Otra vez ese sueño que desde chica se presenta cada tanto. No es igual, cambian muchas cosas, pero yo sé que es el mismo sueño. Esos colores, esa sensación de eternidad, ese vivirlo de verdad… Me despierto de golpe y me quedo con los ojos tan abiertos en mitad de la noche, con el corazón como una bomba a punto de explotar, la respiración rápida, los puños demasiado cerrados y el cuerpo rígido como el de una momia. Son unos minutos y luego, con la calma, vuelvo a dormir. Así desde chica, desde siempre, pero esta mañana es distinta.

Hasta ahora sólo habría logrado recordar partes inconexas: los colores brillantes, el calor, los rostros asustados; a veces cielos llenos de fuego, a veces mi casa de niña con todos los muebles revueltos. A veces soy muy pequeña y subo unas escaleras iluminadas terriblemente por una luces blancas, yo voy corriendo detrás de mis padres hasta que uno de ellos, con lágrimas en los ojos, me abraza fuerte y tapa mi boca rogándome que no llore más y yo siento que van a encontrarnos “los malos”, que van a encerrarnos y vamos a morir. Es un sueño horrible, pero no es una pesadilla. En las pesadillas sabemos que estamos en un mundo onírico y que todo ese miedo quedará allí; que si no podemos correr lo suficientemente fuerte, despertaremos. Es como una especie de película de terror: somos conscientes de la ficción, pero mientras dure jugaremos a asustarnos como una catarsis, como una necesidad física para descargar adrenalina. En cambio, este sueño que se repite desde niña aunque en distintos escenarios se parece a la vida: si no pudiste correr rápido te atraparon, aunque después te despiertes y no recuerdes nada. Te atraparon.

Esta mañana está pasando algo que nunca me había sucedido y es que recuerdo el sueño completo: tengo unos siete años y estoy jugando con una pelota en frente de mi casa, el sol brilla tanto que se me cierran los ojos y un calor intenso hace transpirar mis manos. De un momento a otro hay una luz distinta en el ambiente, más tenue pero a la vez más caliente. Miro al cielo y descubro una luna gigante de un color violeta oscuro, profundo. Yo estoy sola, como si el mundo se hubiese detenido para observarme a mí, y solamente a mí, en ese instante extraño. Esa nueva luna, maravillosamente terrorífica, estancada en medio del firmamento y yo sola, mirándola paralizada. De pronto se llena de gente por todos lados, veo autos y perros y esa luna gigante sigue ahí; nadie la mira, nadie se asombra, como si siempre hubiese estado brillando oscuramente en el cielo diario. Comienza a invadirme un miedo y una desesperación, unas ganas locas de gritarle a toda esa humanidad para que reaccione, pero es imposible. Por fin mis padres llegan de la nada igual de desesperados que yo y en ese momento me siento protegida en el terror, ellos también entienden que eso no es lo normal, lo de todos los días, no es lo que debe ser. Mi padre me toma en brazos y corremos hasta llegar a un lugar oscuro mientras mi madre me pide que no llore, que no tema, que no van a dejar que me pase nada malo. Me despierto rígida y a punto de explotar y a los minutos con la calma vuelvo a dormir. Pero esta mañana lo sigo sintiendo, sigo reviviendo ese sueño. Lo sigo viviendo.

Salgo de la cama y la luna se me aparece en el jardín, imponente; tomo el colectivo de todos los días para ir a trabajar y la veo por la ventanilla; almuerzo con mi compañeros y está ahí, se ve el reflejo violeta entrando por la puerta abierta; salgo y tomo mi celular, la quiero fotografiar pero me tiemblan las manos y me transpiran, no puedo; camino hasta casa y esa luna que me persigue, que invade todo el cielo. Observo rostros asustados, preocupados, pero nadie quiere hablar de eso, lo sé.

¿Dónde están mis viejos ahora? ¿Por qué no vienen a rescatarme? ¿Por qué soy adulta y no esa nenita que cabe en los brazos de papá? Llego a casa y enciendo la tele y allí, en el noticiero de la noche, la veo. Inmensa, violeta y terrorífica. El periodista me mira a los ojos a través de la pantalla y me dice que es normal, totalmente normal. Que no me preocupe, que la luna va a estar un tiempo o para siempre y que la vida sigue. Que más me vale seguir con mi vida y dejar de mirarla.

Vera Suárez

 

 

 

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