La medicina y la política social yendo de la mano

 

En recuerdo del doctor Ramón Carrillo.

El día 29 de mayo tuvo lugar un seminario sobre Ramón Carrillo, a cargo del profesor Facundo Álvarez (@facu_alvarez73) y organizado por la Juventud Universitaria Peronista a través de una teleconferencia virtual. Una de las cosas que me gustó fue que prácticamente no se mencionó el tema de la acusación descalificatoria e injustificada del que fuera objeto su figura por supuestas simpatías con el nazismo. Fue una exposición de su obra, casi que adhiriendo a aquélla sentencia bíblica, “por su fruto lo conoceréis”. Algunas cosas que se expusieron sirven de insumo a este artículo.

No había Ministerio de Salud antes de la asunción del peronismo, y cualquier similitud con la actualidad reciente no es pura coincidencia. A cargo de Ramón Carrillo, la cartera tuvo ese rango jerarquizado en el Estado.

Una obra monstruosa, impresionante la del ministro de Salud de aquél primer gobierno de Perón. Inauguró numerosos establecimientos sanitarios (más de doscientos treinta, toda enumeración es insuficiente) y durante su gestión se erradicó el paludismo, la sífilis y otras enfermedades venéreas. Descendieron también significativamente las personas afectadas por la tuberculosis y los índices de mortalidad. Como nunca, la política social y de salud fueron de la mano, un enfoque de una medicina social que no podía estar desvinculada del objetivo de mejorar el bienestar de la mayoría de la población. Decía el ministro que “los problemas de la Medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social”.

Elucubró el plan de un Hospital Nacional de Pediatría en el barrio de la Paternal de la Ciudad de Buenos Aires. La obra, una vez derrocado el peronismo, quedó abandonada deviniendo en el llamado Albergue Warnes. Personas pobres, familias enteras fueron tomando el establecimiento buscando un techo que la política social impotente y la injusticia social les negaba. La salud era abandonada y la fragante injusticia de la política económica provocaba un vertical aumento de la pobreza. El albergue fue demolido el 16 de marzo de 1991. Dentro de él, vivían en un estado de extrema pobreza casi 2500 personas. Las personas que ahí se hospedaban fueron reubicadas en el barrio bautizado Ramón Carillo, casi como una paradoja del destino. El Hospital Nacional de Pediatría proyectado devino en abandono. La obra paralizada, en edificio tomado. Los desalojados fueron a habitar un barrio que se inicia en la intersección de avenida Castañares y Mariano Acosta, donde campea la pobreza y son deficientes los elementales servicios de salubridad. Una ironía tremenda del destino, de un hospital a un barrio para pobres. La salud pública descuidada, al igual de los derechos sociales de las personas empujadas a la miseria. La política social y la salud fueron de la mano, pero en el sentido inverso, hacia la desprotección de vastos sectores de la población. 

La memoria traducida en nombres de calles y barrios de la ciudad de Buenos Aires es capciosa. Ramón Carillo es el nombre de un barrio y de una calle cercana a la estación Constitución, que corre a la vera de hospitales. Además de médico neurólogo y sanitarista, se permitió escribir un libro curiosamente útil en los tiempos actuales aunque no pueda hacerse historia contrafáctica. En este trabajo habló de la guerra psicológica, y algunas citas casi que pintan la actualidad de extremos cuidados contra el enemigo invisible del coronavirus. Dijo en aquel libro que “al iniciarse la guerra, simultáneamente se produce un verdadero desequilibrio psicológico en el hombre y por ende, en la colectividad… la guerra cambia toda la organización social”. El cimbronazo que causó el actual coronavirus es apuntado por numerosos analistas, constituyendo una interpelación brutal a las instituciones estatales y a la sociedad toda. Y la cuarentena que se extiende largamente, ocasionando múltiples impactos económicos, subjetivos y políticos. Y Carrillo hablaba también de una etapa inicial y de una fase crónica apuntando: “¿Qué efectos se producen en ese nuevo estado? El primero es la fatiga. La población cae en la indiferencia y en la falta de entusiasmo. La gente ya no siente preocupaciones. El “qué me importa”, el “qué-me-importismo” aparece nítidamente…” 

No son pocas personas las que plantean el malestar, la angustia que causa la cuarentena, desatendiendo en ocasiones las prescripciones sanitarias y algunos llamando incluso a su incumplimiento con irresponsabilidad, habida cuenta del crecimiento exponencial de la enfermedad en otros países que no la respetaron. El cansancio, la fatiga circula, el aplauso de las 21 hs de reconocimiento al personal de salud en la primera línea de fuego se escamotea o pierde su intensidad. Surge cierto individualismo celoso de los derechos interrumpidos por las indicaciones de los infectólogos y el respaldo político.

La cuarentena cansa, el cuerpo y la subjetividad se resienten, y más si sumamos al encierro problemas económicos evidentes. La desmoralización, el tedio y la falta de horizonte distinto de corto o mediano plazo es reforzada por la sensación (o la certeza) de que aún no habría pasado lo peor. Que la curva ascendente sigue insinuándose, y todavía no pasamos el otoño y llega el invierno.

“Pero, no obstante, la población en tal estado puede ser recuperada”, planteaba en su libro Ramón Carrillo. Y ojalá pueda recuperarse la intención de perseguir un objetivo común de pasar la peste lo mejor que se pueda

Tal vez una de las mayores enseñanzas de Carrillo es que la medicina debe ser una aliada de la política social. Cuidar la salud y la economía y las condiciones de vida de los más vulnerables también, sobre todo en el contexto de una pandemia que descubrió obscenamente la desigualdad cristalizada en la situación de las villas de emergencia privadas de los servicios básicos.

Ramón Carrillo se exilió en Estados Unidos para atender sus problemas de salud, y luego viajó a Brasil, donde murió en diciembre de 1956 en la absoluta pobreza. Cuentan que Manuel Belgrano le pagó con su reloj la última consulta al médico. Este hombre probablemente no, porque médico era él. 

Dejó como legado la medicina social, que nadie se preocupa de estudiar ni una carilla en las principales universidades argentinas. Mejores condiciones sociales, habitacionales y sanitarias de la población hubieran posibilitado una más óptima respuesta ante este presente preocupante. 

En el barrio que lleva su nombre, sobre la calle Mariano Acosta, entre Castañares y el pasaje A, sobre una vereda a la vera de las vías del Premetro, se erige una placa con una frase de Ramón Carrillo, que reza y galvaniza lo lejos que estamos de que se cumpla y lo inermes que están los sectores vulnerables de la sociedad frente a la pandemia: ‘Frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas.’ 

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

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