Una Crónica desde Chile.

La noche de viernes en Santiago de Chile había terminado antes de lo previsto: el bar cerraba a las doce en vez de a las tres. A un par de cuadras, los choques entre manifestantes y policías no paraban. Puertas adentro ya nos picaba un poco la nariz con tanta lacrimógena. Por Instagram, Whatsapp y Twitter llegaban videos de incendios en el centro.

 

Un Uber con tarifa 4x me llevó a donde me alojo. En el camino, la radio transmitía un discurso de Sebastián Piñera: se decretaba estado de emergencia en la Región Metropolitana, donde se ubica la capital. Los milicos tienen piedra libre para salir a la calle.

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A principios de la semana pasada el gobierno chileno anunció que el pasaje del Metro de Santiago aumentaba de 800 a 830 pesos chilenos, alrededor de 0,16 USD más. Según Fundación Sol, en Chile el 69,7% de las personas recibe un sueldo considerado bajo, por lo que una suba en un medio de transporte clave para la ciudadanía representa menos plata para el pan, el alquiler, las deudas… 

Tras el anuncio, estudiantes de secundarios y universidades se organizaron para realizar evasiones masivas en las estaciones de metro más concurridas de la ciudad. Luego de dos días de estas manifestaciones autoconvocadas, videos en redes sociales mostraban a carabineros a los golpes y empujones. 

El viernes ya se registraron destrozos en distintos puntos de la ciudad, además de barricadas en las intersecciones e incendios. Tras el anuncio de Piñera en la madrugada del sábado, Santiago amaneció con unidades militares en las calles.

Los reclamos van más allá del precio de los pasajes: Chile es un país donde todos los días se sienten las garras opresivas de la dictadura. Una constitución firmada durante esos años, un sistema educativo y de pensiones ineficiente, salarios de miseria, condiciones laborales precarias, distintos casos de corrupción dentro de esferas del poder en los que la gente confiaba, colusiones entre empresas para aumentar precios, la privatización del agua, los sueldos millonarios de los políticos, las deudas con el pueblo mapuche, con las mujeres… La lista sigue. 

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El sábado empecé mi caminata en el Barrio Italia, una suerte de Palermo Soho y San Telmo todo en uno, el límite entre la elegante comuna de Providencia y el centro. Aquí, los restaurantes estaban abiertos, las tiendas de antigüedades con sus muebles en la vereda y las ferias americanas funcionaban como siempre. Solo se escuchaban cacerolazos a lo lejos.

Hacia Vicuña Mackenna, la avenida que da a Plaza Italia, centro neurálgico de la ciudad y lugar de encuentro de toda marcha o festejo, la situación era distinta. Barricadas en las intersecciones bloqueaban el paso del tráfico, pero más allá de eso las manifestaciones eran tranquilas. Grupos de decenas de vecines en las esquinas, cantando, gritando, haciendo ruido, subidos a las paradas de bondi…

En Plaza Italia lo mismo. La gente se reunía alrededor de focos de incendio. Había sobre todo jóvenes, y las banderas eran diversas: encapuchados de negro, pañuelos aborteros, banderas mapuche, cultrunes… Y entre barricada y barricada, las veredas llenas de gente. En las ventanas de los edificios y las casas, el ruido de cacerolas. Desde los autos que encontraban la forma de circular, bocinazos, las melodías de Víctor Jara, la voz de Salvador Allende. Y las paredes hablan: “Evade”, “Que arda”, “Piñera renuncia”. En cada cuadra encontraba un mensaje.

Crucé el río Mapocho por un puente peatonal y en la otra orilla no había concentraciones. Sí había un camión de carabineros lanzando agua para izquierda y derecha sin razón alguna. Corrí. Me metí en el Barrio Bellavista, eje central de la noche santiaguina. A la luz del día las calles estaban desiertas. Solo me crucé a personas que guardaban las bicicletas naranjas (que acá sí se pagan) en camionetas o recolectaban los monopatines verdes.

Caminé de vuelta hacia el río Mapocho, a la avenida Santa María que lo bordea sobre su orilla norte. En la esquina de la calle Loreto ya se concentraba más gente. Y a pocos metros, decenas de personas saqueaban a las apuradas un supermercado Líder, representante local de Walmart. En la cuadra de enfrente, vecines con celular en mano registraban la situación. Alguien grita: “¡Saque comida para los perritos!”. 

Cruzo el río de vuelta, me acerco a la zona de Bellas Artes, quizás la más hipster del centro. El viernes a la noche fue foco de destrozos. Frente al Museo de Bellas Artes se encuentra el esqueleto de un colectivo quemado. Más tarde, en redes sociales, alguien subirá una foto donde se constata que esa unidad no estaba en circulación. Es difícil chequearlo, hay tanta información por todos lados. Alrededor de este micro se concentran distintas personas, quieren tirar abajo los postes, los carteles de las calles. Alguien me intenta vender un vino a mil pesos chilenos, algo así como 1,37 USD. La gente corre, “¡Vienen los pacos!”, todo el día me picó la nariz por el gas lacrimógeno, corro. 

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Hoy martes la situación no es tan distinta. Llevamos tres jornadas de toque de queda. No todes lo respetan. Hay quienes bancan los trapos hasta tarde en las plazas, en los barrios. Un amigo me contó que se quedó hasta las cuatro de la mañana al cuidado de su casa, parece que había gente que aprovechaba para entrar a robar. El celular explota de noticias, de videos, de audios, de fotos. Instagram me pregunta si estoy segura de querer verlas. Sí.

Volvió a abrir el metro, solo una línea, y hay cada vez más colectivos en funcionamiento. Todo el día se escuchan cacerolazos. Los supermercados abren poco y en zonas selectas, las chetas, obvio, en los barrios fueron saqueados. La gente confía como siempre en los almacenes y las ferias libres, la conciencia de la gente no fue por ese lado. Hay marchas pacíficas y algunos focos de violencia más fuertes. 

Ahora, lo importante: hay una lista de muertos que crece. Piñera dice que estamos en guerra. Videos de milicos y policías disparando desde tanques, frente a frente, pegándole a niñes, tomando merca, saqueando televisores. Ya pasaron una ley en el congreso que da marcha atrás con el aumento del subte, pero ese no es el problema. Mientras haya militares en las calles el diálogo es imposible. Mientras no haya una agenda política clara para tratar la desigualdad que corroe a esta sociedad, tampoco. Por ahora, la gente sigue en la calle.

Paula Bonnet

 

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