“Quedate tranquilo, guachito, te vas a morir”, me dicen una y otra vez los yutas, casi tarareando, como si fuera una canción de cuna, y me miran sin saber qué hacer, me miran casi a punto de reírse sin querer, sin darse cuenta de que el charco de sangre que me sale por la espalda les moja las botas.
Dicen que cuando uno se va a morir, la vida le pasa frente a los ojos, pero yo no puedo recordar nada ahora. Tengo demasiado miedo. Solo me viene a la cabeza la imagen de un sobre de dvd trucho de los looney tunes, vacío, y escucho la musiquita inconfundible y al chancho diciendo que eso es todo, amigos.
“Esto es todo, amigos”, murmuro, y los canas se ríen un poco, por compromiso, como si yo en mis últimas palabras hubiese querido hacerlos reír.
Esto es todo, amigos. Quisiera decir otra cosa antes de morir. Algo más significativo. Quisiera tener otro recuerdo en la cabeza bajando las persianas de mi vida, en vez de un puto sobre vacío de los looney tunes. Quisiera acordarme de la cara de mi mamá, por ejemplo, en alguna de las veces en las que me dijo distraídamente que me quería. Pero no, solo una imagen sin contexto.
Lo único que siento es frío, mucho frío, a pesar de que corrí como ocho cuadras y me trepé a un alambrado para escaparme del patrullero. Solo frío, a pesar de que me dieron como tres tiros en la espalda y uno en la gamba.
“No hubieras corrido, boludito, te tuvimos que tirar” me dice uno de ellos, mientras se limpia la sangre de las botas en el pasto, como si hubiera pisado caca. Yo no los puedo ver. Lo único que veo es el sobre con el túnel rojo de los looney tunes. La voz grave y monótona del cana se va alejando. Los párpados me pesan. Quiero dormir.
Entonces escucho la voz de mi vieja, que viene desde la otra punta de mi vida y me grita que guarde el dvd en el sobre, que ya vi treinta veces ese dibujito y que me tengo que ir a la escuela. Todo se ilumina. Guardo la película y la meto en mi cajita de películas truchas. La cortina azul de mi pieza se infla y aparece mi mamá, me toma de la mano y salimos juntos. “Eso es todo, amigos”, canturreo, mientras me cuido de no pisar las rayas de la vereda…

 

Juan Zirpolo

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