Es muy difícil resfriarse hoy y no sentirse colonizado por la peste. El coronavirus logró lo que el panóptico de Foucault insinuaba: nos observa a todos. Y nosotros realimentamos esa observación contando a los infectados en nuestra tierra y en el epicentro de la Pandemia: Europa. Y dándonos argumentos tranquilizadores, mientras nos lavamos las manos con jabón y alcohol en gel (si lo conseguimos): el más común, los fallecidos eran personas con enfermedades preexistentes. Y un segmento de la población particularmente vulnerable son los mayores de 65 años, que al menos cuentan con los remedios gratuitos del Vademecum que presentó hace poco el presidente Alberto Fernández. Para transitar sus gripes (que no todas son coronavirus) y sus demás dolencias.

La crisis sanitaria pone otra vez sobre el tapete la importancia del Estado. Hasta Macron, el reconocido presidente francés de estirpe liberal, reconoció que la salud pública gratuita, así como el Estado de Bienestar son bienes preciosos que deben estar fuera de leyes del mercado.

Con el mercado no se come, no se educa ni se cura. El fantasma de la pandemia hasta obligó a las prepagas pedir el auxilio del Estado. La salud es negocio hasta que una enfermedad se convierte en pandemia. Los que cobran por la salud como si fuera una mercancía, piden ayuda para responder a las necesidades indudables de sus clientes. La Pandemia viene a poner en cuestión a los liberales de pacotilla llamados, casi como una alegoría, libertarios. Actúan como hijos pródigos de un Estado al que aborrecen, pero al que se ven obligados a volver. No hay sociedad sin Estado. 

En las malas y en las buenas, se evidencia la importancia sideral de la salud pública. Que la salud sea un derecho y no una mercancía. Ojalá la crisis y el riesgo sanitario enseñen a la política que hay que mejorar e invertir en la salud pública. Que no es un gasto, sino una inversión.  O mejor, como aceptara Macron, un bien precioso.

En una muestra de asombrosa madurez política, el Presidente Alberto Fernández, anunció la profundización de las medidas preventivas acompañado por Axel Kicillof y Horacio Rodríguez Larreta. La grieta se diluyó como si fuera un juego de niños al lado del desafío serio que se enfrenta. Se suspenden muchas actividades sociales y se limitan la posibilidad de movimientos de las personas. También, se interrumpe el ciclo lectivo en las escuelas pero intentando asegurar la continuidad de los comedores. Con la cuarentena, se debe seguir comiendo, una primera necesidad impostergable de los sectores más desfavorecidos. Se cierran los vuelos, el país se repliega sobre sí mismo para evitar la reproducción de la peste. Y se vuelve a mirar hacia adentro, no como una aldea cosmopolita sino con una mayor introspección donde incluso vigilamos si el vecino incumple la cuarentena. A cuidarse entre todos. A quedarse en casa. 

La actividad económica seguirá cayendo. Pero pareciera que hemos madurado, distinguiendo entre lo urgente y lo importante. Lo urgente, la salud, lo importante la economía. El gobierno deberá atender a las dos al mismo tiempo. La coyuntura deschavetada y el mediano plazo, en una semana en que se planifica el minuto a minuto, el día a día. La situación empujó, tal vez transitoriamente, al ministro Martín Guzmán a un segundo plano y todos miramos más a Ginés González García.

Qué poco nos hemos acordado, en estos tiempos, de las deudas, de la caída de la Bolsa y del riesgo país. Porque esta pandemia pone en juego el riesgo más importante, el de la vida, el de la salud. El verdadero riesgo, que no puede estar sujeto a traficarse como mercancía. Porque la salud es un derecho. Y hay que terminar el verano, transcurrir el otoño y pasar el invierno. Terreno escarpado que ojalá pueda transitarse en unidad, como mostró la conferencia de prensa del 15 de marzo. Unidad hasta que duela, como se dijo en la campaña del Frente de Todos para sumar a variados sectores. Unidad hasta que duela, ahora también con la oposición. Las crisis hermanan, emparentan. Unen. Como a las Provincias Unidas del Río de la Plata, rememorando aquellos orígenes. Para que los libres del mundo respondan: al gran pueblo argentino, Salud. 

Sebastián Giménez

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