Siempre me pregunté si tenía sentido o no escribir un libro sobre José Luis Nell. Su nombre no tiene muchas resonancias para las nuevas generaciones. En cambio, varios de los militantes en los años de plomo (las décadas del 60 y 70 del siglo pasado) lo recuerdan. Algunos de esos testimonios los recopiló en el documental Los Malditos Caminos Luis Barone, excelente trabajo que narra las vidas de José Luis Nell, Lucía Cullen y el padre Carlos Mugica.

La pregunta por el sentido del libro tenía también un conato más profundo, si se quiere, y que tocaba el ámbito sensible de los valores. Era una especie de antihéroe que, en un evento importante de su vida, asesinó a dos personas. Victorio Cogo y Alejandro Morel. El saldo trágico del primer golpe de la guerrilla urbana en la Argentina: el asalto al Policlínico Bancario del 29 de agosto de 1963. Los protagonistas habían sido jóvenes de clase media y alta, niños bien que se habían decidido a intentar pertrecharse y financiarse para pelear por el retorno aún quimérico de Juan Domingo Perón. Habían roto por izquierda con la fascista Tacuara y originado el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara. José Luis Nell y Joe Baxter fueron sus principales referentes.

Podemos quedarnos con esos dos asesinatos, y es una lectura inobjetable y hasta legal si se quiere. Un delincuente, sin agregar más. Que pasó años de su vida en prisión. Esa lectura lineal puede llevar a simplificar lo que era un contexto social complejo y signado por la violencia. Los bombardeos a la Plaza de Mayo del 55, donde fue herida la madre de José Luis Nell, María Eloísa Tacci. Los fusilamientos del 56, el plan CONINTES y la democracia amordazada que siguió proscribiendo la voz de las mayorías. Y estos hombres, por otro lado, que se resistieron a la inercia y participaron de eso que se dio en llamar la resistencia peronista. Por los hechos del Policlínico, Nell fue detenido y se fugó de una alcaldía de Tribunales de forma increíble. Viajó a China con integrantes del Movimiento Revolucionario Peronista que encabezó Gustavo Rearte. Volvió a Uruguay, donde militó en los Tupamaros y volvió a ser detenido. John William Cooke esgrimió su defensa cuando la dictadura militar de Onganía solicitó su extradición, en una columna que apareció en el periódico Marcha en 1967. Con los tupa uruguayos, participó de la fuga legendaria del penal de Punta Carretas en septiembre de 1971.

Otra inquietud respecto del personaje es que se trata, podría decirse, de alguien a quien es muy difícil catalogar.  Tal vez por el zigzagueo de su carrera política, que fue quizás el reflejo de las búsquedas y el devenir de una generación llena de sueños y utopías que nacieron al calor del Mayo francés y la Revolución Cubana. ¿Fue tacuara, o sea un facho? Sí, pero después se hizo un poco más zurdo. ¿Fue tupamaro? Sí, pero no se hizo querer mucho parece por ser peronista. ¿Fue montonero? Sí, pero crítico con la Conducción. Una especie de contradicción andante, en el sentido de un devenir muy humano y comprometido con su tiempo. Cultivó grandes amistades, la más entrañable tal vez fuera la de Cacho Envar El Kadri. Y un gran amor, que vivió junto a Lucía Cullen, su compañera hasta el final.

Líder de la columna Sur de Montoneros, fue herido en el acto de recepción frustrada a Perón en Ezeiza por la represión que ejecutara desde el Palco la derecha peronista. Un balazo en la cabeza lo dejó cuadripléjico, en silla de ruedas ese 20 de junio de 1973. Luego del asesinato de José Ignacio Rucci, criticó a la cúpula montonera y fue uno de los impulsores de la Juventud Peronista Lealtad, junto con el padre Carlos Mugica. Montonero pero crítico. Peronista pero no de derecha, este hombre en tiempos del fuego cruzado del 73 y el 74, optó por una posición intermedia, de centro, podríamos decir. No se abrazó ni con Firmenich ni con López Rega. Lealtad a Perón, nada más (y nada menos), y fidelidad a la democracia que había sabido darse el pueblo argentino. Siguiendo al Padre Carlos Mugica, que por entonces algunos cuentan que le dijo a Firmenich: ahora gobierna Perón, los fierros metételos en el culo. José Luis Nell acompañó esa posición, sin alcanzar la justa celebridad que le dio el martirio a la figura entrañable del sacerdote. Su final fue mucho menos épico. En una silla de ruedas y en una estación de tren abandonada a la que lo habían conducido sus amigos el 9 de septiembre de 1974, donde concretaría la decisión de quitarse la vida, largamente meditada. 

Escribí este libro como un modesto intento de que el testimonio de esa generación y de esa vida se cuente como relato libre, como novela que no tiene tal vez la solidez de una investigación. Lo encaré así porque han quedado pocos elementos materiales y documentos para hacerlo de otra forma. La ficción viene a salvar el límite de lo real, de lo tangible. Como un auxilio de la memoria pero con el objetivo de recuperar lo que los personajes pensaron y actuaron en su tiempo, sin juzgarlos desde el eclecticismo ni para bien ni para mal. Un intento más de recuperar un tiempo del que hubo y habrá muchísimas lecturas, porque la memoria es tal vez una herida abierta y que sigue gritando en la actualidad crispada de la Argentina. Recuerdos que a veces incomodan porque reflotan los sueños de la patria socialista que no fue y que pervive tal vez como el justo anhelo que muchos tenemos de lograr una patria más justa e igualitaria para todos.

Sebastián Giménez es trabajador social y escritor, autor del libro El último tren: un recorrido por la vida militante de José Luis Nell (1940-1974). Versión digital gratuita disponible en http://www.margen.org/libros.html. La versión impresa del libro puede conseguirse en librerías Páginas Libres, El Gato Escaldado, Punto de Encuentro y Badaraco.

 

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