Si decimos que la televisión es una basura no estaríamos descubriendo nada nuevo. Salvo algunas excepciones, en la historia del aire hemos visto un cumulo de tristezas grasientas que elevan el colesterol cerebral tapando las arterias del pensamiento. Ficciones barretas en donde un pobre y un rico se enamoran, pero no pueden consumar porque siempre hay un personaje oculto escuchando tras la puerta alguna conversación clave. Un periodismo googleador cuyo recorrido en la investigación tiene la distancia que puede abarcar el cable del mouse y programas de debate sobre la realidad con un panel de intelectuales de los gritos.

Sin ir más lejos, con solo nombrar a las tres figuras femeninas mas reconocidas de la argentina, las divas, nos damos cuenta del nivel que tiene nuestro cubo mágico: Mirtha Legrand, haciendo el mismo programa durante 50 años, un almuerzo con invitados, la alquimia de la creatividad. Susana Giménez, la eterna vuelta esplendorosa que queda en la nada dos programas después y Moria Casan, una persona que se cree superior por poder hilvanar una frase pero que ha visto crecer su fama a través del teatro de revista. Si, teatro de revista. Dejaremos el análisis de dicho genero paupérrimo que carece de cualquier tipo de talento para otra ocasión.

Todo esto se encuentra normalizado. Estamos acostumbrados a que los productores y toda la tele en general abaraten costos y escondan su falta de talento bajo el falaz argumento de lo popular. En realidad, insultan a las clases populares con sus contenidos. La gente no los ve porque es lo que eligen sino porque es lo único que les ofrecen. El canal encuentro fue una ruptura y tuvo audiencias masivas, en su mayoría de las clases populares. Pero no, nuestros popes de la tele sostienen la brutalidad más abyecta y continúan con su lógica.

Hasta ahí, por mas que nos pese, la normalidad. Pero en tiempos de pandemia la cosa se reconfigura. El virus ilumina no solo la falta de talento sino también la miseria del aire. El sábado a la noche se veía a muchos famosos sentados en una mesa comiendo sin ninguna protección y a menos de un metro de distancia. Ninguno era esencial ni transmitía un conocimiento infectologico. Los productores invitan y los invitados asisten. Son parte de lo mismo. Una bolsa que junta idiotas y miserables. Ver el domingo el programa del imbécil de Marley revolcándose por el piso con su invitada fue desolador. Y digo imbécil porque así construyo la carrera, siendo un imbécil. No creo que lo sea, mas bien es un endemoniado sanguinario que haría cualquier cosa por fama y dinero. Incluso reírse de un país entero que sufre por no poder reunirse con familiares. Incluso burlarse de los más de trescientos muertos y de sus seres queridos que no pudieron acudir a la despedida por el virus.

Nuestra televisión siempre fue un nido de ratas, se trate del genero que se trate. Pero hoy esas ratas están mas hambrientas que nunca y se comen a los muertos. La solución esta en el control remoto. Como aquel capitulo de los simpsons en donde se mata a las publicidades al no prestarles atención. Deberíamos apagar la tele para contribuir a que estos irresponsables dejen de poner en riesgo la vida de toda la población.

Ignacio Calza

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