Me habían contado ese ida y vuelta con mi primo que tuvo encuentros y reencuentros a través de los años, pero yo nunca te había visto. Te vi en ese cumpleaños de mi viejo, sentada al lado de mi primo. Alguien me susurró que solías ser hermosa. Yo vi vestigios de esa hermosura desafiante en tu perfil, mientras le cortabas la carne asada en rodajas a Rodolfo y sonreías levemente socarrona. Lo miraste y reíste graciosamente. Él te miró y te atropelló la diversión con un ¿de qué te reís?, y pinchó una rodaja de chorizo con un poco de lechuga.

Estoy cuidándome, repetía mi primo Rodolfo en medio del bullicio del festín, mientras se servía kilos de lechuga envinagrada para acompañar el tercer pedazo de vacío. Vos mirabas tu plato y parecías dibujar algo con el tenedor. Te había herido. Te había humillado frente a toda su familia; te había silenciado con su estúpida mirada azul.

Luego de vaciar todas las bandejas, brindar varias veces y dar los aplausos correspondientes al asador, todos se arrellanaron en sus asientos a esperar que la comilona baje. Mi viejo se puso a recitar poesía, alzando su voz carcomida por el cigarrillo, agitando su mano derecha mientras sostenía el cuaderno lírico con la izquierda. Mi hermano y yo salimos afuera a fumar.

Estábamos sentados en las sillas de hierro antiguo, hablando del vacío y de enfrentarlo, de no huir de él como la mayoría, cuando vos saliste. Charlamos distraídamente, escuchándonos a medias. 

Nos contaste que laburabas en la loma del culo, como yo. Que te tomabas tres bondis para llegar, pero que estabas contenta; que estabas de pie todo el puto día, preparando comida armenia hasta las siete de la tarde, pero que estabas contenta. 

Te pregunté qué bondis te tomabas, como para preguntar algo y que no sientas que hablabas sola, que estabas sola en una casa fría, del brazo de un hombre muerto. Encendiste un pucho y me nombraste las tres líneas que tomabas. Una de ellas era el 68. 

Me encendí levemente y dije que yo también tomaba ese bondi para ir a mi laburo. Qué hermoso bondi el 68, dije, uno puede acurrucarse en sus asientos mullidos y dormirse en esa temperatura perfecta, mientras afuera el frío taladra los ojos de la gente. Asentiste sonriente y soltaste una nube de humo a la noche azul. Y si te tomás el expreso, mejor, dije mirando a mi hermano, las rodillas no se te aplastan contra el asiento de adelante. Mi hermano sonrió distraídamente. Supe que estaba pensando en algo. Mi hermano siempre piensa mucho y después dice.

-Qué diferencia con tomarte el sesenta en Benavídez, ¿no?- dijo Dan.

-Seee- respondí- el 68 es un bondi de la Ciudad. Viene cada dos minutos y tiene un recorrido corto. Si querés viajar sentado solo tenés que esperar un poco y ya. 

Aunque también tengo que decir que me siento un intruso entre los pasajeros que frecuentan el 68, dije luego de unos segundos de silencio. 

Vos estabas mirando hacia la calle, y cuando dije esto giraste hacia mí con el ceño fruncido.

-Yo no me siento intrusa en ningún lado- dijiste, estirando las comisuras de tu boca hacia abajo y sacando el labio inferior hacia afuera. Aplastaste la colilla con tus zapatos negros y te metiste de nuevo en la casa. Lavaste los platos, repartiste pedazos de torta y les cebaste mates a todos. Rodolfo no te miró una sola vez, sentado al lado de la abuela y haciendo que la escuchaba.

Hoy me subí en el 68 y lo primero que vi, después de ver cuánto saldo me quedaba en la sube, fue tu cara. Al principio no te reconocí. Me senté unos asientos más atrás y te miré de nuevo. Tus ojos grandes y perdidos entre los edificios y el sol me sonaban. 

Es Vero, la novia de Rodolfo, pensé. Te miré de vez en cuando durante algunos minutos, hasta que la novedad se evaporó en aire del lunes frío y me dormí aferrado a mi mochila.

No te vi bajar, pero te pensé durante todo el día. Te imaginé el dolor en la espalda de tanto preparar comida armenia de pie.

No te vi bajar del bondi azul, pero seguramente vos me viste, pegado al vidrio de la ventana, con la baba colgándome y los auriculares blancos tronando en mis orejas, y tal vez pensaste

ahí va el intruso.

 

Juan Zírpolo

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