficio le indica que la pelota va a llegar pasada. Lo habló con Roldán en el vestuario. Parecía un pibe despierto y entendió rápido que debía hacerle caso. No es fácil encontrar en el futbol de ascenso jugadores despiertos. Vos andá al primer palo y llevate alguna marca, le dijo, y el pibe lo hace y se lleva dos marcas, porque a diferencia de lo que sucede en primera, en este categoría no hay videos para que los técnicos muestren en las charlas y organicen las marcas. En el Federal B se aprende sobre la marcha y Marcelo está debutando, por lo que los rivales no saben que es a él a quien tienen que marcar en las pelotas paradas. Además, el partido acaba de empezar.

El local sacó del medio, la perdió rápido y Juan Ignacio Fonseca corrió toda la banda con la pelota hasta tirar el centro. Marcelo no se mete en el área chica hasta que Roldan no lleva sus marcadores al primer palo. Entra con el central de ellos, un morocho algo excedido de peso, pisándole los talones. El delantero uruguayo pisa firme con la derecha y se desprende del piso. Salta y espera el contacto con la pelota, pero antes siente unos tapones que lo golpean detrás de la oreja. En esta ocasión, está seguro, no es un escupitajo: son los botines del arquero local.

-¿Quién sos, Bruce Lee? Conchatumadre -le grita Roldán al arquero de Defensores. Se forma un tumulto que levanta una polvareda a través de la cual nadie puede ver que el primero en quedar knok out es el árbitro que intentaba separar.

Antes de desmayarse Marcelo Ruiz, centrodelantero montevideano de 32 años, ve al nene que lo había escupido tomando su miembro masculino con ambas manos. Estuvo inconsciente durante una semana. Recién pudo reincorporarse al plantel dos meses después. Mientras tanto, tuvo a su cargo la caja número tres de una sucursal de los supermercados Mayo algo alejada del centro de la ciudad.

 

Sebastián Pujol

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