Flora Vronsky es Profesora y Licenciada en Letras. Tiene dos maestrías; una en Gestión Cultural por la Universidad Carlos III de Madrid y otra en Filosofía Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid. También es militante feminista y católica. La entrevistamos con el objetivo de analizar las distintas posturas que existen en la Iglesia Católica, las contradicciones que se presentan con su militancia feminista, los puntos en común y la relación entre la Iglesia y el peronismo.

La profundidad en sus respuestas nos obliga a una lectura atenta que llevará a replantearnos nuestras ideas preconcebidas de una temática que tiene tantos abordajes como prejuicios. 

-En muchos debates en redes o en distintos artículos periodísticos hay un concepto bastante frecuente: “Separación de la iglesia del estado” ¿Qué disparadores te genera?

Creo que si le hacés esa pregunta a cualquier persona que se considere creyente y que a la vez tenga consciencia del rol ineludible y necesario del estado en nuestras sociedades, la mayoría te responderíamos que esa separación no sólo es deseable sino también justa; la filiación religiosa a cualquier iglesia u organización de credo no puede bajo ningún concepto tener injerencia en los asuntos públicos. Esta premisa tiene un correlato directo en la calidad institucional y, por tanto, en el devenir de la democracia como tal, por lo que hay que abogar y sostener la lucha para lograr esa separación de manera efectiva a través de la legislación y las políticas públicas.

Ahora bien, estas reflexiones no pueden estar desligadas de nuestra realidad social; en nuestro país, las iglesias actualmente (no sólo la católica) cumplen una función en el entramado social que va desde la supervivencia (cubrir necesidades básicas como comida, salud, vivienda, lazos comunitarios) hasta la enorme franja de establecimientos educativos, desde el colegio parroquial para la clase media y trabajadora hasta las universidades más caras del país para las élites ricas. Este esquema genera una correlación de fuerzas en la que el estado tiene un déficit importante de gestión y participación, especialmente en los momentos en los que el poder político está en manos del neoliberalismo como aquel existenciario que busca constantemente la reducción de lo público. Un estado al que -siendo pragmáticos- no se le puede exigir que en un determinado lapso se haga cargo de una realidad que está mediada por los establecimientos y organizaciones de carácter religioso desde hace más de un siglo. ¿Esto supone tener que adherir a un statu quo inamovible? En absoluto. En realidad, actualiza la lucha y exige una revalorización y fortalecimiento del estado (como parte de un proyecto mucho más integral a largo plazo) frente al territorio cultural disputado cada día por los discursos más reaccionarios y ligados a las derechas propios de las cúpulas eclesiásticas de cualquier credo.

En este sentido, la potencia del movimiento feminista y la lucha por el aborto legal, seguro y gratuito como una cuestión de salud pública, ha logrado desvelar de manera más consciente el enorme conflicto que supone la injerencia de la fe en las configuraciones del arte de gobernar de cara a las demandas sociales y los derechos humanos básicos. 

– ¿Tenes contradicciones con tu fe católica y tu militancia feminista? 

Por supuesto, muchas. Las contradicciones me habitan e intento transitarlas incluso de una manera irrenunciable. Comprender y reflexionar sobre los conflictos que se desatan dentro de nuestras arquitecturas simbólicas, políticas y éticas se me hace imperioso y, al mismo tiempo, me conmueven en un sentido de estética vital; entiendo las contradicciones como un motor para el pensamiento, para la afectividad y, por tanto, para el compromiso. Si las dejamos operar, no podemos eludir las consecuencias de esas operatorias y eso nos posiciona frente a un espejo constante de autoindagación, de exploración de la propia subjetividad. Hay un núcleo de sentido que en mi caso anuda de manera fundamental el feminismo con la fe: el registro del otro; la consciencia de que ahí está sucediendo algo que no soy yo, que tiene sus complejidades (y también sus contradicciones), sus padecimientos, sus opresiones.

Emanuel Levinas decía que el amor es la adecuación insuficiente del otro en mí. Pues partiendo de lo real de esa insuficiencia puede construirse un espacio de encuentro en donde, incluso de manera paradójica, se genere una mayor libertad de existencia común. Las nociones de opresión, desamparo, abandono, dolor, justicia/injusticia, indiferencia, carencia de empatía (con todo el conflicto que esta palabra pueda implicar), etc. son sentidos arraigados profundamente en la historia y la tradición de la fe porque, más allá del marco discusivo que le demos, refieren a un sentido ético de la vida en el que se desea y se busca el mayor bien posible para todos. Pero el bien -en el sentido bíblico del término- no puede alcanzarse nunca sin su premisa primigenia que es la justicia.

Desde el feminismo y desde la fe, siempre me sentiré llamada a transitar ese camino de lucha colectiva, porque siempre somos el otro del otro en cualquier nosotros que podamos construir. Me gusta pensar que abordo la enorme, bella y conflictiva intersección entre feminismo y fe desde un escudo común que es fuente de potencia transformadora y que encuentro muy bien plasmado en los densos versículos de Mateo: ‘los envío como ovejas en medio de lobos; sean, por tanto, astutos como las serpientes e inocentes como las palomas’. 

“Hay un núcleo de sentido que en mi caso anuda de manera fundamental el feminismo con la fe: el registro del otro”

-Dentro de tu militancia feminista ¿se te cuestiona tu vínculo con la iglesia?

Durante muchos años sí he tenido que desarrollar una caja de herramientas múltiples que me permitiera no claudicar en mis creencias por los prejuicios, las agresiones y la violencia constante que se ejerce frente al creyente en determinados ámbitos de corte más bien intelectual-académico, sobre todo si se tiene en cuenta que provengo de disciplinas como las letras y la filosofía. Lo cierto es que los cuestionamientos no han desaparecido ni lo harán; he dejado en realidad de darles tanta entidad para gestionar de otra manera las afectaciones que me generan cuando no cuestionan en realidad nada de forma auténtica como para producir un debate interesante. Sí me interpela en algunas ocasiones hacer la distinción entre sentirse parte de la iglesia de base -en contraposición a la idea monolítica de iglesia como institución y maquinaria- y confrontar desde ahí con el peso político y cultural de las cúpulas históricas del poder eclesial; es decir, señalar una identidad de fe particularizada.

En este sentido, la militancia es no sólo un espacio de encuentro sino también un bálsamo para las cicatrices que te van quedando de los juicios ajenos. En la mayoría de los territorios en donde he militado, siempre me sentí respetada e incluso acompañada muchas veces en el camino de la fe, porque la contradicción conceptual a la que generalmente se reduce la relación iglesia/feminismo está mucho menos problematizada; en los espacios del feminismo popular muchas mujeres e identidades feminizadas son creyentes. Pero no por educación o transmisión cultural acrítica de un estatus determinado, si no porque la fe atraviesa sus vidas y la de sus seres queridos en un esquema de religiosidad popular que muchas veces tiene poco que ver con la institucionalidad de las iglesias o directamente la ignora. Hay y habrá siempre muchísimos cuestionamientos que hacerle a las iglesias y tenemos la obligación de hacerlos, pero creo que si la vivencia de la fe se entiende desde la perspectiva de la religiosidad popular numerosos prejuicios se atemperan y eso abre espacios de encuentro y entendimiento mucho más potentes, inclusivos y diseminadores.

 

“la militancia es no sólo un espacio de encuentro sino también un bálsamo para las cicatrices que te van quedando de los juicios ajenos”

 

-En muchas ocasiones tengo la sensación que se caracteriza a “la iglesia” como si fuera un “todo” sin disputas ideológicas y sin distintos sectores o se le da énfasis al discurso más conservador. Me gustaría saber cuál es tu experiencia desde adentro y como te llevas con ese discurso tan contrario a tu militancia feminista.

Estoy de acuerdo, sí. El énfasis sobre el discurso más conservador de la iglesia se explica sencillamente por la imposición de las narrativas dominantes; John William Cooke decía que en un país colonial, las oligarquías son las dueñas de los diccionarios. Lamentablemente, los procesos emancipatorios que han tenido lugar en nuestro país gracias al peronismo, al kirchnerismo y a todos los movimientos y organizaciones del campo nacional y popular y de las izquierdas, arrastran todavía ciertas fragilidades que no terminan de robustecerse porque vivimos en un mundo girado de manera dramática a la derecha y, con ella, hacia lo más rancio de una institución-iglesia adicta al poder, defensora de sus privilegios de clase y cómplice de las crueldades más oscuras de nuestra historia. Dicho esto, creo que hay algo de pereza y comodidad intelectual en esa visión monolítica de la iglesia como un todo, puesto que ignorar sus conflictos internos (por los que, por otro lado, muchos compañeros han dado la vida), sus disputas y sus fisuras permite no tener que pensar seriamente en la función cultural, social y política que cumplen las organizaciones religiosas. Si todos los creyentes somos un grupo de irracionales, conservadores, ignorante y fachos entonces se hace más fácil lidiar con una imagen de enemigo sin complejidad alguna y, en el mismo acto, autoafirmarse en un tutelaje iluminado sobre las experiencias vitales de los otros en una posición de ajenidad que denota, por cierto, una alarmante ignorancia. En este punto, además, se da un fenómeno notable; la mayoría de las feministas conoce la organización Católicas por el derecho a decidir; muchas están incluso familiarizadas con el avance interesantísimo de las teólogas feministas dentro de la iglesia, el activismo por la ordenación de mujeres, los colectivos lgbtq que disputan su lugar como creyentes o con los movimientos de religiosas antipatriarcales que participan de todas las huelgas del 8M a nivel global, por ejemplo. En cambio, es más difícil encontrar gente en los ámbitos académicos e intelectuales que sepa algo acerca de la Teología de la Liberación, del MSTM (Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo), de las enormes consecuencias culturales y políticas que tuvo el Concilio Vaticano II, de cómo este quiebre de paradigma dentro de la iglesia dio como resultado a los curas villeros, la Liga Agraria, el fortalecimiento del sindicalismo obrero, parte de la Juventud Peronista y el compromiso revolucionario de la iglesia de base que configuró sin duda alguna buena parte de nuestra historia; cruzarse a alguien que conozca la historia de los asesinatos del Padre Mugica o del Obispo Agelelli es todavía hoy un hallazgo. Chicanas aparte, estoy convencida de que romper con esa visión reduccionista y monolítica de la la iglesia como institución histórica es en buena parte tarea y responsabilidad de los que de alguna manera estamos adentro de ella. Lo demás es deseo de que haya una honestidad intelectual más profunda y una comprensión más acabada de los procesos disidentes y disruptivos que se dieron y se están dando con gran potencia dentro de las instituciones tradicionales, en honor también a quienes con muchísimo esfuerzo, tenacidad, convicción y compromiso los han llevado y los llevan adelante.

 

“El énfasis sobre el discurso más conservador de la iglesia se explica sencillamente por la imposición de las narrativas dominantes; John William Cooke decía que en un país colonial, las oligarquías son las dueñas de los diccionarios”

“Si todos los creyentes somos un grupo de irracionales, conservadores, ignorantes y fachos entonces se hace más fácil lidiar con una imagen de enemigo sin complejidad alguna”

 

Si tuvieras que explicar la diferencia entre una militancia católica de base y sus diferencias con sus autoridades eclesiásticas ¿Cómo lo harías?

-Esta es una cuestión muy interesante porque nos lleva directamente al concepto de autoridad, una de las piedras fundantes de la iglesia como institución. Como tantas otras nociones, la autoridad -junto con la jerarquía- ha sido a lo largo de la historia fuente de enormes conflictos que están llevando a numerosas revisiones. Desde el dogma de la infalibilidad del papa (muy reciente si consideramos los dos mil años) hasta la función de las mujeres, los diáconos y los laicos dentro de la iglesia. En este sentido, hay que entender que en general el vínculo entre la base y la jerarquía es tenso porque la mayoría de las diócesis perpetúa mecanismos de organización del poder profundamente conservadores. La explosión pública de los casos de pedofilia y sus encubrimientos, por ejemplo, ha contribuido a hacer más transparentes ciertas formas tradicionales y en muchos casos a desmalezar el funcionamiento turbio del poder. Sin embargo, desde de la asunción de Francisco, se han puesto más en evidencia aquellas cosas que separan las bases (quienes se han sentido identificadas con los lineamientos de austeridad, religación con el evangelio y enfrentamiento con los sistemas de opresión propuestos por Francisco) de las jerarquías (quienes en gran parte siguen en pie de guerra con Roma para sostener sus privilegios no sólo eclesiásticos sino también económicos, por ejemplo). En nuestro país, históricamente, las bases se han encuadrado mucho más políticamente en un sentido de militancia que va mucho más allá de las tradicionales misiones u obras de caridad; las bases de la iglesia argentina se han reapropiado de nociones como solidaridad, comunidad, organización social, resistencia, lo que es consecuencia directa de las enseñanzas y ejemplos de vida de los curas y laicos militantes políticos desde los años 60 hasta hoy. Y esto es muy notable porque las organizaciones de base no rompen de cuajo con la autoridad si no que la cuestionan, la tuercen, la disrumpen desde adentro de la propia iglesia constantemente, generando una economía de acción prácticamente única en el mundo creyente. Las bases se nutren ideológicamente de las tradiciones de corte más peronistas, de izquierda y progresistas que entran en conflicto con el poder de una manera ya naturalizada, provocando fuertes presiones sobre el dogma, el magisterio de la iglesia y las líneas que bajan de la jerarquía. En la mayoría de las parroquias de base no existe un conflicto radical con los divorcios, el colectivo lgtbq, las diversas manifestaciones de la religiosidad popular; incluso se debate el aborto aún con todas las rispideces que genera. De hecho, hay encuestas y estudios que demuestran esta realidad porque, como decía el Padre Mugica, seguimos bajando de la cruz a los crucificados de la historia. El problema sigue siendo que los discursos sobre estos temas permanecen cooptados por las jerarquías conservadoras y disputar esos sentidos sigue siendo una de las mayores luchas de la iglesia de base.

 

En la mayoría de las parroquias de base no existe un conflicto radical con los divorcios, el colectivo lgtbq, las diversas manifestaciones de la religiosidad popular; incluso se debate el aborto aún con todas las rispideces que genera”

 

¿Por qué crees que dentro de los sectores más humildes la iglesia tiene una cierta relevancia?

-Las respuestas a esta pregunta son diversas, multifocales y complejas porque están relacionadas con el devenir de procesos socioculturales y políticos históricos. Por ensayar algún tipo de abordaje, diría que en general esto sucede por razones mucho más enraizadas en lo social que en la fe per se. La importancia de los lazos comunitarios que atraviesa los sentidos más profundos de la religiosidad especialmente católica es definitorio; la iglesia -como una forma de organización social- disemina e incentiva la noción de comunidad y de existencia colectiva desde uno de sus núcleos de sentido más nodales que es la relación, el vínculo y el amor por el prójimo. Esto se verifica en modalidades muy diferentes, por ejemplo, en las clases trabajadoras y en las clases altas que es en donde lo religioso se expresa de manera más evidente. En los sectores más humildes no se concibe profesar la fe por fuera de una comunidad en la que se participe, a la que se contribuya, con la que se genere un compromiso mutuo y se creen redes vivenciales. En los sectores más poderosos la religión está generalmente configurada como una marca de clase y estatus social, dentro de un esquema que reproduce no sólo seres humanos sino también privilegios y agendas de poder. En este caso, el vínculo con lo comunitario se da para asegurar la perpetuación de este esquema, mucho más asociado a esferas educativas como los colegios y las universidades privadas, las fundaciones, los círculos sociales, etc. Creo que a estas alturas seguir dándole vueltas a ciertos argumentos del estilo la gente más humilde necesita algo en qué creer, no es ilustrada y por tanto es irracional, tiene menos autonomía y demás es no sólo infructuoso sino también falaz, puesto que en todos los sectores que componen el entramado social se desarrollan prácticas, hábitos, arquitecturas simbólicas de ideas e incluso modas que son vehículo de expresión de diversas creencias aunque nada tengan que ver con la fe en un sentido religioso.

 

“creo que hay algo de pereza y comodidad intelectual en esa visión monolítica de la iglesia como un todo”

 

– ¿Se puede trazar algún factor común entre La iglesia y el peronismo?

Se puede trazar no sólo un factor común sino también un vínculo constitutivo. La doctrina social de la iglesia -entendida en estos términos a partir de la encíclica Rerum Novarum del año 1891 escrita por el papa León XIII- establece ciertos lineamientos sobre la organización social que problematizan las relaciones de poder entre trabajadores y patrones, por ejemplo, los alcances de la propiedad privada, la función del estado, la importancia de la organización obrera, entre otras cuestiones. Perón encontró en la DSI (desde el inicio de su carrera política) una fuente de inspiración ética que le dio herramientas filosóficas para ir delineando posteriormente los fundamentos de lo que se conoce como la ‘tercera vía’, es decir, el horizonte de posibilidad de una alternativa política entre el capitalismo y el comunismo dentro, claro está, del zeitgeist del siglo XX. En este sentido, tanto el nacimiento del movimiento como la materialización del partido justicialista están atravesados por las reflexiones, las lecturas y la noción de un mundo posible en un diálogo constante con la DSI expresado ya en los textos doctrinarios seminales del peronismo. Si se ignora esta relación fundante, será difícil entender cabalmente el surgimiento de la Juventud Peronista, de organizaciones como Montoneros, la Liga Agraria e incluso el ala revolucionaria de Acción Católica, por ejemplo. El devenir del peronismo a partir de la nefasta Libertadora del ‘55, sus plasticidades, ramificaciones y derroteros hasta hoy están anudados directamente con las diferentes modulaciones políticas y culturales de la doctrina social de la iglesia, por lo que es ineludible en una genealogía sólida del movimiento político más importante de la historia argentina.

“las organizaciones de base no rompen de cuajo con la autoridad si no que la cuestionan, la tuercen, la disrumpen desde adentro de la propia iglesia”

Hace días tuvimos un nuevo aniversario del nacimiento de Eva Perón, qué reflexiones te genera su figura respecto al Feminismo. 

-La figura de Eva tiene tal densidad de sentido que rebasa incluso los sesudos debates que intentar dilucidar si fue o no fue feminista. Creo que ahí tenemos un problema con la premisa; el feminismo de los años 40 dista bastante, al menos conceptualmente, de las configuraciones del feminismo tal como lo entendemos hoy. Uno de los argumentos más usuales para desmarcar a Eva del movimiento feminista de su tiempo es el famoso enfrentamiento que hizo público con respecto a figuras femeninas como Victoria Ocampo, por ejemplo. Ahí es necesario entender que ya en ese momento se manifestaba una visión del feminismo de corte autonomista individual, es decir, liberal. Y que esa visión era la que de alguna manera tenía un correlato monopolizador en la expresión pública de un establishment al que pertenecían figuras como Victoria Ocampo. Es ante eso, precisamente, que Eva reacciona y se declara no feminista, para contraponer su militancia y su visión de la mujer al discurso dominante de las elites. Si partimos de esta base, no podemos ignorar el hecho de que ser feminista deviene históricamente como cualquier noción identitaria; evoluciona, muta y se reconfigura constantemente, amén de que hoy declararse feminista nos parece algo que va de suyo en cualquier esquema ético y político que esté atravesado por la noción de justicia social. El ‘feminismo’ de Eva está plagado de conflictos, desde la errónea atribución exclusiva que se le hace del logro del voto femenino hasta su devoción incondicional a la figura de Perón en un registro casi sacralizado; conflictos que son ineludibles pero que -de nuevo- no pueden leerse descontextualizados o desligados de la economía cultural y simbólica propia de los años en los que Eva tuvo una vida pública dolorosamente breve, por otro lado. ‘Ha llegado la hora de la mujer que comparte una causa pública y ha muerto la hora de la mujer como valor inerte y numérico dentro de la sociedad. Ha llegado la hora de la mujer que piensa, juzga, rechaza o acepta y ha muerto la hora de la mujer que asiste, atada e impotente, a la caprichosa elaboración política de los destinos de su país, que es, en definitiva, el destino de su hogar. Ha llegado la hora de la mujer argentina, íntegramente mujer en el goce paralelo de deberes y derechos comunes a todo ser humano que trabaja, y ha muerto la hora de la mujer compañera ocasional y colaboradora ínfima. Ha llegado, en síntesis, la hora de la mujer argentina redimida del tutelaje social, y ha muerto la hora de la mujer relegada a la más precaria tangencia con el verdadero mundo dinámico de la vida moderna’. Este es un fragmento del discurso de Eva del 12 de marzo de 1947 en apoyo a las propuestas y proyectos que habrían de cristalizar posteriormente en la Ley 13.010; ley que establece la igualdad de derechos políticos entre hombres y mujeres a la que se añade, en el artículo 37, la igualdad jurídica de los cónyuges y la patria potestad. Dicha ley, junto con la Constitución del año ‘49, son derogadas luego del derrocamiento del ‘55 y habría que esperar hasta el año 1985 para recuperar esos derechos básicos. Es decir, el impacto de la acción política y militante de Eva con respecto al lugar de la mujer en el mundo no se reduce en absoluto a haber fundado la rama femenina del partido justicialista (hecho, desde ya, histórico) si no que disemina su potencia transformadora hasta hoy para seguir nutriendo como un fuego eterno el poder popular del movimiento feminista argentino.

– ¿Cómo crees que afectó la presencia del Papa Francisco en la iglesia católica y qué mirada tenes de su discurso?

-Francisco es, sin duda alguna, un punto de inflexión histórico para la iglesia católica. El primer papa latinoamericano, ‘traído desde el fin del mundo’, jesuita y posicionado desde el minuto uno de su papado en una propuesta clara y disruptiva, contenida ya en el nombre que elige para reponer en el mundo actual un franciscanismo caído en el olvido de la historia. En esta línea, sus gestos de austeridad, de cercanía, su rechazo a ciertos privilegios y -sobre todo- el enfrentamiento con sus enemigos dentro de la curia romana dan cuenta de un sentido del papado que viene a reconfigurarse, para muchísimos católicos del mundo, como una bocanada de aire freso y una esperanza renovada en la lucha por incardinar a la iglesia en el mundo contemporáneo. Se dice que hay que mirar la potencia histórica de una figura a partir de aquello con lo que confronta. Y creo que esto aplica de manera precisa al papado de Francisco; las internas en el Vaticano son brutales y el ataque coordinado e incansable de los estamentos ultraconservadores del mundo católico a su accionar escalan en violencia. Esto es un síntoma al que siempre hay que prestarle atención para poder entender los subtextos de muchas de las intervenciones públicas de Francisco que, por otro lado, han ido evolucionando a lo largo de su papado (el tratamiento de cuestiones como la comunión para los divorciados, el llamado a la inclusión de personas lgtbq en las comunidades parroquiales, la ordenación de laicos casados, la reivindicación de figuras como María Magdalena, el papel de la mujer en la iglesia, entre otras). Es notable, en este sentido, observar cómo en pleno estado de pandemia mundial, la palabra del papa ha cobrado una relevancia que opera sobre un resto de sentido que va más allá de la doctrina y sus polémicas; una palabra que apela a una noción colectiva de humanidad, tanto en su sentido de consuelo y acompañamiento como en su sentido de resistencia y afianzamiento de los lazos comunitarios y empáticos para con el otro, en contraposición a los discursos de los poderosos, de la codicia del capitalismo salvaje, de una manera predatoria de estar en la existencia y de una pedagogía de la crueldad que se extiende en los neocolonialismos y sistemas opresores del mundo. Podríamos decir, en efecto, que en Francisco presenciamos una reactualización más que interesante de la doctrina social de la iglesia de la que hablábamos antes. Ahora bien, aunque es innegable que dentro de la tradición eclesiástica su papado es de corte reformista, no significa en absoluto que estemos en los albores de una revolución. La iglesia sigue siendo la iglesia y, como se dice, sus tiempos no son de este mundo (aunque no cejemos en la lucha para que lo sean). Yo puedo convivir con una iglesia de la cual no se puede esperar que esté a favor del aborto, por ejemplo, de la misma manera en la que tengo que convivir con gente que piensa que la mujer sólo se realiza siendo madre, que está bien que cobremos un 30% menos de salario por hacer el mismo trabajo que los hombres, que el que es pobre es porque quiere y que la obscena riqueza de los poderosos derrama mágicamente sobre el padecimiento de los de abajo. Abrazar estas contradicciones significa poder organizarse afectivamente para operar sobre ellas. En este sentido, la relevancia que Francisco le otorga a la palabra del evangelio para exigir que tenga un correlato político y social en el mundo, contiene en sí el germen de las resistencias. Creo que ese es un prisma bastante adecuado para analizar su figura y las consecuencias de su papado.

“Soren Kierkegaard decía que la fe es la capacidad de soportar la duda. Es una aseveración que, al menos en mi caso, expresa con gran precisión la manera en la que la fe atraviesa mi subjetividad”

 

¿Cómo descubriste qué tenías Fe en dios? ¿En algún momento tuviste dudas?

Soren Kierkegaard decía que la fe es la capacidad de soportar la duda. Es una aseveración que, al menos en mi caso, expresa con gran precisión la manera en la que la fe atraviesa mi subjetividad. Sin entrar en cuestiones de índole teológica, entiendo y siento la fe como un regalo; una suerte de marco existencial que, en una operación casi paradójica, nutre mucho más mis dudas que mis certezas. La experiencia de la fe -como toda creencia- es absolutamente subjetiva, íntima y profunda por eso, para mí, es inescindible de mi manera de habitar el mundo. Mis potencias, mis vocaciones, mis compromisos y mis goces se manifiestan en un anudamiento constante con mi experiencia de la fe; lo que me conmueve, lo que me subleva, lo que me da valor y lo que me insubordina (en palabras de Dora Barrancos) está atravesado por mis creencias porque está originariamente atravesado por mis convicciones. Como todo elemento identitario, la fe también evoluciona y deviene a lo largo de la historia personal. Llegué a ella de grande, habiendo recibido una educación laica y habiendo sido socializada en un esquema ajeno a cualquier mandato religioso; en ese sentido, para mí fue un proceso inverso a la clásica transmisión cultural intergeneracional, aunque en mi casa siempre gravitó el interés por cuestiones como las religiones comparadas, los arquetipos, los mitos, la filosofía, la literatura. Estudié Letras en la UCA inicialmente porque los horarios de Puán no me permitían trabajar, cosa que tenía que hacer sí o sí para poder estudiar y viajar todos los días del oeste del conurbano a la capital federal, y me aferré a la ilusión de dedicarme a las letras clásicas que en el programa de la UCA eran cinco materias anuales de griego y de latín. Ahí me encontré con la teología como una disciplina que me atraía profundamente, cruzada con el estudio de las escrituras desde un enfoque literario y estético que me permitió configurar un acercamiento a la fe mediado por una visión atravesada por el lenguaje como prisma ante uno de los grandes relatos de la cultural occidental. Tiempo después estudié gestión cultural y filosofía contemporánea en la Universidad Complutense, en España, y toda esta experiencia intelectual y afectiva fue decantando en el acontecimiento irruptivo de la fe, cuyas difíciles y bellas sinuosidades habito hasta hoy. 

Juan José Romero

3 comentarios en “Entrevista a Flora Vronsky

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