El calor es sofocante. Las veredas arden y las suelas de las zapatillas aguantan en la sombra para no derretirse. Las casitas hierven de calor y los techos de chapa, no ayudan a pasar el rato.  Igual, en un rato juega Chicago. Ya nada importa. Y el barrio camina en dirección a la tribuna y son todos uno. Todos somos del Torito. No hay lugar para disidencias. No porque sea ley, sino porque es tradición. No conozco a nadie en Mataderos que no tenga en su vida marcado a fuego el verde y el negro. Es como si fuese un requisito.

Ahí van, familias enteras camino a la popular. Parejas con sus pibes, guachos con sus guachas, pibas de la mano, pibes solos. Chicago es como una familia de códigos que se protege hacia dentro. No hay lugar a intrusos malintencionados en sus filas, en sus gradas. Allí,  seas de Pirelli, de la Oculta o de Los Perales, y mientras tengas la casaca impregnada en tu vida, sos bienvenido.

Caravanas interminables de hombres y mujeres,  multitud de niños caminan por Avenida de los Corrales y preparan el carnet al día para entrar. Todos saben, los que caminan por allí,  que ella está por salir y va camino al estadio por la entrada de Carhué; va a ir con su casaca gigante que le llega hasta abajo de la cintura, con su pantalón pescador bien ajustado a sus piernas y con el pelo recogido y cubierto con una gorra con el escudo del club. Ella llega y todo cambia. Todos la saludan.  Todos la respetan. Todos le tienen miedo. Más que miedo, es el sentimiento de saber que con ella no se jode.  

Su cara de adolescente y cuerpo de mujer madura, era el contraste perfecto para diferenciarla en la multitud. Las mujeres la admiraban y le confiaban su amistad. Los hombres la respetaban y medían cada una de sus palabras antes de enunciarlas. No había esquina en los barrios que se atreviera a piropearla.

Lucy, era de esas minas que se abrían paso en la vida con el humilde silencio de alguien que quiere avanzar en su vida. Desde la mañana bien temprano, numerosas niñas iban a las clases de danza árabe en su departamento. Por la tarde, continuaba con el oficio de peluquera que había heredado de su madre, aquella que había cuidado con tanto esmero, cuando su padre borracho y golpeador, las había abandonado a su suerte. 

Lucy era un ser humano muy recto; hasta en los pequeños detalles se mostraba esa rigidez con ella misma: todos los primeros de cada mes iba a la sede de Chicago a pagar su cuota de socia. Patinadora desde chiquita,y campeona de casi todas las categorías de competición ( esa era la causa de un físico tan privilegiado y trabajado), ella tenía una cariño especial por los colores de su querido Chicago. Se sentía parte, en las múltiples dimensiones que puede interpretarse. El club había sido el lugar para refugiarse de los gritos de su madre, que imploraba piedad a su padre. Era el lugar del primer amor, del primer beso. Todos recuerdan su vestido rojo entallado con la que iba a algunas fiestas del club.  No existe mujer en Mataderos con semejante belleza.

 Y cada sábado, la tribuna que daba a la Pirelli era el santuario para recordar con alegría a su madre, que tanto esfuerzo había hecho para mantener la cuota al día en sus días de niñez y patín.  Lucy era un guerrera, que a fuerza de días de inmensa soledad había forjado una personalidad y carácter a prueba de renuncias y decepciones. Ella camina orgullosa por la vida con la convicción de estar venciendo, de ganar a toda costa en la contienda de la vida.

 

Hubo algo, un hecho que lo cambió  todo. Era 2010. Sábado de lluvia torrencial. Jugaban de local y el diluvio hacía dudar la realización del evento. Lucy llega con su paraguas verdinegro y se ubica debajo de los escalones de cemento de la tribuna. Su belleza y sus trenzas mojadisimas no opacaban su dulzura adolescente. Cerró su paraguas y veía caer la lluvia sobre el campo de juego. Sintió un soplido por detrás,  cerca de su nuca. Sintió una mano apoyando con vehemencia sus glúteos. Otra mano, sujetó su brazo y lo llevó en dirección a un muro cercano. Lucy se brotó de espanto. Era un viejo que aparecía eventualmente en el barrio, y seguro la tenía fichada de otra ocasión. 

-Uy, cómo está este culito…

Lucy colapsó de furia. Entre el accionar del viejo y su reacción habrán pasado dos segundos como máximo. Nunca en su inocencia había sentido tal incomodad,  semejante ultraje a su dignidad y desprecio hacia un ser humano. Ella se dio vuelta y tomó la mano de su abusador. La atenazó. La aplastó. Los años de gimnasio y de hacer fierros habían surtido sus frutos.  En esa secuencia de hechos dejó de llover. Había nulos testigos oculares. Pero todos en el barrio se enteraron:

-¡¿Quien te pensas que sos, viejo pajero de mierda?! Te voy a cortar la mano, la concha de tu madre,  para que nunca más toques a una pendeja, forro del orto.

Su voz penetró  el aire y llegó a los rincones más oscuros del barrio. Fue el grito de ira ante la oscuridad, ante la cobardía. Nada ni nadie podía justificar tal acto. Ninguna excusa  tenía lugar en este contexto. Lucy tenía sus manos llenas de sangre. Las del viejo. Sus uñas habían penetrado su carne profundamente. “Loca, pendeja de mierda, mirá lo que me hiciste” atinó a vociferar aquella bestia. Nunca más lo volvieron a ver.

Lucy contenía el llanto. A decir verdad, el hecho de haberse criado sin padre y tener la templanza de enterrar a su madre a sus jóvenes  diecinueve años, eran para ella una preparación para canalizar eso que vivió. Ningún viejo, hombre o quien sea, le iba a enseñar quién era ella. Mordió  sus hermosos labios juveniles y volvió a su casa en Avenida Los Corrales, mirando con amargura hacia el piso. Pero nunca más volvió a bajar su mirada, sobretodo cuando los sábados sale para cancha de Chicago, y los pibes del barrio la miran y saben que con ella no se jode.

 

Fabian Fazzini

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