Tal vez una nueva era

Parecemos transitando una historia ni siquiera imaginada por Isaac Asimov, Ray Bradbury o Julio Verne. No hizo falta llegar a Marte para sorprendernos con lo desconocido. Y es todo lo contrario a ensayar una vuelta al mundo en 80 días. ¿Cuarentena de cuántos días? ¿Quién sabe ya de cuánto tiempo? Durará lo que tenga que durar, dijo el Presidente Alberto Fernández.

Los relatos de ciencia ficción necesitaban el afuera, lo desconocido, la imaginación buscando trascender la realidad de lo material, de lo táctil, lo cognoscible que teníamos a mano. Pero casi nadie habrá escrito la historia de quedarse en casa. 

¿Qué estás haciendo, mirando el techo?, suele ser el comentario despectivo cotidiano hacia las personas poco propensas a deambular, transitar, emprender. Que el capitalismo se hizo recorriendo el mundo, conquistando América, sojuzgando a los “buenos salvajes” que había imaginado Rousseau. Quedarse en casa emula casi a un volver a la Edad Media, donde todo quedaba más cerca. El campo, el señor, los siervos de la gleba, el ganado, la artesanía. Los negocios de proximidad, diríamos ahora. Del pueblo a casa y de casa al pueblo. Quedate en casa, o por lo menos en el barrio como se dice en la provincia de Buenos Aires, donde la cuarentena se pone más peliaguda para los que menos tienen. Mercado local, el artesano, los nobles, el rey, el señor. Y la Iglesia. A la globalización y el capitalismo desencarnado se le cayó el maquillaje dijo el Papa Francisco un mes atrás en una Roma desierta, conmovida, devastada por la enfermedad.

Lo que no pudo la Inquisición con sus feroces métodos ¿lo puede hoy un bichito? ¿Hacer retroceder a la Humanidad casi 500 años? Un microorganismo que ni con microscopio casi podés ver, un ser irracional que vino a poner en jaque a la Razón, con mayúsculas. A la globalización, a la ciencia, que casi que termina apelando a las cuarentenas del Medioevo. A la Ilustración, a los derechos sociales que vino a entronizar la revolución francesa: la libertad, la igualdad, la fraternidad. Libertad de quedarte en casa a resguardarte o a morir si ya no hay donde internarse. La igualdad, que la peste toma a pobres, a ricos, pero se ensaña con los viejos y los más vulnerables por el hacinamiento que cristaliza la deuda social a la que nadie había prestado demasiada atención. La fraternidad del miedo común a perder la vida y buscar el resguardo en el Estado Moderno, que se impone a la Globalización. Casi que volver a la Edad Media, a la antiglobalización para retornar a lo local, al Estado, lo que nos queda cerca. Y la economía que tambalea. La amenaza se cierne casi como una sentencia que se insinúa: los que sobrevivan, serán más pobres. 

La burguesía, esa clase emprendedora que dominó el mundo, se aburguesa, se apolilla en cuarentena. Una maquinaria que producía riqueza e injusticia social en el mismo movimiento, se queda de repente quieta, funcionando a media potencia. Y ¿qué seguridad dejó? ¿De dónde agarrarse ahora? ¿Y qué hacer, si todo funciona en ese engranaje sistémico, donde todo se relaciona con todo: las compras, las ventas, la producción, la ganancia, la plusvalía, el salario? ¿Cómo independizar al trabajador del capital, si fue primeramente desposeído de todo? ¿Cuál es el valor de una fuerza de trabajo encerrada en la casa y el de un comercio con las puertas cerradas? 

Se quedó sin energía eléctrica la maquinaria capitalista, que funciona a duras penas con el grupo electrógeno de la virtualidad del home-office. Se recuperó la capa de ozono, y se demoró por un tiempo el progresivo calentamiento global. Se enfrió, tal vez demasiado, el mundo. El futuro sólo depara interrogantes. Porque la sensación (que en el transcurso del tiempo se impone como una certeza) es que el día después de la pandemia no será igual al momento cero en que el coronavirus se inició en Wuhan. Olvídense de la normalidad, dijo Axel Kicillof a las cámaras y causó revuelo. Subleva, indigna no poder volver a cierta estabilidad, previsión, seguridad. Las certezas naufragaron y para colmo pareciera que empezamos a transitar la espiral ascendente de la multiplicación de contagios en Argentina. La sensación es que el coronavirus no abrió un paréntesis que se cerrará el día en que se dome la bendita curva, o el mundo entero vuelva a quitarse el barbijo para salir de la casa. No parece un paréntesis, sino un punto y aparte. Un cambio de hoja, un nuevo capítulo. Tal vez una nueva era, que no sabemos ni siquiera de qué estará hecha.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

 

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