El contexto en el que nos encontramos inmersos me lleva a reflexionar, más allá de las cuestiones de salud producidas por el covid-19, en las implicancias y los posibles cambios a mediano y largo plazo  en materia laboral, de producción y de inversión del capital.

Parecería  que se llevara a cabo un testeo a nivel mundial de cómo funciona el sistema eléctrico y de internet de los usuarios/trabajadores. Esto permitiría a las empresas ver el potencial y dimensionar las utilidades de las mismas, del ahorro en perjuicio del trabajador que en un futuro perderá su espacio libre, de ocio y pasará a cumplir el rol de trabajador-siervo retrocediendo y cediendo 150 años de derechos laborales.

Una situación que supone ser problemática para las empresas, puede ser aprovechada por éstas, para bajar costos con una inversión en sistemas que debió haberse realizado paulatinamente con el correr de los años, pero que hoy puede surgir, disfrazado de la inmediatez de resolver el problema laboral y de producción, en beneficio de las empresas ya que esto lleva a reducir el costo que implica tener a un empleado en planta u oficina.

La cuestión es simple: con cada trabajador se ahorrarían el costo del uso de los sanitarios (papel higiénico, toallas, jabón, etc.) comedores, gastos de luz, agua, uniformes, papel para imprimir, tinta, y sigue la lista. Esto con el correr del tiempo dependerá del propio trabajador.

La pérdida de los puestos de trabajo del personal de limpieza o mensajeros, por dar dos ejemplos, cuyas labores serían innecesarias en detrimento del aumento de horas de labor de los antiguos trabajadores de ocho horas  de oficinas.

Los sindicatos quedarían obsoletos, tal cual los conocemos ahora, y obligarían al planteo de nuevas estrategias para no perder los derechos  logrados en los actuales convenios colectivos los  que serían llevados a reconvertir beneficios en pos de evitar su desaparición.

El propio trabajador acarreará con el gasto de aquello que anteriormente era parte del costo empresarial, gastos tales como la luz, internet y el coste que implica estar continuamente en su casa. A esto se le suma el hecho de que no habría un verdadero corte entre el trabajo, la vida privada del individuo y el ocio que este requiere para sentirse realizado como ser humano.

El liberalismo se reconvierte nuevamente como lo ha hecho a lo largo del siglo XX. Ejemplo de ello es lo que sucedió con el re ordenamiento del capitalismo y la búsqueda de una salida activa reorientando el capital hacia las finanzas, para así salir de la relación con el trabajo o sea la deslaborización de la acumulación que a fines de la década del ’60 encontraba al reparto del capital en una relación de 50/50 o 45/55 en favor de los trabajadores, lo que representaba un poder de negociación inmenso en manos de los trabajadores.

Rompiendo así el re ordenamiento del capitalismo que sucedía a través de una lucha de clase del tipo dialéctica. Los propietarios de los medios de producción cambiaron las reglas del juego y dieron nacimiento al neo liberalismo brutal que en la actualidad conocemos.  Irónicamente los grandes pensadores del progresismo no supieron entender ese momento de cambio y continuaron con viejas fórmulas.

Este momento es similar a aquel, es un punto de inflexión en el que debemos no solo como trabajadores sino como sociedad estar en alerta. El testeo a nivel mundial, tal vez realizado o financiado por grandes acumuladores de capital mundial, debe prepararnos para este futuro incierto que se vislumbra en el horizonte.

Martín Ortiz

 

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