Voy a tomarme el atrevimiento de ser optimista. Contra todo pronóstico de los expertos, a riesgo de que el devenir de los hechos me contradiga con rapidez e incluso de quedar ante los lectores como un iluso, quiero exponer algunas ideas que me dan una base, aunque no demasiado estable, para esgrimir algo de optimismo ante el futuro cercano. El periodista ingles John Carlin -que vivió parte de su niñez en Buenos Aires y es confeso hincha del Club Atlético Excursionistas, equipo del ascenso argentino- escribió en octubre de 2016 un artículo para el diario El País que llevaba el título: “El año que vivimos estúpidamente”. 

En el primer párrafo, Carlin dice: “Lo que nos falta ahora es que Donald Trump acabe siendo presidente. Los resultados electorales en este año 2016 se están definiendo por el cinismo manipulador de los políticos y la ignorancia, inconsciencia o irresponsabilidad de los votantes. He aquí el cóctel fatal que llevó a Trump a la candidatura presidencial republicana, condujo a la victoria del Brexit en Reino Unido y, lo más terrible hasta la fecha, al “no” al acuerdo de paz en el plebiscito colombiano y al sí a la perpetuación de una guerra civil que ha durado medio siglo.”

El panorama en aquel 2016 era oscuro y lo sigue siendo. “Los votantes, mientras, se dejan conducir como vacas al abismo”, decía el periodista inglés, “con perdón de las vacas, que seguramente demostrarían más sentido común ante la perspectiva de la autoaniquilación que las variedades de homo sapiens que habitan Colombia, Inglaterra y Estados Unidos.”

En la previa a las PASO en Argentina todos observábamos absortos como las tapas de los diarios nos decían que las encuestas mostraban como la brecha porcentual entre Alberto Fernández y Mauricio Macri se achicaba día a día. Muchos nos golpeábamos la cabeza contra la pared ante un escenario que se parecía más a un libro o una película de ciencia ficción distópica que a la realidad. La oposición más representativa al gobierno de la alianza Cambiemos se había unido, estaba desplegando una campaña con muchos méritos y la situación del país, en todos los aspectos, se deterioraba día a día. Así y todo, había paridad entre el oficialismo y la oposición. 

Parecía mentira. Era mentira.

Ese once de agosto, para la hora del postre, llegaron los números oficiales y con ellos el resultado más lógico. La victoria era amplia y era a favor de la fórmula Fernández-Fernández. 

Entonces, cabe la pregunta: ¿Qué pasó? La mejor respuesta que se me ocurre es que la gente no tiene ganas de cagarse de hambre. Lo cual no es poco. Parece una tontería y quizás lo sea, pero al menos no nos vamos a cagar de hambre gratuitamente. No es poco. Ante la perspectiva de que frente a esta debacle, esta catástrofe, Macri pudiera ser reelecto, no es poco. Estábamos cara a cara con la peor pesadilla. Finalmente, la mayoría de la población parecía dispuesta a sacrificarse y a sacrificarnos en beneficio de unos pocos. Parecíamos, como decía Carlin, peores que las vacas. Marchábamos felices al abismo, pero no. Al menos, creo, es válido respirar aliviados.

Casi el setenta por ciento de los argentinos votó en contra de Macri. Eso es un vaso medio lleno. Sí, algunos dirán que casi ocho millones de personas lo votaron. Bueno, entérense, esas casi ocho millones de personas siempre votaron en contra de las mayorías. Siempre, a lo largo de toda la historia.

El panorama es complicado, pero aun ante esa perspectiva quiero ser optimista. Porque ya pasó antes y pudimos igual asomar la cabeza. Dirán que nunca fue tan fuerte la crisis, que la deuda, que el FMI, que el contexto internacional y muchas otras aristas para pensar que todo será cada vez peor. Sin embargo, me mantengo firme. No se vienen, en el corto plazo, días de amor y rosas, pero estoy seguro de que se viene algo mejor y que Argentina puede arrastrar a otros países del continente en la misma dirección. El continente todavía está en disputa, como se cansó de decir el periodista Pedro Brieger. Para muestra vale mirar a México o a Bolivia, a la caída de la imagen de Bolsonaro en Brasil o el alza de la intención de voto de Rafael Correa en Ecuador.

Es posible que en unos años estos mismos tipos, sin Macri a la cabeza, vuelvan a la carga. Como dijo el filósofo Slavoj Žižek, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. No se van del todo, siempre están. Será cuestión de hacer lo posible para que no vuelvan.

Seamos optimistas en medio de esta tormenta de pesimismo que, como sucedió tantas veces, se condensa en la frase que escuchamos hoy repetirse en boca de muchos: “Argentina es un país de mierda”. Frase con la cual muchos intentan no hacerse cargo de lo que votaron y apoyaron durante casi cuatro años, para repartir la culpa entre sus conciudadanos. Si algo aprendió el argentino es a hacerse el boludo.

Mientras tanto, me conformo con saber que hay algo de cordura en el mundo. Quizás el 2020 sea un año que no vivamos tan estúpidamente.

Sebastian Pujol

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