Al llegar la década de 1880 se había culminado un proceso de gran agitación política, como fue la organización nacional, se habían obtenido grandes extensiones de tierra y a partir de un régimen conservador, muy vinculado con las potencias extranjeras, llovían empréstitos que, si bien nos endeudaban, alentaban la construcción de una infraestructura que materializaría la estructura capitalista en el país. Argentina parecía subirse al tren de la historia liberal, pero antes tendría un conflicto que resolver. Tras el aniquilamiento de las masas del interior, se necesitaban brazos para producir. Gobernar es poblar, diría Alberdi.

Durante los últimos veinte años del siglo XIX tuvo lugar una inmigración sin precedentes que reconfiguraría el entramado social y demográfico del país.  Si bien ya había existido flujos migratorios, no fue hasta este momento que las consecuencias se presentaron de forma tan determinante.  Si para el censo de 1869 la población era de 1.800.000 personas para 1895 se superaron las 4.000.000 y para el 1914 las 8.000.000. De ese total, el 71% se encontraba en el este: Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y Santa Fe. La mitad eran extranjeros.

Esta oleada inmigratoria no sólo produjo un incremento demográfico en términos cuantitativos, sino que también significó una recomposición de los espacios ocupados. Entre 1895 y 1914 el aluvión inmigratorio hizo invertir los términos en la relación población rural, población urbana. Originarios principalmente del sur de Italia y España, huían de las miserias de sus países con la ilusión de poder trabajar su propia tierra.  Pero al llegar encontraban un ambiente hostil. La estructura de la propiedad de la tierra estaba basada en el latifundio. Ante esta situación, no tenían más opción que ubicarse en las ciudades, principalmente del Litoral.

Para fines del siglo, la mitad de la población de la ciudad de Buenos Aires eran extranjeros. Esta tendencia iría acentuando la polarización de otredades. Al sur de la ciudad, el mundo trabajador. Al norte, las clases pudientes. Civilización y Barbarie, siempre presente. A partir de esta llegada masiva de inmigrantes, obligados a concentrarse en la ciudad, se irían constituyendo diversas ramas de actividad: comunicaciones, construcción, gráfica, tabacaleras, comercio y puerto, entre las más importantes. El desarrollo económico basado en la expansión de las exportaciones agrícolas se manifestaba en el crecimiento de una incipiente industria que, junto con las profesiones y los trabajos de estación en las cosechas, configuraban el mercado laboral de la época.

El entramado social se tejía a partir de la inmigración, el desarrollo del mercado laboral y los trabajadores locales construían una ciudad que durante todo el periodo iba a transformarse de una gran aldea en una metrópoli cosmopolita. Ahora bien, los trabajadores sobrevivían en pésimas condiciones. Los salarios eran bajos, las jornadas laborales extensas y las viviendas muy precarias. El conventillo abundaba en el paisaje urbano. Los inmigrantes se aglomeraban entorno a él, conviviendo en condiciones de hacinamiento.

La cuestión social y la crisis del régimen político se presentaban como alimento para la formación de una clase obrera que a mediados de la década del 80 comenzaría a manifestar sus primeras resistencias. La llegada de la inmigración no solo había traído brazos para la producción sino también obreros con una vasta experiencia en el campo de la lucha de clases. Los barrios servían de escenario donde los trabajadores formaban lazos, interpelándose. Ver que el otro estaba en las mismas condiciones de explotación. La identidad de clase se iba constituyendo.

Es difícil de entender que en un país tan atravesado por las corrientes inmigratorias, cuya influencia se percibe en la formación misma de su estructura política, económica y social, aún se sostengan elementos de un relato xenofo. Es evidente que el recurso de un discurso nacionalista de derecha cala hondo en las masas, apelando a los instintos más elementales de la condición humana, el miedo. Temor a  perder lo propio, temor a lo ajeno. Lo extraño es que ese temor sólo se manifiesta con la llegada de extranjeros de países limítrofes como Paraguay, Bolivia o Perú.

Quizás exista una comprobación científica de la bondad genética de los migrantes europeos. Pido disculpas por la ignorancia, pero hasta el momento desconozco esa teoría. Quizás el problema no sea la bandera sino la clase. Los europeos que llegaron en masa durante el fin de siglo XIX y principios del XX eran pobres y recibieron el mismo trato que los hermanos latinoamericanos que llegan hoy en día.

Ignacio Calza

 

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