Tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón, en el año 1955, la llamada “Revolución Libertadora” se encontró con la problemática de qué hacer con el cadáver de Eva. Tras su muerte en 1952, su cuerpo fue embalsamado en la sede de la CGT, donde tendría su descanso final. O eso se creía hasta el golpe de Estado.

La Libertadora buscaba que el peronismo desaparezca del país, como su líder exiliado. Mediante la represión, prohibiciones y decretos, Perón y todo lo que representaba su movimiento, tenía que dejar de existir en el inconsciente popular. De esta manera es que el cadáver de Eva se volvió un problema, no querían que se convirtiera en el símbolo de la resistencia. Tras robarlo de la sede de la CGT, cada vez que el ejército movía su cuerpo de manera secreta, aparecían velas en las veredas donde la escondían. Temiendo que un grupo de peronistas armados estuvieran siguiendo sus pasos para recuperar el cuerpo de Eva, deciden que lo mejor era sacarlo del país.

 Con la ayuda de la Santa Sede, la “Operación Traslado” daba comienzo. El cuerpo de Eva sería trasladado a Italia, donde se le daría una sepultura cristiana. Claro está que no podían convertir su lugar de entierro europeo en un santuario peronista. Eva seria enterrada bajo el nombre de María Maggi de Magistris, con papales falsos, un “viudo” y un “hermano” que acompañaban el cuerpo, la inteligencia militar cumplía su cometido.

En la Argentina el paradero del cuerpo era todo un misterio. Durante los años de la “Resistencia”, ningún gobierno dijo donde se encontraba. Para el peronismo, la figura de Eva, su simbología, aumentaba cada vez más. En 1970 Montoneros secuestra al General Aramburu, líder del golpe de 1955, y le tratan de sacar información sobre Eva. El plan de la agrupación armada era recuperar el cuerpo para entregárselo a Perón. Creían que conseguir esto los acercaría mas al líder exiliado, y este los nombraría continuadores del legado peronista. Siguiendo la pista de Europa, Montoneros realizo inteligencia para poder lograr su objetivo, sin éxito.

En un acuerdo político con Perón, Lanusse decide entregarle el cuerpo de Eva en Puerta de Hierro, su residencia española. Tras 16 años, el político más importante del siglo XX volvía a encontrarse con Eva. Familiares de Evita pudieron estar cerca del cuerpo, como también “el brujo” López Rega, que aseguraba que la presencia del cuerpo ayudaría a Isabelita, y esta se convirtiera en una persona tan importante como ella.

Tras la muerte de Perón en 1974, el cuerpo de Evita es enviado a la Argentina, en una operación secreta del Brujo, para ser colocado con el cuerpo del líder peronista, en Olivos. El golpe de 1976 produjo el último traslado del cuerpo de Eva, esta vez, hacia el cementerio de la Recoleta. No importaba el cuerpo de Perón, si el de Eva. Había que moverlo, otra vez. Como si los militares le temiesen, o supiesen que lo que ella representaba; la ayuda a los postergados, el haberse plantado en un mundo gobernado por y para los hombres siendo mujer, la madre de los descamisados, nunca los dejaría en paz.

Diego Leonessi

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