Tanto andar, tanto resistirse y al final sucumbir simplemente ante la evidencia de que el Estado existe. Y es necesario. El Leviatán, que describiera Thomas Hobbes más de tres siglos atrás. Un monstruo horroroso, mítico, burocrático e insoportable. Pero necesario, otra vez. El Estado ordena, a pesar de todo. Y ante él sucumbe hasta un gobierno que se había resuelto a ignorarlo, a achicarlo desde la ortodoxia del neoliberalismo y la economía de mercado. Pero se evaporaron los dólares, no hacia la atmósfera sino en un vuelo diagonal hacia algún paraíso fiscal. La timba financiera, esa de la que tanto se habla. Los capitales especulativos compraron lebacs, vendieron lebacs para comprar dólares. Compraron leliqs, vendieron leliqs. Las tasas exorbitantes hacían la rueda perversa de la ganancia para las finanzas y en el reverso el congelamiento del crédito para los simples mortales de la economía real.

Compraron dólares los capitales especulativos, al final.  Y los fugaron. Bajaron las reservas, subió el precio del dólar. Y estalló la burbuja. Y se enfrió aún más la economía real, la del trabajador, la del comerciante, la de la calle. Y el gobierno se quedó como un ciego caminando a tientas en el vacío, y tanteando un lugar de donde agarrarse. El Estado, al final. Cepo cambiario. Se acabó la joda, demasiado tarde. Los fugados no volverán. Pero los bancos se vacían de a poco y la sangría sigue, continúa. Ya nadie confía en el gobierno. El peso argentino se devalúa aún más en las góndolas, los alimentos y consumos de primera necesidad se van a las nubes. El mercado se evaporó, y el Estado es lo único concreto que queda, lo tangible, la forma de intentar intervenir. Se resigna a esa intervención no querida el gobierno sólo para evitar un mal mayor. 

Lo expresó con claridad Frigerio, tomamos esa medida porque teníamos que proteger el poder adquisitivo de la gente. Ese que succionó salvajemente la espiral especulativa, la burbuja comiéndose a la economía real. Con tasas exorbitantes y tarifazos, pusieron cepo a las Pymes. Creció la desocupación, se pulverizó el salario atacado por paritarias a la baja y la inflación. 

Un juego de la perinola (no azarosa, vale aclarar) entre la economía real o el mercado interno y la patria financiera. Que todo aparece claramente visualizado como un juego de tomar y poner. Los que ponen, pierden. Los que toman, ganan. Los trabajadores pusieron su salario pulverizado, algunos derechos laborales y el pago con sangre, sudor y lágrimas de las tarifas dolarizadas del transporte y de servicios esenciales como el agua, el gas y la luz. Las Pymes y empresas de la economía real también pusieron en juego su propia existencia, estrangulada por el impacto de los tarifazos, el financiamiento truncado por tasas prohibitivas y la caída vertiginosa de sus ventas. Cierre de fábricas, desocupación. En el reverso de la perinola perversa, los capitales especulativos tomaron todo. Todos los dólares que pudieron. Y se los llevaron lejos. 

Tarde, muy tarde y a contramano de sus creencias, el gobierno recordó que había un Estado y que no tenía que funcionar como un simple espectador. Como dijera en su momento el filósofo contractualista Thomas Hobbes, los hombres en estado de naturaleza y sin un poder común que los gobierne, persiguen sus intereses egoístas, provocándose la guerra de todos contra todos. El egoísmo se come a la sociedad y la posibilidad de la existencia en común. Curiosamente, el gobierno de Cambiemos nos lleva dramáticamente a constatar que hay cosas que no cambian, por los siglos de los siglos. Y que necesitan ser gobernadas por un Estado, para intentar superar los intereses mezquinos. 

Como se ha dicho en varias ocasiones en la reciente campaña electoral, sería deseable que el gobierno actual y el venidero, propongan una mesa para elaborar un nuevo acuerdo social, contrato social o el nombre que se le quiera poner. Sentando a los sindicatos, los empresarios grandes y pequeños, los movimientos sociales y la clase política en la misma mesa. Con el Estado mediando, contrapesando para que todas las voces sean escuchadas al margen del peso económico específico de los distintos actores. 

Las crisis obligan a veces a empezar de cero. Sin olvidar que los que más las padecen son los débiles. Es un momento aciago para los más humildes, que expresan desde sus organizaciones que tienen hambre, nada más y nada menos. Hambre. Piden que se declare la emergencia alimentaria. El gobierno aún hace oídos sordos. Pero este reclamo pone sobre el tapete el principal objetivo que debe tener ese acuerdo social: terminar con el hambre.

 

Sebastián Giménez. 

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