Cada día del maestro nos ofrece la posibilidad de saludar a aquellos que tienen un rol fundamental dentro del aula. Pero si bien es legitimo explotar las redes de carteles alusivos, también es la oportunidad de reflexionar acerca de la educación. Me propongo hacerlo a través de la frase de un gran pensador y político como fue Benjamín Franklin:

 “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”

 La educación formal en todos sus niveles está ampliamente condicionada por la cultura, ambas se retroalimentan. A través de la educación se constituye la cultura y es en ella que se crea la educación. Ahora bien, ¿Cómo se transmite el conocimiento? ¿Cómo se elige que enseñar?

La educación formal tiene un grave problema que aun no puede resolver. La pasividad del alumno frente al contenido dado es inherente a todos los niveles educativos. El sujeto de aprendizaje tiene una postura de sumisión ante dicho contenido. Se lo presenta como un receptáculo en donde hay que verter información, una cantidad de saberes que en su producción han tenido un complejo proceso de elaboración. A pesar de esto se pretende una acumulación que quepa dentro del programa de una materia cuatrimestral. Es una sobrestimación del alumno.

Por otro lado, al ser un mero receptor, el sujeto de aprendizaje queda excluido de la producción de conocimiento. No se lo involucra en el proceso, no hay lugar para las ideas propias ni la crítica. Se genera así una subestimación del individuo. Estos dos conceptos, subestimación y sobrestimación actúan de manera restrictiva y coercitiva. Como dijimos, pasa en todos los niveles, desde el nivel inicial hasta un posgrado.

Los contenidos enseñados, se abordan como saberes inobjetables. Son sistematizados y aparentan ser definitivos, aunque en todas las ciencias, tanto naturales como sociales, las discontinuidades y rupturas son más que la excepción, la regla. La educación se transforma en una cuestión de fe, hay que creer en lo que me están diciendo. Se ofrece el como hacer las cosas y no los porque hacerlas. Se nos explica el que aprender mas que el porque aprender lo que estamos estudiando. En este sentido, podríamos decir que aprendemos a consumir respuestas antes que a producir preguntas.

La aparición de internet nos enfrenta con una revolución de la información, mucho contenido al alcance de la mano. Pero si bien esto podría considerarse como algo muy positivo, la realidad nos dice que esa cantidad de información no se traduce en un análisis critico de los contenidos para generar nuevos y aportar a la construcción del conocimiento, sino que conduce a una suscripción displicente al momento de apretar el botón de compartir.

Con todo esto no quiero decir que la educación no sirva, sino que debemos repensar los métodos de transmisión de conocimiento para poder crear mentes que procesen diferente y pueda verificarse en masa la descompresión de los análisis personales. Es inadmisible que aun hoy sigamos creyendo que un alumno sabe o no, deteniendo o promoviendo su avance en la educación, a través de cuatro preguntas en un papel. ¿Un alumno adquirió conocimiento si responde a esas preguntas? Hay muchas preguntas para hacerse, pero hay una que hace tiempo me hago y aún no encuentro respuesta ¿Qué es peor la censura o el adoctrinamiento?.

Ignacio Calza

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