En una charla de pasillo político algunas veces se oyen frases como –se puede perder o ganar, pero al debate hay que darlo-. Es cierto. Los debates hay que darlos. La cuestión es que cuando se lucha contra las injusticias que propone el sistema y su inefable status quo es simple ubicarse. Puertas adentro, cuando hay que tocar algún pilar de la estructura propia, aquel tema por donde se falla, la maquinaria retórica que nos contiene se enciende y construye argumentos que empujan al emisor hacia campo enemigo.

En la derrota del kirchnerismo del 2015 durante largo tiempo atribuimos responsabilidades a medios y al desgaste político. Recuerdo un intenso cuestionamiento al editorial de José Natanson buscando culpas propias. Tuvo que llegar el desastre amarillo para que se comenzara la llamada autocritica.

En temas como la inseguridad casi instantáneamente nos hundimos en un entramado estructuralista que no permite esbozar una respuesta para el tipo que labura 12 horas, llega a la casa y antes de prender la tele la mujer le cuenta que al vecino de la vuelta lo encañonaron y le robaron todos los ahorros. El vacío de alternativa pragmática deja a la opinión publica merced de una mano dura que no tardará en llegar.

Otro tabú es el concepto de eficiencia. Le cedemos el terreno al inepto liberalismo y no somos capaces de tomarlo para el diseño estatal o sindical. El Estado debe funcionar correctamente. La relación con el ciudadano debe fluir. No puede ser que resolver algo con la mayoría de las dependencias tanto por teléfono como por internet sea el camino al Tíbet. Considerando sectores ya vigentes. Con toda la gente adentro.

Reforma sindical

En la esfera laboral el peligro principal es la clásica reforma. La búsqueda de quitar derechos para maximizar ganancias. Al grito de que el trabajo en el mundo esta cambiando y las relaciones deben adecuarse intentan demoler los convenios colectivos. No hay artículo de ningún convenio que pueda sostener eso. En su gran mayoría se reglamenta la manera de liquidar los sueldos, horas extra, ropa de trabajo, jornada, alguna licencia especial, presentismo y antigüedad. No hay mucho que adecuar. Quizás elevar la licencia por paternidad o determinar que hacer con los trabajadores del campo. La actividad que produce el 60% de las exportaciones argentinas no se encuadra en la Ley de Contrato de Trabajo. O la actividad no necesita muchos obreros o el beneficio del campo es excesivo.

Pero esta intencionalidad del sector privado no puede soslayar la falta de eficiencia. Tratar con un sindicato es muy difícil. Atienden mal telefónicamente y de manera presencial. Tanto a los empleadores como a los afiliados. Vía mail no hay respuestas.

Cada tanto repito una prueba. Consiste en averiguar si un empleado esta dado de alta como afiliado. Llamo a las centrales y alguna delegación. Nadie me sabe decir. Varios me cortaron el teléfono y alguno ha insultado por llamar reiteradamente. El mal funcionamiento es vox populi. La gente está ahí y no debe irse nadie. Es simplemente una cuestión de eficiencia. Si un hospital puede andar bien ¿por qué no un sindicato?

Hay que apropiarse del concepto y hacerlo realidad. Por tendencia histórica el proceso debería darse con el peronismo. Si se gestiona mejor no solo beneficiaría al obrero, sino que también eliminaríamos elementos centrales del relato gorila. Antes de cada elección estos temas son un hit que hacen metástasis. Seria bueno intentar dejar un poco de lado los discursos de la enormidad del enemigo y dedicarse a tapar los agujeros por donde pierde el tanque de casa.

Ignacio Calza

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