La investigación para elaborar una nota es quizás el trabajo más rico. Revolver archivos, husmear en la memoria, retomar lecturas. En ese trajín nos nutrimos. En ocasiones, los textos abordados como fuente tienen tal riqueza que dejarlos en un papel secundario deja un sinsabor que la producción final propia no logra edulcorar. Eso sucedería si luego de la entrega sobre Juan José Castelli dejáramos de lado este hermoso e informativo texto de revisionismo histórico consultado para la ocasión.

Forma parte del libro “Cuentos de los Años Felices”, de Editorial Sudamericana.

Sin más, Osvaldo Soriano

Oh juremos con gloria callar

En los grabados de época los nueve miembros de la Primera Junta aparecen más tiesos y beatos que un puñado de frailes viejos. Son figuritas deste­ñidas y tediosas que ocultan la pasión de la libertad con dignidad y justicia.

Las sucesivas crónicas sobre Mayo tendieron a inter­pretar los acontecimientos según los intereses dominan­tes del momento en que fueron elaboradas. Casi toda esa escritura es rimbombante y adjetivada. San Martín es “genio y figura”. Belgrano, “abnegación y sacrificio”; Moreno, un “preclaro maestro”; Rivadavia, un “coloso de la modernidad”.

El relato más silenciado por la historiografía ha sido el Plan de Operaciones de Mariano Moreno, que lo revela como un furioso expropiador de fortunas coloniales. Sin ese texto escamoteado, el fulgurante secretario es, para muchos —sobre todo para el colegio—, un distinguido prócer liberal.

Casi todos los hombres de la Revolución pelearon contra los invasores ingleses; algunos, como Castelli, intentaron apoyarse en los británicos para librarse del Dominio español. Unos y otros se odiaron por diferencias políticas o por celos, pero hicieron una parte del camino juntos. Rodríguez Peña, Vieytes y Belgrano eran partida­rios de Adam Smith y casi todos —también San Martín— de establecer una monarquía constitucional. Castelli, Belgrano y Moreno conocían bien la dolorosa secuencia de la Revolución Francesa que concluyó con el golpe de Termidor.

El 15 de julio de 1810, el muy católico Manuel Belgrano presentó a pedido de los nueve miembros de la Primera Junta el proyecto de un plan que “rigiese por un orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad”. El documento describe la situación heredada del Virreinato: “Inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios”.

Belgrano traza en nueve puntos la línea que debe seguir la Junta para la “consolidación del sistema de nuestra causa”. Su objetivo es comprometer a todos los sublevados en la fundación de un Estado que además de independentista sea revolucionario.

El 17 de julio los nueve miembros, “a pluralidad de votos” aprueban el pedido de Belgrano. Tanta es la urgencia que al día siguiente deciden confiar en “los vastos conocimientos y talentos” del vocal Mariano Moreno para la confección del plan. Moreno debía traba­jar en condición de “comisionado” y no de miembro de la Junta, “participándole al mismo tiempo que quedaba exento de la penuria de contribuir al desempeño de las funciones de dicho tribunal (…) con el pretexto de alguna indisposición corporal”.

Ese mismo día, en la sala de acuerdos de la Real Fortaleza, Moreno comparece y jura “desempeñar la dicha comisión con que se me honra guardando eternamente secreto de todas las circunstancias de dicho encargo”.

El 30 de agosto, Moreno lee un terrible documento que iba a permanecer oculto a los argentinos durante más de ochenta años. La desaparición de ese texto repudiado hasta por quienes lo aprobaron causó no pocos equívo­cos.

El primer manuscrito de Moreno se perdió, pero una copia de su propia mano, que llevaba en los baúles del exilio cuando el capitán del barco inglés “le suministró un emético” mortal, fue a parar a manos de la infanta Carlota que lo transmitió en 1815 a Fernando VII de España.

Recién en 1893 el ingeniero de puertos Eduardo Madero, que investigaba en el Archivo de Indias de Sevilla, encontró una copia y se la mandó a Bartolomé Mitre. Ecuánime, tal vez sorprendido u horrorizado, el historiador lo ofreció al Ateneo de Buenos Aires para que Norberto Piñero lo incluyera en una edición crítica de los Escritos de Moreno. Naturalmente, el documento se extra­vió y Piñero tuvo que pedir otra copia a Sevilla.

Paul Groussac encabezó el vendaval de indignadas críticas que produjo la publicación del plan. Para entonces Moreno era el alma del régimen liberal. Ya tenía monumentos, nombres de calles y colegios y era impo­sible destronarlo. Para colmo Belgrano, el inspirador, había sido incorporado a la iconografía del Ejército y sus huesos eran custodiados por la Iglesia. Sólo Juan José Castelli, comisario político y primer ejecutor del Plan, había sido cubierto por un pudoroso olvido oficial. En las “Instrucciones” para la campaña al Alto Perú, Moreno le escribía a Castelli: “La Junta aprueba el sistema de sangre y rigor que V.E. propone contra los enemigos y espera tendrá particular cuidado de no dar un paso adelante sin dexar los de atrás en perfecta seguridad”.

Castelli y French fusilaron a Liniers en la llanura cordobesa de Cabeza de Tigre y frenaron la contraofensiva española. French, el que en las estampitas todavía reparte escarapelas, le escribe al secretario Moreno: “De mi propia mano le he dado el tiro de gracia”.

Castelli seguirá su utópica y sangrienta marcha asistido por el joven Bernardo Monteagudo, hasta que en plena contrarrevolución la gente de Saavedra consigue detenerlo y mandarlo a juicio. Mariscales españoles, curas y notables del Virreinato han sido pasados por las armas sin contemplaciones en cumplimiento del plan redactado por Moreno. En Cochabamba y Potosí Castelli subleva a los indios y fusila a quienes los fusilaban en los socavones de las minas.

Tan temible es la fama de esa revolución que duran­te décadas el grandilocuente Himno compuesto por Parera y López en 1813 será entonado por los esclavos de todo el continente como grito de rebelión.

Al regresar de su campaña al Paraguay, Belgrano se entera de que el plan ha entrado en sigilosa vigencia y lo aplica con un rigor que lo convertirá en el más duro de los generales improvisados. Monteagudo, que parte con San Martín a Chile y Perú, debe de haber recibido instrucciones muy precisas para tomarse la libertad de fusilar a los hermanos Carrera en ausencia de su jefe. Después, en Lima, el discípulo de Castelli ganará la celebridad de un Saint Just tardío y sudamericano.

Hay indicios de que la metodología despiadada del plan fue aplicada con autoridad por lo menos hasta la caída de Castelli, aunque sus ecos retumban más allá de la Asamblea de 1813. En su Memoria, Saavedra lo evoca sin nombrarlo y lo atribuye a la veleidad enfermiza de Moreno que, según cuenta el presidente, se tomaba por el Robespierre de América.

Sin embargo el plan es demasiado rico, contradicto­rio y complejo como para abandonarlo a los murmullos espantados de quienes todavía esconden su existencia. Son las ideas sobre un Estado libre, soberano y próspero las que todavía lo hacen innombrable.

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