A Simón, mi ahijado 

 

A  200 años de la muerte de Don Manuel Belgrano resulta imprescindible repasar algunos pasajes significativos de su vida.

Manuel Belgrano formó parte de una familia de muy buena posición económica, que le abrió las puertas a una gran formación académica (un privilegio para la mayoría de los habitantes no sólo de América,  sino también de Europa). En 1786 viaja junto a su hermano Francisco a estudiar en Salamanca. Mientras se encontraba en Madrid, le llegan los ecos de una Francia convulsionada por los reclamos del pueblo, que le exigía al rey Luis XVI  el fin de los privilegios, en una sociedad marcada por la desigualdad. 

En 1793  se gradúa de Abogado y un año después fue designado como secretario del Consulado, un cargo  habitualmente reservado para españoles de nacimiento. 

Hasta ese momento la vida de Manuel Belgrano parecía perfilada en una sola dirección, ostentando una buena posición económica  y el prestigio de un profesional en ascenso. Como señala Pacho O’ Donnell “Era un lugar para hacerse rico, no tanto por su salario como por la posibilidad de lucrar “por izquierda”, con la habituales violaciones a las reglas comerciales” además “cuando Belgrano se incorporó al hecho revolucionario abandonó una posición de privilegio” 

El 25 de junio de 1806 el desembarco de 1600 soldados ingleses en Buenos Aires al mando de William Carr Beresford altera la vida de los pocos habitantes de la ciudad.  Frente a la ocupación de la ciudad  los miembros de Consulado  juraron el reconocimiento de la dominación Británica,  Manuel Belgrano adopta una actitud distinta: para no jurar obediencia se  retira a la Banda Oriental. Comienza a estudiar táctica militar y se pone a disposición de Santiago de  Liniers, quien encabezará la reconquista de Buenos Aires. La valentía de los porteños lograba la derrota de uno de los ejércitos más poderosos de aquel momento. 

El general ingles Craufurd ya prisionero conversó  con el joven Belgrano, interesado por conocer el pensamiento de este americano, le comenta a su interlocutor sobre la posibilidad de que Inglaterra apoye la independencia de las colonias. Belgrano le responde que prefieren el antiguo amo o a ninguno, preanunciando el  protagonismo que tendrá Don Manuel en las luchas por la autonomía.

En 1808 la ocupación militar de España por las tropas napoleónicas provocó una crisis en la monarquía hispánica. Como resultado del desplazamiento del rey Fernando VII llegó hasta América el  eco de aquel  “vacío de poder”. Las capitales virreinales (Buenos Aires y Lima) tomaron distintos rumbos. Como señala Viviana Conti “Dos vías, la revolución y el fidelismo, las enfrentó durante más de una década”. En Mayo de 1810 en  Buenos Aires un movimiento encabezado por  criollos logró la destitución del virrey Cisneros, emprendiendo el sinuoso camino  del autogobierno. Manuel Belgrano, designado  en un primer momento como vocal de la Junta, se hace cargo, como general en jefe, de las fuerzas destinadas al Paraguay  y a la Banda Oriental, provincias que no habían reconocido a las autoridades de Buenos Aires.

Como señala Félix Luna “el general marchó con su pequeño ejército, recorrió campos desiertos, cruzó ríos, soportó lluvias torrenciales”. Atento a la realidad de los pobladores, Belgrano tomó medidas a favor del bienestar de los indios de las misiones dictando un reglamento que reconocía sus derechos cívicos y políticos.

Como señalaba Pedro De Paoli:

“Belgrano fracasó militarmente. Abrió negociaciones. Y el dilema surgió con la pregunta de los paraguayos: “Al unirnos a Buenos Aires, el estanco de tabaco, el impuesto a la exportación ¿ se pagará en Asunción o en Buenos Aires?” La respuesta que invariablemente daban los hombres de Buenos Aires, era la siguiente: “se pagará en Buenos Aires”.

Por lo tanto Paraguay resolvió declararse independiente de España y de Buenos Aires.

Como señala el medico Omar López Mato:

“Los sinsabores de la campaña del Paraguay, más el clima hostil del verano tropical, unido a las persecuciones políticas de las que fue objeto por no poder derrotar con seiscientos hombres a los seis mil paraguayos, pesaron sobre su cuerpo”

En Noviembre de 1811, Belgrano  escribe una carta a las autoridades del Triunvirato, en donde señala:

“ Ofrezco la mitad del sueldo que me corresponde, siéndome sensible no poder  hacer demostración mayor , pues mis facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquel, pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado, si es necesario, para salvar la justa causa que tanto honor sostiene V. E. “

En 1812 ante el asecho del ejército realista, Belgrano se dirige a  Rosario con la misión de crear dos baterías sobre el río Paraná: independencia y libertad. Allí enarbola por primera vez la bandera de su creación. 

Lejos de apoyar este acto de afirmación, las  autoridades del triunvirato lo desaprueban:

“Haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía”.

Ese mismo año el gobierno lo designa como jefe de Ejercito del Norte.  

Pese al desacuerdo de las autoridades de Buenos Aires el  25 de mayo de 1812  bendijo la bandera ante el pueblo de Jujuy, dirigiéndose al pueblo exclamó:

“Soldados de la patria, no olvidéis jamás que vuestra obra es de Dios; que Él nos ha concedido esta bandera, que nos manda que la sostengamos y que no hay una sola cosa que no nos empeñe a mantenerla con el honor y el decoro que le corresponde. Jurad conmigo ejecutarlo así, y en prueba de ello repetid: ¡Viva la patria!”

El panorama que encuentra Belgrano en el norte era desolador como señala Conti:

 “La militarización de la población campesina – ya sea por reclutamiento en el ejército o la incorporación a las milicias –provocaba el consecuente abandono de las tareas de campo, lo que contribuyó a intensificar la escasez de bienes de consumo; situación de insuficiencia que se incrementó con las exigencias de víveres por el ejército”.

El ejército recurrió  a las confiscaciones, con la promesa de un pago a futuro. 

Belgrano escribió que su ejército no estaba en condiciones de defender Jujuy con las pocas y mal armadas tropas que poseía.

Dirigiéndose al pueblo escribió:

“Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reunirnos al Ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres, trayéndonos las armas de chispa, blanca y municiones que tengáis o podáis adquirir, y dando parte a la Justicia de los que las tuvieron y permanecieren indiferentes a vista del riesgo que os amenaza de perder no sólo vuestros derechos, sino las propiedades que tenéis”

Y  añadía:

“serán tenidos por traidores a la patria todos los que a mi primera orden no estuvieran prontos a marchar y no lo efectúen con la mayor escrupulosidad, sean de la clase y condición que fuesen.
No espero que haya uno solo que me dé lugar para poner en ejecución las referidas penas, pues los verdaderos hijos de la patria me prometo que se empeñarán en ayudarme, como amantes de tan digna madre, y los desnaturalizados obedecerán ciegamente y ocultarán sus inicuas intensiones. Más, si así no fuese, sabed que se acabaron las consideraciones de cualquier especie que sean, y que nada será bastante para que deje de cumplir cuanto dejo dispuesto.”

El 23 de agosto el pueblo de Jujuy  emprende el éxodo hacia el sur,  con lo poco que tenía “marchando día y noche por la proximidad del enemigo lo requería” 

El 12 de septiembre escribió:

“ Son muy apuradas las circunstancias, y no hallo otro medio que esponerme á una nueva acción: los enemigos vienen siguéndonos. (…) 

(…) Es de necesidad aprovechar tan nobles sentimientos, que son obra del cielo, que tal vez empieza á protegernos para humillar la soberbia con que vienen los enemigos, con la esperanza de hacer tremolar sus banderas en esa capital. Nada dejaré por hacer. Nuestra situación es terrible, y veo que la patria exige de nosotros el último sacrificio para contener los desastres que la amenazan”

El  24   de septiembre de 1812 se produce la batalla de Tucumán entre el ejército del Norte y las fuerzas realistas, que resultará en una victoria para los patriotas.

Bernardo de Monteagudo escribirá  al respecto:

 “El grande y augusto deber que nos impone la memoria de las víctimas sacrificadas el 24 de septiembre, es declarar y sostener la Independencia de América… de no haberse producido ese triunfo, los realistas ya estarían en Córdoba, y los enemigos interiores acelerarían el momento de nuestra desolación. … Jurad la Independencia, sostenedla con vuestra sangre, enarbolad su pabellón, y estas serán las exequias más dignas de los mártires de Tucumán”.

Un tiempo después Belgrano decidió donar el dinero que le correspondía por aquella batalla:

“he creído propio de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de mi patria, destinar los expresados 40.000 pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras”.

En 1814 San Martín y Belgrano se encuentran en la posta de Yatasto, allí intercambian impresiones y pesares sobre el destino de América.  Don José escribirá un tiempo después:

“Belgrano: éste es el más metódico de los que conozco en nuestra América lleno de integridad, y talento natural: no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia pero créame usted que es lo mejor que tenemos en la América del Sur”.

El 9 de julio de 1816 reunidos en Tucumán, los representantes de las provincias unidas declaraban la independencia de España. 

1820  es un año significativo en nuestra historia: se inicia con una guerra fratricida, la batalla de Cepeda,  que refleja el desacuerdo  del interior con las políticas centralistas del Directorio, y por otro lado por  la pérdida  de Don Manuel que tanto pudo aportar a la causa patriótica.

Pero en estos momentos de zozobra que vivimos en el mundo,  esta breve reseña de nuestro gran prócer  quiere terminar con la reflexión que propone el título: si don Manuel no aflojó… 

Juan Granero

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