Siempre me parecieron mágicas, chabon. Son como gotas de pintura roja, violeta, amarillo o verde flúor en el tapiz negro y gris que es puente Saavedra. Suben las escaleras casi corriendo, siempre llevan en la boca una charla sonriente y en los brazos sus maquetas de edificios lujosos, casas solitarias y estacionamientos. A veces esas maquetas solo son plataformas de palitos montados en un propósito oculto para mí, que recién me bajo del quince semi rápido, atontado por el sueño y el lentísimo viaje; que además no entiendo una mierda de arquitectura ni de subir escaleras convertido en una hinchada esponja de esperanza.

Son mágicas, amigo. Te lo juro. Me flashea mucho verlas, sentir el contraste no solo visual que hacen con ese puente del orto, con el gentío acumulado, efervescente de estrés y malhumor matutino; con los bondis acumulados y luchando por alejarse; conmigo haciendo zigzag entre la gente para bajar las escaleras corriendo e ir a tomar el 68.

Qué hermoso bondi el 68, chabon. Es otra cosa. Ahí me siento como en el living comedor biblioteca de mi prima Maru, sentado en su sillón y tapado con su enorme tortuga de peluche. Es una tibieza espectacular. No, boludo, no esa tibieza.

Aunque sí, tenés razón, soy un tibio de mierda. Me pasé la vida haciendo cosas por miedo o por compromiso. Le cagué la vida a personas por ser un tibio. Me cagué la vida por ser tibio.

Pero lo que hice hoy no fue nada tibio, amiguito.

Hoy fue una mañana particularmente fría. Me emponché como nunca para salir. Remera, camiseta, campera con capucha y un tapado encima. Salí al viento helado así, achinado y apurado porque de vuelta me quedé dormido. Bueno, me pasé diez minutos en la almohada, nada más, pero diez minutos te hacen mierda la puntualidad si vivís en Benavídez y laburas en Once, si tenés que esperar el puto quince semi rápido que viene cuando se le ocurre, si tenés que atravesar una Panamericana atestada de gente adentro de miles de vehículos arrastrándose a paso de zombie a sus laboriosos destinos.

Tenés razón, me voy por las ramas. Te decía que lo que hice hoy no fue tibio en absoluto a pesar de mi adicción a la tibieza de los sillones mullidos, de los asientos contra la ventana presurizadamente cerrada, de las verdades calladas en la cara y de la indiferencia hacia el dolor ajeno.

Me bajé del bondi y recibí el golpe del frío que venía persiguiéndome desde Benavídez. Me apuré por esquivar a la gente y avanzar hacia la escalera primero que nadie. El horizonte era gris, gris perla, deme un cierre invisible de treinta centímetros, gris perla, por favor. Entonces la vi.

Una cabeza rubia se asomó desde el precipicio de la escalera oculta. No tendría más de veintitrés años. Su cara estaba algo fruncida y pálida por el frío, pero sus mejillas estaban ruborizadas y hablaba con sus amigas con una sonrisa imperturbable. Todas llevaban maquetas de una especie de edificio con formas modernas. Ella lideraba la caravana de proyectos con su pelo rubio al viento, retorciéndose sobre el cielo nublado y entre sus ojos azules. Avanzaba poéticamente con su maqueta imponente, regia, orgullosa, que ella misma había hecho. Una extensión de ella misma, una respuesta, una exclamación victoriosa sobre el suelo frío y zozobrante del puente.

Pareció pasar en cámara lenta.

Saqué mi mano izquierda del bolsillo y medí la distancia entre mi brazo y su maqueta. Ella giró su cabeza hacia atrás para decirle algo a sus compañeras, y cuando giró de nuevo, la mano de un desconocido golpeó la base de su edificio adrede, totalmente adrede y determinado. 

La maqueta flotó en el aire durante una eternidad, chabon. Luego descendió pesadamente, golpeando contra las barandas del puente y cayó en la Cabildo, haciéndose mierda contra el asfalto. Casi le rompe la cabeza a un pibe que cruzaba corriendo.

Fue poético, amigo. Con las migas de no tibieza que me quedaban miré a la rubia, que se había quedado parada en medio de la sorpresa y la desazón con los brazos aún haciendo el ademán de sostener la maqueta. Sus mejillas estaban blancas. Su pelo no ondulaba, solo se movía como una bolsa de cemento rota y llena de escombros en la vereda de una obra en construcción, no sé. No sé cómo describir lo que pasó.

La chica ya no contrastaba. Era una con el puente.

Bajé las escaleras corriendo y escuchando las puteadas de la piba. Me tropecé y me hice mierda la pera contra el pavimento. Me lo merecía, boludo. Eso de hacer poesía experimental no es gratis.

Juan Zirpolo

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