Gamarra no entiende nada, piensa el Polaco. Si tuviera poder de decisión lo mandaría a la seccional del culo del universo o de vuelta a la ciudad de donde vino, en el medio de Formosa, que no es otra cosa que “el culo del universo”.

¿Qué haces rubia?– le dice cuando se encuentran en un pasillo de la comisaría.

Antes que las palabras, le llega el olor a transpiración. Aunque siga pensando en lo que está por hacer dentro de algunas horas no puede evitar sentir asco por su colega. El grueso bigote sucio que sobresale sobre la barba de una semana, los párpados caídos, la mancha a la altura del ombligo en el único uniforme que usa, el botón faltante, los zapatos amarronados por la mugre.

Gamarra no entiende nada y por eso pasa sus días haciendo comentarios picantes sobre el culo de la Gallega, la chica que trabaja limpiando el café vecino a la comisaría, o hablando sobre comida. Eliseo Gamarra no entiende el momento que le toca vivir y el lugar en el que está parado. 

Si pudiera, el Polaco Cesar Mierz le borraría la sonrisa bobalicona de esos labios gruesos y negros como morcillas, pero todavía no tiene poder de decisión.

Trata de concentrarse en lo que está por hacer. Tiene que salir con tiempo para esperar a Holzman en el cruce de vías. Tierra de nadie. Ahí se va a poder despachar sin que lo molesten. Cagarlo a tiros y dejarlo tirado entre los yuyos. Así es como tiene que ser. Sonríe al imaginar que el pibe Holzman, como tantos otros pendejos, pudiera haber pensado que ganaría, sin darse cuenta que está en el bando equivocado, del lado de los que nunca ganan, de los perdedores. El Polaco sabe acomodarse y está seguro de pertenecer al bando ganador.

Le parece escuchar que Gamarra le hace una pregunta y entonces larga una risa cómplice y dice “claro”, suponiendo que esa palabra es suficiente para que su compañero continúe hablando solo. El formoseño lo palmea en un hombro y entra al baño al final del pasillo. Cesar no lo mira, pero escucha la respiración agitada y el sonido de las suelas de los zapatos arrastrándose sobre las baldosas. “Ya se le van a borrar las ganas de hacer bromas a Gamarra”, piensa. Busca algunas pertenencias y abandona la comisaría.

Terminado su horario de servicio solo debe manejar hacia el sur y solucionar un problema, un cabo suelto. El golpe definitivo. Hizo los arreglos necesarios para que nadie lo moleste. El pibe Holzman es el último de ese grupito de zurdos de Avellaneda.

Son las seis de la tarde cuando busca las llaves parado frente al auto verde en el que manejará hasta Sarandí. No hay una sola nube en el cielo y sopla una brisa calma que se mete entre las hojas y las sacude apenas.

Gamarra no entiende nada. Vive en la zona intermedia que solo habitan los tontos, los que no se la juegan, los que no leen los momentos ni las situaciones, los que no saben de bandos ni de tiempos. La existencia por la gratuidad del aire. 

Cesar aprendió de chico cual era el bando correcto.

Por unos minutos, mientras sujeta el volante del auto apagado, pierde el foco de lo que está por hacer. La memoria se escapa hacia un episodio de su infancia. Su cabeza recorre la casa de la calle Defensa, en el barrio de Montserrat, donde vivía la familia Mierz. La atravesaba un patio angosto que compartían con otras dos viviendas. Lukasz Mierz era mozo en un restaurante de Avenida de Mayo. Enviudó cuando Cesar tenía tres años y su hermana Mirta había nacido hacía apenas diez días. Los niños pasaron la mayor parte de su infancia solos. Cada noche lo escuchaban entrar y sin verlo adivinaban su suerte. Dependía del saludo, del tono de la voz. La mayoría de los días eran buenos. Los días malos eran pocos, pero dejaban huellas.

Trata de concentrarse, de traer su cabeza de vuelta al presente, al auto, al volante, a la llave, a la palanca de cambios, a esta tarde en que no hay una sola nube en el cielo y sopla una brisa calma que se mete entre las hojas y las sacude apenas. No puede permitirse distracciones. Esta noche asesinará a Holzman en Sarandí y evitará que siga rompiendo las bolas. Sin embargo, no puede evitar recordar a su padre en los días malos, cuando cruzaba la puerta y se sacaba el cinturón. La lección sobre los bandos la aprendió una de esas noches en que llegó borracho y se sacó el cinturón. Mirta, que ya era una nena de once años, había querido escabullirse hacia la calle, pero Cesar se adelantó y le cerró el paso hasta que su padre la alcanzó.

No te creas que por esto te vas a salvar, le advirtió Lukasz–, después va a ser tu turno.

Cuando terminó de golpear y abusar de su hermana, no le quedaron ganas de hacer lo mismo con Cesar, que había aprendido una lección: saber de qué lado tenía que estar. 

Enciende el auto y acelera sin poner el cambio, para ir calentando el motor. No puede sacar su cabeza de la infancia. Vuelve a pensar en su hermana, en la satisfacción y la valentía con que lo miró desde el centro del patio una semana después de que le cerrera la vía de escape de la tortura. Mirta había entrado en el cuarto del padre, sacado del armario todos los cinturones con los que les pegaba y los arrojó al techo de la casa. Parecían serpientes muertas sobre las chapas grises. “Papá te va a borrar ese gesto de la cara”, le dijo Cesar. A pesar de los golpes y los abusos, al día siguiente Mirta volvió a tirar los cinturones al techo. Entonces aprendió otra lección: “Algunos no escarmientan nunca”.

Pone primera y se separa del cordón de la vereda. Son las 20:37 del quince de octubre del 1977 y en unos minutos disparará sobre Marcelo Holzman. Dejará el cuerpo abandonado entre el pasto y la mugre.

Cesar Mierz soportó demasiado tiempo que esos pendejos se burlaran de él.

Una vez más, está en el bando correcto.

Sebastian Pujol

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