“Vayan a jugar al monte”, nos retaba un vecino cuando éramos chicos y no dejábamos un minuto de joder con la pelota. Pocas veces le hacíamos caso. El monte era apenas un descampado que él añoraba como si fuera tal. Su reto era consejero, allá no pasaban autos. Estaríamos más seguros. Alrededor de treinta años después, aceptamos su consejo. Nos fuimos a otro monte: San Miguel. Con carbón, asado, vino y, claro, pelota.

Era 2015. Nunca imaginamos que ese destino pacífico, apenas cuatro años más adelante estaría manchado de sangre. ¿El culpable? Un viejo terror de la sociedad, la Policía Bonaerense. Sus intérpretes directos fueron los encargados de un control policial. Le robaron la vida a un joven de 22 años y a 3 menores de 14. Otra chica de 13, aún pelea por la suya en un hospital.

“Pueblo chico, infierno grande”, decía aquél vecino nuestro cuando escuchaba sobre algún asesinato de pueblo pequeño como había sido el suyo. No aplica. San Miguel del monte es una ciudad más grande y, por sobre todo, el accionar policial tiene una jurisdicción más amplia.

En busca de recargar pilas y cambiar el aire, emprendimos el viaje. La Argentina macrista comenzaba a configurarse. A pesar del día feriado, los accesos a la autopista Richeri eran caóticos. Al llegar a metros de la entrada, fuimos notificados del motivo: estaba cortada en todo su trazado. El presidente Yanqui de turno visitaba nuestro país y pasaría por ahí dentro de ¡3 horas! Eventual procedimiento de la seguridad bullricheana. Primero los de afuera. No le tembló el pulso cuando tuvo que recortarle a los jubilados, imagino que una autopista un feriado fue una papita.

En San Miguel del Monte, el aire hostil de la ciudad quedó atrás. Elección perfecta. Nos alojamos en una casa con parrilla y fondo, todo lo necesario. A la hora de dormir, lo único que rompió el silencio de la noche fueron los ronquidos infernales de uno de nosotros. Pasarlo a asilamiento, santo remedio. Estábamos apenas a 20 metros de la ruta 3. Este año, sobre esa ruta se realizó el control policial asesino.

La atracción turística del lugar es la laguna. Amplia, rodeada de una frondosa arboleda y una calle costanera que permite rodearla en auto en casi media hora. Aficionados pescadores se disponen en los clubes o paradores de la costa preparándose un asadito, un pic nic o con unos mates. Mucha gente toma la misma postura aunque sin cañas. En ese conjunto, nosotros. Al atardecer tomamos unas copas en un bar céntrico antes de volver para prender el fuego. Toda la jornada envuelta por un seductor aire de paz. ¿Habrán pescado esa tarde Camila, Rocío, Carlos, Danilo o Gonzalo? ¿Habrán pasado por el bar?

El poco tránsito le permitió a uno de nosotros tener sus primeras clases de manejo. Sin salir a la ruta, un poco por conciencia y otro poco para evitar el control en ocasiones allí dispuesto. ¿Habríamos frenado? De no hacerlo, ¿Nos hubieran perseguidos a balazos?

Para nuestro grupo la principal atracción fue la casa de Don Juan Manuel de Rosas. En ella se rinde tributo a la vida del Brigadier y a sus Colorados del Norte. Esta milicia le permitía a los pueblerinos vivir con normalidad a pesar de estar en la frontera con el indio. Ciento y pico de años después, descendientes de ese pueblo perdieron su bien ganada tranquilidad en manos de la organización estatal dispuesta para protegerlos de ¿sí mismos?

En la noche, los fumadores caminábamos a través de la oscuridad de las calles sin margen para el miedo y la incertidumbre. ¿Cómo hubiera sido si anoche salíamos con un pucho? La noche del delito, varios testigos terminaron cuerpo a tierra para evitar las balas. ¿Cómo habrá sido anoche para los habitantes de San Miguel?  ¿Cómo serán las venideras?

Las visitas de los turistas no se detendrán. El destino seguirá ofreciendo intactos todos sus encantos. Para sus habitantes, sin embargo, las ausencias se reflejarán en cada esquina. El odio y la injusticia brillarán en cada uniforme policial. Nada volverá a ser igual para ellos.

Los consumidores televisivos casi en su mayoría recibieron la noticia con indignación. Siempre están aquellos que buscan en las víctimas y en sus familias a los culpables. Éstos no merecen nuestra atención, todavía no tenemos un gabinete psicológico. Dentro de los indignados se pudo ver a muchos que anteriormente vitorearon la doctrina Chocobar porque del otro lado del fusil vieron a un delincuente. Hoy, en un mea culpa importante, deberían darse cuenta que la deconstrucción no es sólo una palabra de moda aplicada a cuestiones de género. Este caso es consecuencia de aquello antes festejado: el avasallamiento de la presunción de inocencia, principio fundamental del estado de derecho.

Esos medios que venden las imágenes espantados, casi con una unanimidad salvaguardan la imagen impoluta de la Gobernadora de Buenos Aires. La policía de su dependencia parece no mancharla. Los canas culpables son carne de cañón. Su acción individual produjo los crímenes, a salvo la corporación. El a b c del gatillo fácil. María Eugenia Vidal hace silencio. Nada pasó. Su Ministro de seguridad habla por ella, “indignado” por los hechos. Él mismo en su momento supo exponer una defensa para el legendario Chocobar. Vidal repitió fórmula: hizo lo que mejor le sale, callar. Sin embargo, no haberlo separado de la fuerza, también habla por ella. Los medios juegan con la ley del “siga, siga”, las inevitables salpicaduras se acumulan.

Sólo sus familiares hablan por los muertos. Un pueblo entero los llora. Es hora de parar. Este gobierno que nos ha robado hasta las palabras, sigue robándose todo. Hasta los sueños de nuestros chicos. Cambiemos. De verdad, cambiemos. Es hora.

Por nuestros pibes, por nuestros viejos. Para que el monte vuelva a ser el lugar al que nos mandan a jugar seguros. Por los pibes de San Miguel.

René Ruiz

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