Cartas marcadas. Calfucurá y Mitre.

Marx decía que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Es difícil no estar de acuerdo con esto. En toda época las clases sociales se han visto involucradas en diversas tensiones que otorgaron movimiento a la realidad. Ese dinamismo no tiene que ver con una cuestión de justicia, pero si con la posibilidad de cambio. Es el conflicto el motor de la historia, sin él no habría variantes en los modos de producción.

En nuestro país podemos dar cátedra de pujas entre clases. La configuración de las estructuras políticas, económicas y sociales tienen origen en el conflicto. Los primeros pasos que dimos como nación estuvieron inmersos en un caos post revolucionario que mantuvo y le dio continuidad a una cuestión que sirvió de manto encubridor de toda otra tensión, como si todos los conflictos quedaran subordinados al mal superior: el indio.

La cuestión indígena atravesó todos los conflictos brindando un elemento de unidad entre sectores que eran acérrimos enemigos. Rosas tuvo su campaña al desierto y a su vez, Sarmiento, uno de sus odiadores mas feroces, tenia sueños de sangre y bala para el nativo. Por su parte, Argentina y Chile se enfrentaban con frecuencia por intereses políticos y económicos, incluso se acusaban mutuamente de ser fomentadores del comercio indio, comprando los botines robados por los Araucanos a uno y otro lado de la cordillera. Todo quedaba en el olvido cuando había que sentar postura. El indio era el enemigo absoluto.

Mas allá del entramado teórico elaborado, la integración o el exterminio, el genocidio y la construcción del Estado liberal, hay episodios de la historia que son contundentes. Es en la literatura epistolar donde la tensión disfrazada de diplomacia aparece de una manera exquisita.

En 1863 Mitre era presidente de la república y Juan Calfucurá el cacique más poderoso de las pampas. Los siguientes fragmentos corresponden a un intercambio de cartas entre ambos dirigentes a raíz del robo por parte de un malón indio a los fuertes criollos de frontera.

Me sorprende que los mismos indios que están a sus órdenes, sean los que nos invaden, como acaban de hacerlo ahora. Esto no puede ser, pues estando yo en paz y amistad con usted, no es posible que una parte de sus mismos indios vengan a robarnos. O la paz es como debe ser, castigando usted a los indios que lo desobedecen, o seamos francamente enemigos, haciéndonos la guerra con lealtad.

Sigue Mitre…

Esperando su respuesta, le diré con franqueza que por lo que hace a usted y a los indios que obedecen sus órdenes, yo los he de mirar como hijos y los he de atender en todo, les daré todo para que vivan bien. Estamos en paz y ustedes han de tener en mi un padre cariñoso y de buen corazón; pero no he de transigir con ladrones. Es por eso que tanto a usted como a los demás capitanejos de que me habla, les he de asignar un sueldo arreglado a sus necesidades, para que no pasen ninguna miseria, y les he de dar grados militares con sus despachos correspondientes.

Se puede observar el tono paternalista con que se dirige a Calfucurá. Además, hay un intento de compra de lo que seria la clase dirigente. El proyecto liberal necesitaba mas tierras para la producción. Ofrecía la manutención de una élite india a cambio del saqueo de tierras.

Pero nuestro cacique no tardara en responder.

Amigo Mitre: De tantos cuentos estoy loco de la cabeza. Me dicen muchas mentiras, pero yo no creo nada de esto. A causa de muchos ladrones que hay, estoy siempre recibiendo reprensiones, no teniendo culpa alguna; no me importa que a estos ladrones ustedes los agarren, puede hacer lo que mejor gana le de a usted.

Señor presidente: Cuando mande mis enviados me manda usted espuelas, chapiado y estribos de plata, rebenque, poncho también y varias cosas mas me manda usted.  En el ultimo envío se perdieron el chapiado, las espuelas y el rebenque. Todas las prendas de plata que mando, nada recibí. Mucho me dicen que se perdió.

PD: Demele al portador de esta unos estribos de plata, unas espuelas, un tirador de botones, botas ganaderas finas, sombrero, camisa fina, poncho de paño.

 El jefe indio le baja el precio al conflicto. Ningunea al presidente haciéndose el desentendido del supuesto envío que debía recibir junto con la carta y aprovecha para pedirle más bienes. Todos los que pueda. Es una característica india muy común, cada encuentro con el huinca se transformara en una interminable solicitud, desde prendas de vestir, caballos, hasta vicios: licor y tabaco.

Este breve intercambio está dentro del marco de una extensa conversación epistolar que formara parte de la diplomacia oficial. Tanto el proyecto federal como el unitario debieron negociar con los indios para convivir o romper y entrar en guerra. Fue uno de los conflictos mas extensos de la historia Argentina hasta la llegada de los setenta y la posterior coronación en 1879 con la campaña al desierto. Una década que barrio a fuerza de pólvora todo lo que no tuviese modales europeos. Un exterminio que dejo vacío el país y que pronto necesitaría importar brazos para consolidar el Estado liberal de los ochenta. Pero esa es otra historia cuya narrativa no estará exenta de violencia, solo se reemplazará el sujeto político a reprimir: Salen los indios entran los obreros. El fin de una tensión y el comienzo de otra. Una rueda que no para de girar y prolongarse a lo largo del tiempo. Son los muertos que no dejan de nacer.

Ignacio Calza

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