Notas para una lectura Animal del mundo en Sor Juana

 

A Celia

Todo animal reconoce las sendas que abrieron sus antepasados. Travesías del aire, del agua, de la tierra. Sólo el humano las olvida. Por eso inventa, construye, edifica, emprende viajes de descubrimiento. No es un plus, sino una carencia lo que nos distingue de otra especie. La herida es una puerta cerrada sobre el antes. Por haber perdido el gran pasado queda atrapado, el animal humano, en su historia personal, dando vueltas sobre sí mismo como un perro tratando de alcanzar su cola. Corta inteligencia, aquella que no abarca otra experiencia que la propia. La razón es fruto del olvido; sus logros, la patética demostración de su extravío. No es de dioses esa luz que tanto apreciamos, es simple adaptación al desamparo. *

Juana Inés había nacido en un pequeño pueblo a cercanías de la capital de México, San Miguel de Nepantla, en 1695. A pesar de los estrictos convencionalismos de la Nueva España -bajo el yugo de la religión y la Corona- donde el saber y la verdad era pertenencia únicamente de los hombres, Juana se entregó con voracidad a los libros y a la educación. A la corta edad, ya había aprendido a leer y a escribir, dando comienzo a la formación inquieta, curiosa y autodidacta de sus estudios. 

Prontamente ingresó al Convento de las Carmelitas Descalzas en el cual permaneció poco tiempo, hasta que, a los 21 años, retomó definitivamente los hábitos de la religión en el Convento de San Jerónimo. La vida monástica de Sor Juana, acompañada del silencio y la soledad, y sus pocos afectos, configuran ese mundo reducido y de misterios inclaudicables que testimonian sus obras y la recurrente imagen de la “celda-biblioteca” del Convento.

En una de las escenas de la película “Yo, la peor de todas” de Bemberg (1990), la Virreina María Luisa se dirige a Sor Juana, diciéndole: “Jamás he encontrado una mujer como tú. Más poeta que monja. Más monja que mujer. Hace años que me lo pregunto: ¿cómo es Juana con ella misma, cuando está sola?, ¿cuando nadie la mira?”. 

¿Cómo concilia una monja del siglo XVII, su desobediente amor por las letras con el rigor de su tiempo? ¿Qué comienza a existir en el gesto de la lectura (y de la escritura)? ¿Qué toma y qué deja?

El enigma de Sor Juana Inés, como dice Octavio Paz, son muchos enigmas. Ciertamente, mi pretensión es mucho más modesta, y los enigmas que elijo, son sólo algunos.

***

Juana de niña, construyó su casa al costado del mundo con los libros de la biblioteca del abuelo. Alguien diría que el ejercicio de la lectura en Sor Juana fue siempre rebelde: escondida, en solitario, en algún recóndito habitáculo. La biblioteca familiar fue su gran hallazgo: el mundillo de su niñez; territorio afectivo al que retornó en la adultez, una y otra vez, durante su vida en el Convento. Es que Sor Juana vio más allá de lo evidente de la clausura. Para ella, no existía encierro en el Convento de San Jerónimo, al contrario. Su vida en la celda-biblioteca, fue la posibilidad y apertura de otro mundo; el refugio de sus afectos. Las imágenes de la celda y la biblioteca heredada, fueron sinónimas para el territorio de la infancia.  

Acercarse a la obra de Sor Juana significa situarse en una sociedad cuya condición de vida fue jerárquica y los valores que circulaban, masculinos.  Ella problematizó el sentido de época: de repliegue de las vidas plebeyas, pobres y femeninas a un modo de existencia posible: la vida matrimonial –la cual implicaría dedicarse a las labores hogareñas y sepultar sus inquietudes intelectuales- o la vida monástica. 

En cualquier caso, la escritura y la lectura les estaba vedado a las mujeres; leer y escribir, así como finalmente la distribución y almacenamiento del “saber” era espacio concentrado de virilidad. 

Quizá en algunos momentos de la historia, más que otros, se le reclama a la imaginación un papel protagónico para la invención de otros mundos. Sor Juana creó, entonces, desde lo dado los medios para vivir “al reverso” de las “trampas de la fe”, su pasión por las letras. Supo construir territorios sensibles y marginales (pero entrometidos) al mismo régimen de tiempo y espacio de su época. “No podía ser letrada casada, pero tampoco letrada soltera. En cambio, sí podía ser monja letrada” escribe Paz.** Es que como dijimos más adelante, para la época en la que vivió Sor Juana, el nombre además del rango social que éste daba, significaba la censura de experiencias discordantes con el modo de vida habitual. Solo cabía lugar para la construcción de una común normalidad y de sincronías jerárquicas. 

Los artilugios de Sor Juana fueron, primero, la virilidad: en su niñez se cortaba el cabello y vestía con prendas masculinas, puesto que, para acceder a la educación era necesario ser hombre. Finalmente, fueron los hábitos de la religión. 

Vale decir que la palabra artilugios utilizada aquí no insinúa que la vida religiosa de Sor Juana haya sido poco sincera. Antes bien: Juana Inés de Asbaje, “más poeta que monja”, pero también “bastarda”, supo inventar los medios para desalojar de sus pasiones, el cerco de la sustancialidad del nombre. Deslizarse en las superficies de los artilugios que fueron creados-para-creer. 

La lectura en Sor Juana tuvo una doble función: volver al mundo de origen; el de la lectura a escondidas, cuando niña, de los libros de su abuelo. Por otro lado, el temperamento de la lectura profana: el de transgredir su bastardía. Inactual y contemporánea: supo anticipar a su tiempo las conquistas modernas del feminismo, en el acceso de las mujeres al conocimiento. 

Pienso que la práctica de la lectura es una experiencia corrosiva del nombre, y en este ejercicio que duró toda su vida, Sor Juana participó de su propia (re)invención. Más allá de la creación literaria misma, el acto de leer es también el despliegue de ficciones fronterizas. “Se trata de entrar a la lectura para medirse -y para desorientarse y para perder el rumbo- frente a la alteridad imprevisible del mundo, la alteridad sin fin de la historia, la alteridad enigmática de los cuerpos y la alteridad laberíntica del tiempo. El lector pone a prueba su creencia identitaria en la alteridad de la lectura”, dice Carlos Skliar.

***

El primer rasgo del animal, dice Deleuze, es el reducido mundo en el que llegan a existir por toda una vida. En este mundo, el animal interactúa con los otros cuerpos; con sus propios sentidos e intensidades del entorno. Describe a la garrapata, por ejemplo, la cual vive a base de tres excitantes. Constituyendo el primero, la garrapata atraída por la luz, puede pasar años esperando sin comer sobre la rama de algún árbol. El segundo excitante lo constituye el olor del rumiante animal que pasa por debajo de la rama, mientras que, el tercer y último excitante es el táctil. A través de éste, la garrapata hurga en el lomo del animal la región más limpia de pelo para finalmente alimentarse.

Aunque pacífico, hay en el reposo de la garrapata, un riesgo. El salto desde la rama del árbol al lomo del animal es una decisión que pone en juego los límites de la propia vida. En el caso de la garrapata el trayecto del estímulo hacia el acto es quizá más ligero: no existe, en el terreno sensible del animal, espacio para las inflexiones. Sólo la dirección del movimiento al punto que más lo afecta de su mundo específico. 

La lectura de Sor Juana fue una lectura salvaje, animal. Supo hacer un uso rebelde de las cosas: con los libros, las letras y el saber; con el amor. Profanó el sentido común que lo sagrado había coagulado como forma de vida. Como en el ejemplo del animal de Deleuze, el riesgo de Sor Juana fue el de alterar la condición de un trayecto que se disponía como fin. Entonces lo volvió “medio” en sincronía con sus pasiones. En este salto, inició el tramo de toda su vida. 

Su práctica no fue de mero ocio, sino la de escribir y leer con su propia sangre. Como escribe Nietzsche, “de todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu. No es cosa fácil el comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen.” 

[…]

Yo no entiendo de esas cosas;
sólo sé que aquí me vine
porque, si es que soy mujer,
ninguno lo verifique.
Y también sé que, en latín,
sólo a las casadas dicen
uxor, o mujer, y que
es común de dos lo Virgen.
     Con que a mi no es bien mirado
que como a mujer me miren,
pues no soy mujer que a alguno
de mujer pueda servirle;
     y sólo sé que mi cuerpo,
sin que a uno u otro se incline,
es neutro, o abstracto, cuanto
solo el Alma deposite. 

[…]

 

Lucía Sbardella

 

* Maillard, Chantal. (2019) La compasión difícil. España: Galaxia Gutenberg, S.L.

** Paz, Octavio. (2018) Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. México: FCE.

 

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