En estos días pasamos de la tranquilidad al miedo, del descreimiento al aislamiento, de la calle al encierro, de los abrazos al alcohol en gel y el jabón, de la reunión familiar a la lavandina. Todo pasó tan rápido y parece que fue hace muchísimo tiempo.

Desde ese jueves por la noche en que Alberto Fernández anunció el decreto del aislamiento social pasaron muchas cosas. Aprendimos a vernos con nuestros amigos y nuestras familias a través de una computadora o de un celular. Aprendimos a hacer malabares frente a los pedidos de nuestros hijos para ir a la plaza o a visitar a sus amigos o primos. Aprendimos a chocar codos, en lugar de darnos besos y abrazos.

En algún momento, ojalá más temprano que tarde, vamos a tener que volver a acortar las distancias, a desaprender todos eso y a aprender de nuevo a abrazar, a besar, a no tenerle miedo a la cercanía de la gente, a salir a las plazas, a los bares, a las manifestaciones, a las casas de nuestra gente querida.

Hay que prepararse para que cuando esto se termine, y citando una frase que se usó mucho durante la última campaña presidencial, volver mejores.

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Cada uno lleva la cuarentena lo mejor que puede. En algunos despierta sentimientos positivos, buenas intenciones. En otros, despierta lo peor. Algunas parejas recién ahora empiezan a conocerse de verdad. Otras confirman lo bien que funcionan y otras todo lo contrario. Algunos intentan aislarse de las noticias y otros siguen lo que sucede en el mundo minuto a minuto. Algunos viven de manera tan precaria, que apenas si pueden cumplir el aislamiento.

Hay quienes se entretienen intentando imaginar cómo quedará el planeta después del paso de esta pandemia. Hasta qué punto va a cambiar el orden mundial actual, cuál va a ser el impacto económico, cuál la reacción de la sociedad, hasta qué punto la globalización tal y como la conocíamos hasta hoy seguirá siendo viable, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta qué pasará de ahora en adelante, porque esto que sucede es algo totalmente nuevo. Pero mientas algunos esperan que todo vuelva a la normalidad pronto, algunos creemos que la normalidad que conocíamos ya no será viable.

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La normalidad que vivíamos probablemente haya sido el problema y todos sabemos que si las causas de los problemas no se atacan con intención de que no vuelvan a repetirse, efectivamente se repiten. Porque no solamente deseamos salir de este gran problema, sino que sería importante que no vuelva a pasar. Parece poco probable, pero es más que necesario.

No solo sería interesante atacar el problema que originó esta serie de virus que nos vienen complicando la vida desde hace unos años –algunos se frenaron antes de llegar a pandemias. Habría que lograr evidenciar la necesidad de Estados fuertes, de sistemas públicos eficientes, de la creación de una conciencia comunitaria y solidaria. La conciencia de que nos salvamos todos o no se salva nadie.

Soy iluso, seguro que lo soy, pero creo que tenemos que prepararnos para fortalecer los lazos comunitarios. Me imagino que las personas con un terreno sembrado para consumo propio y de sus vecinos deben estar mucho más tranquilos y cómodos frente a esta pandemia.

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La Facultad Libre, institución autogestiva rosarina, me recordó que durante esta cuarentena podía acceder a una serie de cursos, seminarios y conferencias que tiene colgados en su canal de YouTube. Una de las conferencias es de Rita Segato y fue subida en 2019. La antropóloga argentina dice algo que viene a sumar a lo que comento:

“Mi definición de una meta, la meta histórica con la que me identifico, es la de alcanzar una sociedad donde sea posible más bienestar para más gente. Es inmensamente abierta esa definición, porque en otros momentos yo he hablado del autoritarismo de la utopía. La utopía ya diseña como tiene que ser la sociedad de llegada. Los que crecimos dentro del marxismo naturalizamos la idea de una utopía como un diseño cerrado de la buena sociedad. (…). Lo que tenemos que tener son horizontes y mantener el movimiento de la historia. Pensar en la vida como movimiento y un horizonte abierto hacia el cual nos dirigimos y con una gran pluralidad de proyectos históricos de pueblos diferentes, de presencias diferentes en el territorio de la nación y del continente. (…)

Hay dos grandes proyectos históricos sobre la faz de la tierra. El proyecto de las cosas, que sitúa y define el gozo como apropiación de las cosas, del consumo en el contexto de la cosificación de la vida por efecto del capital, y el otro proyecto, que lo he visto palpitando, vital, en la organización comunal de los pueblos indígenas que conozco, de las comunidades negras y también en girones de comunidad que existen todavía en las metrópolis. Es el proyecto histórico de los vínculos.

Son antagónicos, aunque pasamos la mayoría de nuestra vida de una forma anfibia, con un  pie en cada uno de estos proyectos, hasta el día en que la guillotina cae y es necesario elegir: uno o el otro. Esa elección consiste en decidir dónde vamos a hacer nuestra inversión. Invertimos cosas en los vínculos o vínculos en las cosas.”

Sebastián Pujol

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