Te bajaste del auto y mientras caminabas las dos cuadras que oportunamente te separaban del hotel, sentiste culpa; esa pequeña culpa que te invade cuando te reconocés mintiéndole a tu esposa nuevamente. Te duró poco. No bien ingresaste en esa habitación oscura y sentiste ese perfume que la caracteriza te olvidaste de todo y sólo pensaste en ella y en ese olor a colonia barata que pretende esconder los besos ajenos. 

Está ahí parada en medio de toda tu lujuria, con esa mirada de fiera que va a ser domada pronto. Te gusta acorralarla, sentir su respiración agitada y el movimiento torpe de sus manos cuando tus ojos la recorren con total derecho. Al fin y al cabo, durante dos horas es tuya. Te acercás a la vieja cómoda que ocupa toda la pared, dejás tu billetera y antes de apagar el celular, revisás los últimos mensajes. Todo premeditado como siempre: para tu mujer estás en una reunión y después vas al gimnasio, pretexto para llegar recién bañado y un tanto agotado. Te acercás hasta tenerla casi pegada y le decís que se saque despacio esa especie de camisón que quiere ser sensual y es asqueroso, tan mugriento como ella, pensás. La odiás, odiás todo lo que ella es y eso es lo que te excita, poder poseerla sin remordimientos. La tirás en la cama y la ves ahí, temblando como un perrito asustado, pero en el fondo sabés que es una gata enjaulada. La tomás por las muñecas y te parece tan pequeña, tan frágil. Por un segundo la imagen de tus hijas te incomoda; pero no es tu culpa que ella no haya tenido un padre como vos. No es tu culpa y esta chiquita no se parece en nada a esas bellezas que seguro ahora están estudiando o tomando un jugo con sus amigas. No es tu culpa.

Te mira profundamente mientras la despojás de toda su humanidad revolcada en esa cama fría y te dice algo que no escuchás, que no te importa. De pronto sentís un calor terrible en las costillas y una sensación húmeda y lenta. Mirás hacia abajo y ves una de sus manitos apretando el mango de un cuchillo clavado justo en tu costado. No sentís dolor hasta que ella lo saca, y con ojos desorbitados y una pequeña mueca en su boca, lo vuelve a clavar una, dos, tres veces. Te arde todo el cuerpo y sentís cómo se vacía, cómo todo está terminando. Su carita llena de sudor se te acerca al oído y te dice que te lo merecías, que lo venía pensando hacía tiempo pero que hasta ahora no se había animado y que nunca se había sentido tan libre hasta ese momento. Ella toma tu billetera, se viste despacio y sale de la habitación. Vos estás en medio de un charco de sangre mirando el techo sin poder pensar en nada. Ya estás muerto.

Mañana ella partirá hacia algún lugar lejano e intentará ser feliz, aunque quién sabe si podrá serlo. Y vos, aparecerás en todas las portadas de los diarios y en todos los noticieros como el prestigioso empresario de cincuenta y dos años, que apareció muerto en dudosas circunstancias en un hotel del conurbano. 

Vera Suárez

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