Riqueza Cero

-Aunque la verdad es grande sobran cadenas y esclavos-

Almafuerte

 

Hace algunos días que asoma en el debate público la cuestión de un impuesto sobre las grandes riquezas. Un tema perentorio que emerge como épica en los gobiernos que intentan instalarlo. La distribución de la riqueza siempre trae consigo fuertes resistencias. No solo de los interesados materiales sino también de gran parte de la población. El sentido común en el que vivimos construye nuestros valores. Que la riqueza es una recompensa de gente inteligente, cuya rectitud y ahorro llevaron a la cumbre, pareciera ser algo natural. El triunfo de la libertad individual. Hoy en pleno siglo XXI, todavía resulta complejo corroer los argumentos del darwinismo social. La supervivencia del más apto se piensa en todo momento. Es tan profundo que en ocasiones el obrero que trabaja doce horas por un salario de subsistencia cuestiona el impuesto y no la disparidad de riqueza.

Para reflexionar sobre el tema podemos hacer un repaso por aquellos sectores de la economía argentina que generan altos niveles de beneficios.

Exportar para vivir

Una de las grandes tragedias nacionales es la pésima distribución de la tierra. Cuando el Estado nació como hoy lo conocemos, una vez muertos indio y gaucho, el fraccionamiento surgía como respuesta para crear una clase social fuerte y diversificada que fuera motor de la economía, la envidia del norte. Pero esto no sucedió. La clase dominante resulto ser mezquina y la tierra quedo en pocas manos. Argentina se consolido como una nación agraria. Su proyecto histórico es el que le ha impuesto el capitalismo internacional ubicandola como proveedora de materias primas dentro de la división internacional del trabajo.

De esta manera el campo resulto ser propiedad de una aristocracia que concentraba riqueza y poder pero que a su vez tecnificaba y lo volvía cada vez más productivo. Una tendencia que sigue vigente. Produce mucho más en menos tiempo. El problema es que si bien la actividad genera riqueza y evoluciona no permite el desarrollo de una sociedad.

Las economías agrarias son para pocos. No generan valor agregado y su producción insume poca mano de obra. La cosecha de nuestras pampas según INDEC para el 2019 requirió cincuenta mil obreros. La paradoja es que somos un país agrario pero el 95% de la población vive en la ciudad. El campo sostiene una vida urbana mayoritaria. Sería justo y necesario hacer una división de tierras equitativa pero no alcanza. En un país con 44 millones de habitantes si la estructura de acumulación depende solo del agro, sobran 30 millones de personas. Para salir de la eterna crisis hay que inventar algo más.

Pero no todo es campo en la vida. Veamos que otras actividades hay en nuestro país que obtienen riquezas en base a la explotación de recursos nacionales.  Consideremos el siguiente gráfico de complejos exportadores.

Participación porcentual de los principales complejos exportadores. 2019. INDEC.

Podemos ver que hay sectores que siguen muy de atrás al agro. El sector petrolero, automotriz y minero forman un podio de segunda. Lamentablemente en estos casos la concentración también es abrumadora. Pensemos unos minutos ¿cuantas empresas petroleras y de gas hay en el país? ¿Cuántas fabrican automóviles? Ni que hablar de las mineras. Nos alcanzarían los dedos de una mano para contarlas a todas. Aquí hay una diferencia con respecto al campo porque si bien sus tierras y la explotación están concentradas existe una porción considerable de pequeños productores. En el caso de las actividades mencionadas eso no pasa. Por otro lado, ¿son actividades que generan innumerables fuentes de trabajo? ¿Son seguras? Esta claro que en el modo de producción en que vivimos no se puede prescindir de ellas pero también resulta evidente que dan muy poco y obtienen mucho. Se llevan todos los números para abonar un impuesto adicional.

Mercado interno y competencia perfecta

Esto nos lleva al otro foco generador de riqueza. Nos tenemos que detener en la burguesía que supimos conseguir. Aquellos que dominan las palancas que hacen funcionar a la sociedad y encienden la caldera de la nación: el mercado interno.

Este tema sirve para deconstruir otra parte del sentido común liberal y anacrónico: La competencia como categoría reguladora de la economía. A unos tipos se les ocurre una idea y la llevan a la practica en eso que llamamos mercado. Si son buenos triunfan y se convierten en Rockefeller. El teorema Steve Jobs. Si son malos quedaran en las profundidades del olvido. El capitalismo de competencia es una fase que comenzó a diluirse en la segunda mitad del siglo XIX para dar lugar al capitalismo imperialista y monopólico. Que hoy se siga sosteniendo es por lo menos pubertario.

Volviendo al mercado interno volvemos a la concentración. Sin detenernos en aquella industria manufacturera o Pyme que es la principal empleadora después del Estado ¿Cuantas empresas dominan las actividades del país? Pensemos en tareas tales como la construcción, el transporte, medios de comunicación, suministro de agua y electricidad, gestión de residuos, correo, producción y comercialización de alimentos y artículos de uso personal, saneamiento publico y tantos otro rubros que siguen la misma lógica. ¿Cuántas empresas se nos ocurren? Es tragicomico. Don coto y su pandilla también podrían pagar unos mangos extras en tiempos de pandemia mundial.

Invertir en el caos

La idea de instalar que todos perdemos y si la empresa no produce moriremos es funcional a los ricos. Argentina historicamente tiene conglomerados que generan mucha riqueza, el problema es como se aplican los excedentes. Nadie esta pensando en una revolución bolchevique sino en un capitalismo productivo que desarrolle una estructura de país que pueda albergar a todos. Claro que si hablamos de capitalismo alguien siempre va a quedar afuera, pero por lo menos no el 40% de la población. La riqueza debe ser distribuida. Utilizarse para paliar el hambre y generar una economia diversificada. La pseudo burguesia que tenemos no ha sabido hacerlo y por ello el reclamo se dirige hacia el Estado. En tiempos de Coronavirus no hay tiempo. Y no me vengan con que a estos sofisticados inversionistas hay que dejarlos libres de la pata del Estado porque sino no la ponen. El problema es su miseria intelectual no el contorno seguro que necesita su platita. Lastima que ya no esta sino podríamos preguntarle a Carlitos Bulgheroni que tomaba té con talibanes para que le dejen construir un gasoducto en Medio Oriente.

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El tipo que invierte tiene solo dinero. Para construir riqueza se necesita mucho mas que eso. Territorio, fuerza de trabajo, recursos naturales, policía que cuide, hospitales a donde vayan los obreros lastimados, una ART, escuelas en donde reproducir la fuerza de trabajo e innumerables etcéteras. Rompamos el paradigma de que el empresario es el único que crea riqueza y por eso hay que dejarlo tranquilo. Es tan simple como que hay que cobrarle el impuesto porque la riqueza la creamos entre todos pero el único que se la queda es él.

Ignacio Calza

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