Ricardo-¿Esta ciudad, qué tiene para ofrecerte?

Como una metáfora violenta del país, la serie Okupas tiene como primera escena un desalojo. Un oficial de justicia a viva voz dice en una calle del barrio de Congreso:

 

“En mi carácter de oficial de justicia presentando al juzgado civil número cincuenta y cuatro, secretaría única a cargo del Dr. Pelais, por ante los autos y vistos de la resolución que ordena el presente mandato me constituyo frente a ésta finca cita en el pasaje Rivarola 4221 de la capital federal  a efectos de intimar a los ocupantes de la misma para que procedan a desalojar el inmueble por su propia voluntad(…) Caso contrario de acuerdo a lo resuelto en la causa número 72.903 del corriente año se procederá al uso de la fuerza pública.”

 

Alguien desde los balcones de la casona a desalojar grita un largo:  Putooooo.

Y así comienza la mejor serie de ficción que se ha hecho en éstas tierras. Con un desalojo violento, una Opera  con la voz de Pavarotti como cortina musical y un joven Ricardo Riganti que duerme hasta que su abuela los despierta a todo volumen. En la argentina no hay nada porque despertar, finalizaba el año 2000 y hasta la clase media lo sabe. Pronto el país estallaría en mil pedazos, había que desalojar. 

La serie irrumpe con la fuerza de una obra artística que destrozó el paradigma de las ficciones que hasta ese momento en su gran mayoría reflejaban un costumbrismo aséptico, sin política de por medio, familia unida y gente de trabajo. Jamás se mostraba el mundo subterráneo, salvo excepciones como la película Pizza, birra, Faso y algún que otro unitario. 

Okupas rompe los moldes y nos identificó a nosotros jóvenes rolingas, cumbieros y marginales. Walter, El  Pollo, El Chiqui, Ricardo. Cuatro jóvenes terrenales, en contraposición con la estética juvenil crismorenista de chicos bien. 

Fueron once capítulos de golpazos de realidad y una banda de sonido impresionante: Sumo; Pappo; Manal; Almendra; Vox Dei; The Beatles; Rolling Stones. Imagen y sonido en perfecta amalgama. Cada uno tendrá su escena, pero cuando a Ricardo lo viene a buscar la policía y él intenta escapar por los pasadizos subterráneos del caserón, primero suena “Jugo de tomate frío” y en el desenlace de la escena una corrida rabiosa con “Because”, sencillamente memorable. Tanto es así que al parecer uno de los impedimentos para que la serie salga en Netflix es el tema del pago de los derechos musicales, tal como afirma Bruno Stagnaro director y guionista. 

 Personalmente no recuerdo quién me la recomendó o si la ví en la primera o segunda de sus emisiones. Fue un boca a boca impresionante, una ficción, una serie por fin hablaba de nosotros. Más allá de la cuestión de la identificación o representación, Okupas perdura en nuestro inconsciente colectivo generacional. Para buena parte de nosotros treintañeros, si alguien evoca a un rolinga, posiblemente vayamos a la escena de Walter y sus clases de baile a Chiqui. Si algo nos produjo horror y miedo nos remontamos a  Ricardo en el Docke: el negro Pablo y una vieja riendo, tomando birra y fumando. Aterradora escena de violación.

Mientras las ficciones argentinas se empeñaban en reconstruir una imagen de sociedad que ya no existía, Okupas nos hizo llorar, reír y entender que no hay finales felices, la muerte del Chiqui tuvo mucho que ver con eso. Okupas tuvo mucho que ver.

Carlo Magno

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