Atenas

 “Si estas cosas consigues cantar

seré testimonio entre todos los hombres

de que un dios complaciente te ha dado los dones del canto”.

 Homero, Odisea

 

Cae la tarde. Son los últimos rayos de luz. Nos juntamos con el Tripero en la playa de estacionamiento de los monoblocks. El cordón de la vereda es la base de operaciones donde nos atornillamos todas las tardes. Cada uno está en la suya. Una gata gris sentada en el marco de una ventana del quinto piso al lado de varias masetas parece controlar todo con la mirada. Se prende la iluminación sobre la plazoleta. Los edificios a rayas horizontales entre la penumbra y las luces recién encendidas de los que llegan. En lo alto todavía quedan las huellas de la resistencia de la casa de Griselda. Una balacera de los setenta que el tiempo no logra borrar. El cielo se oscurece de estorninos que van y vienen como un enjambre. Desde donde estamos se ve perfecto el mural de Pichino en el paredón de la cochera de la curvita. Un perro ladra desde un lavadero y se escucha el ruido estruendoso de un lavarropas automático. Una persiana entreabierta deja salir el sonido de un 20 pulgadas a todo volumen.

Como un gran camping donde nada es secreto, acá todo se sabe, siempre hay alguien despierto. Somos historias amontonadas y las paredes parecen biombos. El barrio es un Pentágono de edificios que lejos de albergar una administración burocrática, alberga en su interior la marcha de los movimientos pendulares de la economía argentina. Viajando en el tren en sentido contrario parecen módulos inconexos semiautónomos que se proyectan uniformemente sobre un rectángulo reemplazando los techos de chapa, lozas, tanques de agua y pequeños frentes, alterando la tranquilidad barrial y moral obrera arraigada por la historia fabril de la zona que modela la vida cotidiana. Todos conocemos a alguien que trabajó en Ofa, esos galpones enormes que abandonados a la textura áspera del óxido parecen fósiles del fordismo o vestigios monumentales de una antigua Roma de hierro y chimeneas. Si con el nacimiento de la economía industrial fueron sacrificados simbólicamente campesinos y siervos de la gleba, los sacrificados de nuestra época son los obreros industriales. La sirena de la fábrica que era como una campana de la Edad Media junto a la imagen de trabajadores huyendo de ella como la peste dejo de ser familiar a principios de la década.

En la canchita, al lado de las vías, todavía patean unos pibes. Sus voces se mezclan con el sonido de teros, el mugido de vacas, la campana del paso nivel y el ruido de una zorrita. Mazzucco corta camino por la canchita y pide la pelota para patear un penal. Apoya el tetrabrik, acomoda la pelota, patea y erra. Desde que su sobrino la clavó de volea en un ángulo frente a Vélez en el clausura ‘96, los pibes del barrio corean su apellido cada vez que aparece. Los terrenos ferroviarios son un pedazo de llanura entre los monoblocks y las vías del ferrocarril Roca. Desde la ventana del Tripero se ve más claro. Pero es desde la terraza de la Torre, a la cual pudimos subir gracias al descuido del portero que varias veces olvidó la puerta sin candado, donde se pueden ver con claridad todos aquellos lugares de referencia que recorremos y nos dan sentido: la garita del señalero, el caminito paralelo sobre el terraplén, los durmientes de quebracho y los rieles amontonados del otro lado de las vías, el molino de la estación, la antena y la casilla de chapa de la vieja que vende lombrices.

Más allá, el basural y los coches quemados de la vía muerta, las vacas de Camacho que a la distancia parecen estar pintadas, quietas e inmóviles siempre en el mismo lugar, el campo de Godoy donde vamos a pescar taruchas, el camino a Punta Lara más sinuoso de lo que parece cuando se lo recorre, el pajonal que defiende su territorio a base de espinas, el verde frondoso de la selva marginal y el canal recto hasta su desembocadura en esa vasta planicie acuática llamada Río de la Plata donde desde que apareció un ex capitán de corbeta varias veces en televisión muchos dicen que los militares tiraron gente en aviones. Del otro lado, la copa del eucalipto centenario de la plaza, el tanque de agua que es igual al cosito que traen las pizzas de Lilo, el techo del caserón del doctor Larrea y por supuesto, Ofa.

Pablo Tara camina descalzo con una caja y una bolsa de nylon, alguien le dio unas sobras, la barba ya casi le llega al ombligo, mea en un árbol, luego se sienta contra un paredón, se escarba un rato las uñas de los pies y se acurruca sobre un cartón. Algunos dicen que era maestro, otros afirman que era doctor. También se dice que hizo una pequeña fortuna que se apuró a perder por el vicio. En la vereda de la Torre 3, Lucho fuma su habitual pipa, observa el barrio o quizás recuerda su Corrientes natal mientras espera a Isabel que fue hasta el autoservicio del flaco Reyes. Se escucha cada vez más cerca el galope de un caballo sobre el asfalto. El Tucu se detiene detrás de nosotros, busca restos de comida para los chanchos. Dos perros con la lengua afuera lo acompañan debajo del carro repleto de bolsas y trastos. Uno de ellos tiene las patas enfangadas y colas de zorro como abrojos en el pelaje. La última parte de su trayecto cotidiano son los canastos de basura del FOECYT. Alza las riendas y con un sonido, su caballo sale de la modorra bufando y sigue con el andar cansino hasta desaparecer en la curvita de la esquina que va para la barrera.

Durante nuestra infancia fue la imagen cotidiana del “hombre de la bolsa” con la que nos atormentaban cuando nos mandábamos alguna. Nadie sabe nada de él, el único dato conocido es que tiene un chiquero en el Parque Pereyra. Unos molestos golpes de pared se detienen. Suena el clack del portero eléctrico y la dupla Nino-Bacelar sale de la Torre. Llevan dos baldes con maza, cortafierros, varias llaves francesas y una pico de loro. Cada vez que se los ve entrando o saliendo de alguna Torre es porque una cocina o un baño quedó o va a quedar en las peores condiciones estéticas. La administración los llama cuando se rompe un caño o hay pérdidas. El resultado: caños expuestos y nuevas pérdidas.

Sentados en el cordón con el Tripero, esperamos a Rober y Clara. Los dos venimos cascoteados pero eso no nos preocupa. Lo importante es no pasarla tan mal dice una canción del cuarteto de Piedrabuena y Celina. El Topo va y viene con herramientas. Trata de arrancar la pan lactal roja que con los pibes usamos de paraje nocturno. Ayer a la tarde dijo que esta vez arranca seguro porque ya le encontró la vuelta, pero parece que hoy tampoco será. Mientras tanto, Chucho pasa con el Fitito azul que arregla hace una eternidad. Siempre anda en fititos, son su fetiche. Los tuvo de todos los colores. Aparece por la curvita y como sobrando, después de cruzar despacio el lomo de burro, lo deja toser un poco, aprieta el acelerador y sale arando frente a la Torre. El Topo deja la lata de dulce de batata llena de tornillos donde tiene metida la mano, nos mira y nos hace montoncito. El conductor de un flete que llega nos pregunta cuál es la Torre 1. La señalamos y arrima la caja bien cerca de la rampa. Inmediatamente, una pareja con pinta de profesionales comienzan a descargar un montón de muebles, cuadros e incluso una biblioteca y muchas cajas con libros. Parecen una de esas parejas que compran vajilla y juegos de dormitorio desde que se conocieron. La clase media cae por un tobogán pero todavía sigue aferrada a su tótem. Mientras estoy colgado en algo, peleando otra vez con esa voz que me habla de adentro, el Tripero me vuelve a prometer como de costumbre, que después me alcanza el primer disco de las Viejas que tiene hace 6 meses. Lo debe haber gastado (pienso por dentro). Gira todo el día adentro de ese Panasonic que tiene en el comedor sobre el mueble donde guarda los paquetes de galletitas Traviata y exhibe los trofeos de DIVE junto a una foto haciendo las inferiores en Estudiantes. Lo sé porque vivimos en la misma ala del edificio y lo escucho casi todos los días a la tarde. Después es fija que por alguna razón anímica baja las escaleras como una tromba y me pasa a buscar para hacer alguna por el barrio. Desde que compré ese CD el año pasado, pasa de mano en mano y no vuelve. Estoy seguro que a los de PolyGram les encantaría encontrar la forma de cortar con las grabaciones de TDK. Todo empezó cuando iba a Quilmes en el Roca. Por la ventanilla del tren, pasando la estación de Hudson veía una pintada con aerosol del nombre de la banda. Un día, en lugar de ir a casa Libra a comprar cuerdas para la Stratocaster Peavey, pasé por Musimundo y con los pesos justos compré el CD. Fue el punto de inicio de un camino sin retorno.

El Rockero Macnamara (zurdo que le enseño a tocar “Nena, me gustas así” a medio Villa Elisa) pasa apurado en bicicleta con la criolla colgada en la espalda y saluda. Mientras esperamos llegan el Geto y Pablito Jara. Vienen del pool de la esquina y convidan un trago de cerveza. La botella pasa de mano en mano hasta que Geto vacía lo que queda en el fondo (con ganas de hacerla slide y estirar las horas). Me dice que vaya a buscar la criolla que me quiere mostrar algo que saco con su nueva Fender California Stratocaster mirando un video de Vaughan. Geto es el mejor violero de blues de Villa Elisa. Puede cortar varias cuerdas y seguir tocando sin problemas. Le digo que Viejas Locas toca en Atenas y ya nos vamos. Presentan el último disco en Atenas acota Pablito. Hermanos de sangre lo compré este año, pero ese me encargo de gastarlo yo: desde el temprano Nesquik y potente riff de Dámelo hasta los amigos en la esquina hablando de bueyes perdidos en Buey (¿Qué mierda es?). El disco es una realidad más cruda que su antecesor, un retrato descarnado de los tiempos que corren. La primera vez que lo escuché fue en el resumen de goles esperando los del equipo de Ramón. El flaco Garza vuelve de ensayar con Malas Intenciones. Saluda al Tripero a la pasada y sigue de largo con el bajo sin funda. El punk rock está en Piria. El rock and roll en un garaje de Barrio Jardín. El flaco no sabe, pero Javi, hermano mayor del Tripero, junto al Virolo, hermano menor del flaco, cada vez que se juntan en la casa de este último pasando la calle 50, de querusa le sacan algo de música al Garza que después se multiplica en grabaciones secretas. Gracias a esa operación clandestina escuchamos Nunca nos fuimos y Exceso de Flema, y casi toda la discografía de Ramones. Vemos que un repartidor entra al playón en una motito Zanella y con ansiedad toca bocina mirando los departamentos de arriba. Es Harry que está haciendo delivery y trae una de muzzarella. Cruzamos unas palabras y vuela porque dice que la gente “se parece cada vez más a las tortugas ninjas”. Entre la arboleda vemos que se acercan Rober y Clara. Él se toca un huevo y ella la teta izquierda. Nos dicen que hagamos lo mismo porque vieron entrar en el otro playón al yeta. El Tripero y yo también hacemos lo mismo.

Esta noche no hay quintas y séptimas con yeites robados al Chiqui de Viejo Bar acompañados por una armónica Lee Oskar hasta entrada la madrugada. Todo un mundo referencial que tiene su Comité Ejecutivo en Villa Lugano se reúne para una noche con los mejores intérpretes de lo que pasa en el mundo de los de abajo. El Pity al pintar su aldea pinta la de todos. El pulso de la calle y las esquinas lo maneja como ninguno. Vino para agitar lo que la época calla desde el subsuelo donde la lengua se rehace. Desobedece el esquema normativo de la lengua. Hecho maldito del Rock burgués, es el índice de nuestro fin de siglo. En marzo telonearon a los Stones en River en una serie de inolvidables y monumentales noches en las que Dylan vino a recordarnos quién es el autor de Like a Rolling Stone. Fuimos con Nata, Dani y el pájaro en la Trafic blanca repleta de pibes. Hasta que nos fuimos, Patita y Lumbri nos hicieron el aguante con sus respectivos perros: Jagger y Richards. Esa tarde a Meredith Brooks le llovieron botellas y una silbatina ensordecedora que la hizo abandonar antes de lo previsto. Tocar con la camiseta de la selección argentina no aplacó tanta ansiedad. Las Viejas Locas se codearon con el rock grande pero no quedó registro fotográfico. Lo único que queda de aquellas jornadas es una foto de mala calidad con la pantalla ovalada de fondo. Chiche Gelblung aún no los acusa de terroristas. Pity todavía no es el Principity. Eso va a ser en el ’99 cuando aparezca en varios recitales y suplementos con una remera del personaje del libro de Antoine de Saint-Exupéry con el cual aprendimos a leer. El flaco Spinetta todavía no le pidió un autógrafo. Faltan más de dos años para que toquen en la Universidad de la Matanza, esa diáspora sin anuncio del año 2000. Todavía Madona no me encaró en la entrada del Colegio Belgrano de 9 y 38 para decirme: “Ey, Chalina, te enteraste que se separó Viejas Locas”. Todavía “el rock no es un escarabajo que carga cien veces su peso”. Pity todavía no escribió “el desenlace” de su cuento. Todavía el mate no se lavó, el café no se enfrió y el gusano se puede transformar. Pero todo eso es otra historia.

Caminamos por 43. En el paredón de Tavieres, el plomero del barrio, hay una pintada bien grande que dice: “Alianza para el trabajo, la justicia y la educación”. En el Bambi bar vemos estacionada la Daihatsu Wide celeste llena de bidones de cloro y detergente. Rober repite lo mismo de siempre: “mi viejo es Homero”. Llegamos a San Marcos, cruzamos a la parada del Beldent para tomar el 273 hasta La Plata. Nos dicen que acaba de pasar uno. En las paredes de la salita hay afiches con la cara de Ruckauf sonriente. A lo lejos vemos venir el pequeño cartel de la D blanca. Tomamos el 273. Arriba del bondi está Manolo, el emblema rolinga de Villa Elisa. Viene con una piba que tiene pelos de una perra sobre el chaleco de corderoy marrón. El olor a pachuli –que se consigue fácil los domingos en la feria de plaza Italia o en la de Villa Dominico—  es tremendo. En el bar de Damián que está metido en la galería de Arana bien al fondo, cuando a la tarde detrás de la barra está Jorgelina y deja correr las canciones de Still Life de los Stones, Manolo que siempre va con Pichi a jugar al pool o unos fichines, flashea baile como Jagger en la gira de Tattoo You ’81-’82. Hace unos días atrás le hicieron un escrache a Damián. Aparecieron unos afiches pegados con cinta en la persiana metálica de la entrada a la galería que decían: “Damián se cagó” firma Calavera No Chilla. Los Calavera son una banda nueva de la plaza, su frontman es Lucho. Andan todos arriba de un Ford Fairlaine negro recorriendo el barrio todas las tardes con la música al palo y meten más miedo que la lancha de la gorra que se cae a pedazos. Parecen una especie de Estado paralelo y Damián no quiere que la cosa se desborde. Todos los fines de semana hay gresca. Cuando el bar se pone picante los problemas del barrio parecen resolverse siempre ahí.

Cuando el colectivo cruza Centenario y Arana, lo vemos a Toro. Había dicho que no venia. El Tripero saca la cabeza por la ventanilla y le grita. Toro le deja la Dax a un primo y empieza a correr. Hace poco se la quisieron afanar cuando salía del locutorio. Le tiraron dos tiros pero ninguno le dio. Le decimos al chofer que aguante, que viene un amigo corriendo. Le pagamos el bondi pero no hay un mango para la entrada. Toro lleva una lengua colgada como un crucifijo, un pañuelo rotoso anudado al cuello y el pelo estilo Leono de los Thundercats. Es un verdadero Stone. Estamos los tres compinches en cuanta salida a Cemento o cualquier tapera que toque una banda. Con complicidad encaramos juntos la pertenencia e intemperie. Arriba del bondi hay varias lenguas estampadas en la ropa y una en el bolsillo trasero de un jean. Hay algunos flequillos tipo He-Man. “Mi vieja y los Stones son lo más grande que hay”, dice un pibe. Patria no hay una sola en la fractura temporal de los noventa. Es una verdadera conversión de los paganos. En el grotesco de la era de la boludez la historia está tapiada.

Cuando el colectivo para en City Bell la cosa se tensiona. Suben dos pibes todo mal con Villa Elisa con el ojo en el pecho. Para nosotros no son chabones. Son pibes de chomba y casa quinta que reniegan del jolgorio menemista de sus viejos. Ninguna incorrección los puede sacar de ese papel de pibes bien hijos de la clase media acomodada que inician el camino de la percepción sin límites hasta terminar en los lugares comunes de su clase. Son un bemol. Toro también es de City Bell, pero como vive en el límite y está cerca del barrio Santana lo aceptamos al toque. Quizás su barrio en lugar de límite sea una extensión de Villa Elisa. Una señora que viaja sentada nos observa como Victoria Ocampo observa la vuelta del malón de Santoro. Tiene en la punta de la lengua las palabras “tribu urbana” y “subcultura” pero no las dice. Las leyó por ahí. Las morales espantosas que se manejan entre la épica o la adecuación repelen más de lo que interpelan. Cumplen un patético papel social. Por la ventanilla se ve la Catedral y Plaza Moreno. Todo está donde se supone que debe estar: banco, Iglesia, municipio y canteros prolijos. Como en cualquier pueblo de la llanura pero a mayor escala. Un estado de ánimo, eso es la ciudad pienso mientras la habitual aldea temática con gente que parece actuar de extra en una película se desvanece. Por eso hoy La Plata se va a transformar en algo parecido al ying y el yang. El Tripero dice que quiere decir que en lo bueno hay algo malo y en lo malo algo bueno. Atenas puede ser esa antigua polis donde el cuidado de si era posible solo si se practicaba en relación con los otros. Estamos llegando.

La noche potencia y perturba. Llegamos sobre el pucho. Hay restos de fiesta, restos de los congresos de esquinas que suelen armarse en cada recital. El operativo anti pibes de siempre no puede imponer clima de que no vuele una mosca. La contracara es la disposición afectiva y festiva. En el perímetro del toldo del kiosco y en la rambla quedan los descartes de una tarde a pura risa y festejo. Todo parece un repliegue local ante lo global. Sobre calle 13 no queda un alma excepto un flaco que patea solo y nos pide un peso para la birra. Cuando llegamos se escuchan los habituales tres tiros mezclados con un insistente “que salga el Pity y todo el año carnaval”. De golpe empieza a llegar más gente. Son los que vienen en el Roca desde ese anillo fronterizo llamado conurbano. Una peregrinación de horas. Ahora somos muchos los que nos juntamos sobre la vereda de enfrente. La cosa pinta mal y hay mucha adrenalina. Entramos todos o no entra nadie se escucha. Se acerca un chabón, rompe una baldosa, nos da a cada uno un pedazo y nos dice: “cuando yo les digo vamos y tiramos que entramos todos gratis, a estos giles que organizan no les pagamos nada”. Todos se arman con lo que tienen a mano. Llega la orden. Al grito de “Vaaamo Viejas Looo” empiezan a llover piedras contra el vallado. Enardecidos como bombas pequeñitas nos lanzamos. Perdemos de vista a Rober y Clara. Por arriba de las vallas vuela de todo. Llueven botellas, palos, bolsas de basura, cartones de vino sin terminar. La seguridad no puede contener la presión, cae parte del vallado y se abre un hueco a pocos metros de la ventanilla de venta de entradas. Del otro lado, los de seguridad esperan amenazando con palos. El desborde es total y nos mandamos. En la corrida por el pasillo abierto el Tripero liga un buen palazo que lo deja doblado. Entramos atropellándonos y nos camuflamos saltando entre cientos de pibes iguales a nosotros. Ese tren a destiempo llegó como un Caballo de Troya. Los tres nos miramos sonrientes. Siempre juntos en el show.

Apenas entramos se prenden las luces del escenario y el gran ojo vidrioso intoxicado con la persiana media baja se deja ver. En los laterales, el tapizado de los trapos con los nombres de los barrios y las infinitas esquinas que dicen presente: Morón, Lugano, Ituzaingó, Mataderos, Laferrere, Wilde, Solano, Florencio Varela, Quilmes, Berazategui. El aire está viciado. Sale la banda en medio de un humo espeso y pesado. Respirar se convierte en un verdadero suplicio. Pity hace sonar los primeros acordes de Hermanos de sangre. La letra es nuestro padrenuestro. Fachi sostiene los graves del bajo y el Hi-hat abierto de Abel refuerza el riff de la guitarra hasta que el Pollo, con su SG y pisando el Wha-Wha entra en acción reventando oídos. Entre empuje y salto nos sumergimos en ese manifiesto generacional llamado Hermanos de sangre. Suenan ajustados. La banda atraviesa su punto más alto. Springfield es el laboratorio donde se pule el rock de los desangelados. Desde la Adrenalina de todos los días pasando por La Simpática Demonia hasta la lisergia inicial de Psicodélica mujer que después entra en una remontada que toma lentamente la velocidad de Midnight Rambler, tocan un puñado de canciones para enloquecer. Botella es acelerada hasta ser una canción modelo ’77 y el Buey de los potreros de Villa Lugano esta noche es un Minotauro suburbano. Promediando el show baja la intensidad con Aunque a nadie ya le importe y Caminando con las piedras. La banda hace un corte y nos vamos todos hechos sopa para los baños. Hay que esperar y hacer cola. Hay chicas osadas tiradas y enrolladas. Remeras que son literalmente un trapo. Una instantánea me dice que nadie pasaría un test de orina. Hay mandíbulas que rompen muelas. Cuando entramos intentamos que las Topper no chupen como una esponja la materia opaca mezcla de barro y pis que amasan. Hacemos la vista gorda a un nauseabundo inodoro y rajamos antes que un ¡plop! definitivo desparrame el caldo por todo el piso. Vuelven a escena con Chico de la Oculta, dedicatoria para el barrio que recibió su nombre por el muro que levantó el brigadier Cacciatore en 1978. Sube la temperatura con Sacátelo y la rabia con la contaminada Puente la Noria que tiene al gran cachalote de Melville en las aguas residuales del riachuelo. Luego, Pity dice: “Nos vamos, todo terminó”. Tironeados por las calles de la patria chica, el desamor y la vuelta al pago con los amigos tocan: la vida enloquecedora de Todo terminó e Intoxicado con el inconfundible riff de “Hell Ain’t a Bad Place to Be” de los hermanos Young como intro. Atenas es una fiesta. El rocanrol se acabó y nadie se quiere ir a dormir.

Y vos, ¿Todavía estás ahí?

Juan Manuel Costa

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s