Tuve el coraje y la audacia política de despedir a mil seiscientas personas, dijo a las cámaras el ministro (secretario) de Cultura Pablo Avelluto hace un tiempo sin que se le moviera un músculo de la cara. Afirmó eso luego de definir a su cartera como marginal, tan así es que pasó a ser Secretaría. Una secretaría sin mayor importancia y de la que se pudo, por lo visto, despedir gente. De Ministerio a Secretaría, nada mejor para graficar la importancia que la actual gestión le dio a la cultura.

Hasta el propio capitalismo se cuidó bien históricamente en mancillar un poco sus crueldades. No es deseable despedir, pero esa exclusión del trabajo puede compensarse con la indemnización. Acumulación, compensación, desigualdad agregada.  Tengo un tío que, en la década del 90, lo despidieron de SOMISA. Con la indemnización, se puso una panadería, como otros pusieron su kiosquito. La desolación del despido se compensó con la ilusión transitoria de su propio emprendimiento, su empresa. Casi que emulando el espíritu de muchos tanos y españoles que vinieron al país a inicios del siglo XX con una mano atrás y otra adelante y que pudieron en general prosperar. Mi tío tuvo que cerrar poco después como varios otros.  Como cierran hoy tantas Pymes. La economía real se reciente con la especulación financiera de ayer y hoy. Las crisis las pagan las Pymes.

Pero hay algo más subyacente en la prédica de Avelluto que es preciso señalar, que es la disputa por los valores sociales y eso que se da en llamar el sentido común. Traigo una anécdota, para poner un poco de color. Hice la primaria en un colegio salesiano, el San Antonio, donde nació San Lorenzo. Un día, luego de una reunión de familias, mi viejo me dijo que lo había impresionado lo que le comentó el padre de un compañero mío. Le había dicho algo así: acá repiten lo de  ayudar al prójimo, pensar en los demás y eso, cuando crezcan los chicos, les puede generar culpa. Planteó, sin pelos en la lengua, que cuando tuvieran que perjudicar a otro o pensar solo en ellos, se les podía presentar ese resquemor o remordimiento de la conciencia, el mismo que, por lo visto, no sintió Avelluto al echar a mil seiscientos tipos y reivindicarlo sin despeinarse. Se visualiza el intento del neoliberalismo de trastocar valores que permanecen inconmovibles, pasan los gobiernos pero despedir trabajadores tarda en volverse algo agradable o digno de reivindicación. Menos mal.

Si hay miseria, entonces que no se note. Y si hay decisiones injustas, que se camuflen o escondan. Una característica del capitalismo global es la de alejar el centro de toma de decisiones del contacto con la gente. En una multinacional, te pueden despedir porque decidió reducir el personal y maximizar ganancias el grupo reducido de accionistas en algún lugar remoto del globo terráqueo. Un simple ejecutor pondrá la cara para dar la noticia (como ocurrió sin dudas en el Ministerio de Cultura) y le mirará los ojos al despedido, pero la decisión se tomó en otro lado. El Poder se vuelve invisible, un hilo que mueve las marionetas a su antojo. Las guerras las hacen los drones, los despidos viajan en mensajes electrónicos, como las inversiones de capital que vienen, se multiplican y se fugan.

Pero la vanagloria por echar es una originalidad de un Secretario de gobierno que viene con pretensiones de disputar el sentido común y los valores sociales para el reino inmune del capitalismo más desencarnado. Está bien echar, hace veinte años que no trabajan, son todos vagos, la multinacional del cartón que describiera en su imaginación retrógrada Miguel Ángel Pichetto. Si el capitalismo global se oculta, se maneja en las sombras de comprar y vender leliqs, comprar y vender lebacs, y vender y comprar dólares, el gobierno se caracteriza por brindarle la coartada de preparar el terreno fácil de las ganancias especulativas y criticar a los pobres mortales de la economía real.  Son todos vagos, choriplaneros, queriendo ahondar en el ardid de la grieta para que el ciudadano vote por temor. No nos une el amor, sino el espanto, aquella gran cita borgeana. Venezuela, el trotskismo de Kicillof y vas a tener que entregar un departamento a la revolución.

Pero no hay cajón de Herminio cuando la propia pésima gestión económica hundió al gobierno políticamente a la hora de encarar las elecciones definitivas. Audacia política, retomando la desfachatez de Avelluto, es la que le hará mucha falta ahora que se reanudó la campaña electoral. Porque, si algo no pudo aún el capitalismo global, es superar la vieja y casi obsoleta materialidad de las urnas. Podés escribir un twitter para llamar a que te voten sin argumentos, encargar encuestas y estudios de imagen, blindarte mediáticamente pero la campaña te obliga a mantener contacto con la presencia vital de la gente. Y muchos votantes observaron sus heladeras vacías, el drama de no llegar ni a mitad de mes y dejaron de mirar o interesarles los expedientes de Bonadío o las elucubraciones de tanto elenco periodístico. La experiencia vital le ganó al microcosmos de los sondeos de opinión y los laboratorios donde el gobierno creía que podía influir en la opinión pública. Y la desilusión de ver derrumbar ese castillo de naipes se extendió, echando la culpa  el gobierno a los argentinos que no somos imparables, como insinúa su slogan de campaña, sino incurables. Resultadistas como Bilardo en lo económico y defensores de los derechos sociales que trajo el peronismo, con sus idas y vueltas. Valores sociales que parece que continúan predominando.

La República predicada por el oficialismo y vacía de contenido social no enamora al que la pasa mal. O peor, concita rechazo como abstracción y destrato del drama cotidiano.  No otra cosa le dijo un prelado recientemente en su visita a Salta, llévese en sus ojos Presidente la cara de los pobres.

Treinta actos, treinta ciudades. Treinta por ciento de los votos, tal vez. Sólo una república para prometer de pretendidos buenos modales sin justicia social. Bien positivista, pero modificando el sentido de su lema. No es orden y progreso. Es orden y pobreza. Portarse bien y acostumbrarse a una vida de privaciones, les hicieron creer que podían vivir así, sin pagar lo que se debe por la luz, el gas y el transporte. Los argentinos soñados como alumnos tan aplicados como el gobierno se recrea frente al FMI, para que le tiren el salvavidas de plomo que le permita mantenerse a flote. Hasta diciembre, parece. Pasó el invierno, hay que pasar casi toda la primavera.

No mucho, sino todo por hacer para el nuevo gobierno que sea elegido. Cerrar los números con todos los argentinos adentro. Sin despedir a nadie. Un Presidente que le pegue un codazo al ministro de Economía, y al FMI para no pagar sobre el hambre y la sed de los argentinos. Para eso sí que hace falta coraje y una forma de audacia política que valga la pena. Eso sí, con un sentido opuesto a la de Avelluto. Un nuevo sentido que será preciso refundar. Cuando la política se vuelve audaz y filosa, se pone en marcha el mejor mecanismo democrático para intentar cambiar las cosas. Y tratando de incluir a todos.

Sebastián Giménez

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s