La banalización absoluta de la campaña electoral puede convertirse en estrategia para seducir votantes. Durán Barba siempre le dio una importancia tal vez sobredimensionada a los detalles. La gente vota por la postura, por el gesto, le cree o no al candidato por un tintineo de las pestañas, por el cuello o la espaldas demasiado rígidos, por un titubeo al hablar, vaya uno a saber por qué. No importa tanto el qué se dice sino el cómo. Cuando el cómo es todo, la política pierde sustancia. Y la ideología se evapora como un resto del agua en el desierto. Lejos estoy de subestimar al ecuatoriano, un experto en estas lides electorales. 

Uno de los principales candidatos, Mauricio Macri, llama a votarlo sin argumentos. Se coloca alegremente en el vacío de explicaciones. No es sólo porque no tiene logros que mostrar. Siempre puede estar el pavimento real a la mano que bien se encargó de escenificar y de tocar flexionando las rodillas hace poco. Lo real y lo ficticio. Lo real es el pavimento, lo ficticio es el argumento. Rutas, veredas, el Paseo del Bajo, el Metrobús y las plazas floridas son lo real. La desocupación, la crisis económica, la deuda colosal, el aumento de la pobreza, el hambre son un argumento. La ideología, un argumento estéril. No tuitea el presidente la imagen yo lo voto y me la banco, sólo porque bancar no es la forma correcta. Yo lo voto. Tres palabras ahí, como una sentencia que apuesta a una identificación de los que siguen al jefe, sin importar los argumentos, casi que por inercia. O por una especie de sentimiento, de orgullo de clase, aspiracional, o de telé con el candidato, ese componente que definiera el psicólogo social Pichón Riviere como la predisposición negativa o positiva a relacionarse con una persona. Yo lo voto, porque simplemente me cae bien. 

Lo que no pudo Menem en el 95 lo busca Macri en el 2019, que sus votantes se blanqueen. Yo no lo voté, repetía la clase media en los 90, mientras el caudillo riojano superaba el 50% de los votos. Nadie decía votarlo, muchos lo votaron. Pero la ficción de la convertibilidad y sentir que un peso era un dólar acá y en Miami parecía no precisar de otros argumentos. Consumir, ser feliz, y que Menem siga en el barco. Esta es la estrategia opuesta. Tal vez porque no hay logros económicos para mostrar. Ni siquiera una nube frágil ni espejismos de colores, segundos semestres o brotes verdes. Hasta en TN reconocen que hay crisis. Pero el kirchnerismo es Venezuela, siempre se puede estar peor. Hay que blanquear, entonces, con la ilusión de contagiar. Yo lo voto, se repiten. Aunque pase hambre, sed o frío. Aunque me hayan echado del laburo. Yo lo voto porque no quiero que vuelvan los que se robaron todo. Un PBI, lo que quieras, aunque poco se pruebe y los sobreseimientos y acusaciones judiciales dancen también al compás de resultados electorales. Yo lo voto, se repiten y se viraliza, claro. Una especie de intento de sumar votantes no por argumentos sino por ósmosis. Porque este que es buen tipo lo vota, porque sultano que es trabajador lo vota, porque esa señora bien parecida lo vota. Ni que hablar de cuchuflito y pindonga. Un vacío de propuestas y de promesas. Ya no se puede siquiera hablar ni prometer la pobreza cero. Pobreza 34 por ciento. Un gobierno que aspira a reelegirse porque yo lo voto, tú lo votas, él lo vota. Ustedes lo votan, vosotros lo votáis. Ellos no, ellos no lo votan. El ellos de la grieta. Que no lo votan con argumentos, claro. Que argumentos sobran.

Sebastián Giménez.

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