Yo hice lo que vine hacer. En busca de su sombra fui, me cobré, sin piedad.

Indio Solari. La oscuridad.

 

Serian las seis o siete de la tarde cuando la ultima gota de sol abandono el piso de la habitación. Era el momento de bullicio en el barrio, la vuelta de los vecinos a sus hogares, el intersticio entre el final de la rutina y alguna salida que otorgara una ilusión nocturna. Todo el día esperaba esa hora, nada lo complacía más. Vivía en un primer piso sobre una esquina porteña donde abundaban los negocios. Era propietario de un palco que le permitía observar por algunas horas el ir y venir de la gente. A su edad esa posibilidad era oro en polvo. Pensaba que la vejez tenía muchos problemas, pero la cuestión del aburrimiento era la peor. A la hora indicada abría la persiana y se sentaba a mirar. Apoyaba la cabeza en el marco y dejaba que las palomas le hagan compañía. Todos los días eran iguales. Movimiento de gente que entraba y salía de los locales en búsqueda de artículos que le permitieran satisfacer alguna necesidad. Pensaba que el capitalismo de alguna manera funcionaba. La división del trabajo se sostenía a distintos niveles. Además, ¿en alguna época esa división no existió? La desigualdad había dejado de preocuparle. A esa altura todo le daba lo mismo. Sentía que la vida era una eterna espera. Uno anhelaba siempre lo que estaba más adelante, el futuro. Un horizonte que siempre se escapaba. Entonces la solución era mirar al pasado. Recorrer los caminos ya transitados para intentar descifrar la trama del porvenir. Pero tampoco. El pasado era un tiempo muerto que dejaba huellas pero que ya no existía. La memoria solo servía como motor de la nostalgia que se transformaba en una oscura caravana de dolor. El presente era lo único concreto. Un momento vivo que muere a cada instante.  De eso se trataba la vida, morir cada día un poco más y resistir al olvido que todo lo destruye.

Lo único que lo alejaba de la ventana era el silbido de la pava llamando. Hacia años que el mate era su fiel compañero. Ya no se encontraba en condiciones de beber las dosis diarias de ginebra. Lo perturbaba un poco esa necesidad de sostener cuidados en la salud cuando el tiempo había dejado de contarse en años para convertirse en días, en horas quizás. La resistencia le resultaba patética, pero era parte de lo más íntimo de la condición humana, no tenia mucha alternativa.

A lo lejos se escuchaba una discusión entre el canillita y el dueño de la farmacia.

-Son todos vagos, ¿viste como dejaron la plaza? – Decía el farmacéutico.

-Viva Perón, viejo gorila- Le reprochaba el joven con los diarios en la mano.

Los miraba atento y sonreía con una condescendencia propia del docente cuando el alumno demuestra sus primeros elementos de rebeldía. Alguna vez se había enamorado del peronismo, había militado y en muchas fotos aparecía con los dedos en v. Pero todo había quedado en el olvido. Sentía que la política, la cultura en general, era la excusa que encontraba el humano para abstraerse de aquello que Unamuno llamaba el sentimiento trágico de la vida, el morir. En definitiva, la muerte era el motor de la cultura. La diferencia con los animales era justamente esa, ser conscientes de que nos vamos a morir. Esa conciencia nos había llevado a inventar un entramado cultural que resultaba ser un amortiguador ante la tragedia. Vamos y venimos, trabajamos, discutimos de política y se diseñan distintos modos de producción con sus diversas teorías, la muerte espera.

Una cuestión que venía de los fondos de la historia. La compleja organización social que necesitaron los egipcios para construir las pirámides dio paso al surgimiento del Estado. Esas estructuras gigantescas que necesitaron de miles de hombres y todo un andamiaje administrativo eran el deposito final de los faraones. El lugar al que necesitaban trasladarse para ser visitados por los dioses y así pasar al otro mundo. La muerte como motor de la civilización.

La discusión seguía y el tono se elevaba. El encuentro físico estaba al caer. ¿Qué mejor espectáculo se podía esperar? La violencia estaba considerada como uno de los mejores entretenimientos, sea el formato que sea. Él ya no observaba. Si bien sus ojos estaban posados en el afuera, la mente se iba lejos. Cada tarde sentía que era la ultima y no iba a desperdiciar sus pensamientos en dos tipos que pelean por política, quería recordar a sus queridos, a su ultimo amor y a los momentos que valieron la pena, esos hitos en la vida. Porque si bien odiaba a la muerte le otorgaba un rol fundamental, era quien le daba valor a la vida, la sabiduría era ser consciente de ese valor. Había que estar atentos, nunca se sabe, la vida podía no terminar nunca.

Ignacio Calza

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