Preso. Espera la resolución de un juicio nefasto que jamás llegará a su fin porque la muerte lo abordará antes. No puede hablar, le cortaron la lengua como consecuencia del cáncer que acabará con su vida. Una jugada sucia del nefasto destino. Es 1812, el orador de la vencida victoriosa Revolución de Mayo, deberá dejar sus últimas palabras por escrito. Es una simbología macabra. Pide un papel y escribe un vaticinio que pone la piel de gallina: “Si ves al futuro, dile que no venga”.

Juan José Castelli es quizás el más olvidado de los próceres de estas tierras. Vocal de la primera junta, tuvo un rol fundamental en los días previos. En los días de la gestación.

Fue uno de los partícipes que soñaban con una verdadera revolución, con una que destruyera el estatus existente. Asistente principal a las reuniones clandestinas organizadas en la jabonería de Vieytes. Según el historiador José Luis Romero, un integrante fundamental de “La Sociedad de los Siete” compuesta además por Saavedra, Belgrano, Pueyrredon, Vieytes, Rodriguez Peña y Moreno. Felipe Pigna no pone a este último como integrante, pero le da el lugar más alto del podio de los defensores de los ideales revolucionarios. Participaban también de aquellas reuniones French, Berutti, Monteagudo, entre otros.

En la semana de Mayo, cobra trascendencia. Enviado por el grupo, le exige al virrey Cisneros la convocatoria  a un Cabildo abierto. Lo acompaña Martín Rodriguez. El virrey debía dimitir porque el rey al que representaba ya no tenía poder en España. Cisneros intentará distintas maniobras para subsistir en el cargo. Todas truncas. La noche del 24, acorralado, sin retorno, en busca de salvar su pellejo otorga su renuncia. Saavedra y Castelli, los últimos en exigirla.

Alineado a las ideas de Mariano Moreno, Castelli soñaba con un movimiento que instaurara en la región los ideales de la Revolución Francesa. Ambos recibidos de abogados en la Universidad de Chuquisaca adherian al “Contrato Social” de Rousseau que será traducido por el creador de “La Gazeta de Buenos Aires” con las partes que atacan a la iglesia, censuradas. Una jugada política del grupo que buscaba no enemistarse con el poder clerical, al menos en ese momento. Castelli no podrá disimular demasiado. Es el más radical del grupo. Como eufemismo le dirán Jacobino y no renegará por ello. Va hasta las últimas consecuencias en defensa del Plan de Operaciones redactado por Moreno a pedido de la Primera Junta pero que sólo este grupo mencionado defiende. 

Su estilo de mando es duro y ejemplificador. Será el encargado de la misión que persigue a Liniers hasta Córdoba. En Cabeza de Tigre obtiene una victoria crucial que evitará una contraofensiva española. El tiro de gracia al líder opositor lo da French, luego del fusilamiento. Luego, la junta envía a Castelli al norte a cargo de “La Primera Misión Auxiliadora al Alto Perú” para tomar el mando en nombre del recién asumido gobierno. La misión no tiene carácter de invasora sino de auxilio para los pueblos. En cumplimiento del deber, dispone fusilar a realistas y traidores. No hay revolución sin sangre.

En una proclama, como comandante de la Expedición Auxiliadora, dirá a sus soldados: “Hoy lleváis las armas por medio de las montañas hasta el corazón del Perú, no para emplearlas en los habitantes pacíficos de los pueblos, que piensan como vosotros, que se hallan penetrados de los mismos sentimientos de lealtad que inflama vuestros pechos, sino en los obstinados opresores de su preciosa libertad”.

Su gobierno se instala en Chuquisaca. Prontamente decreta la emancipación de los pueblos, la libertad de comercio (muy distinta a lo que hoy entendemos como tal), el reparto de las tierras expropiadas a los enemigos de la revolución entre los trabajadores de los obrajes, la anulación total del tributo indígena, la suspensión de las prestaciones personales. Iguala a los indígenas con los criollos, abre escuelas para enseñar el español pero también el quechua y el aymará. A esos idiomas hace traducir los principales decretos de la junta.

“La felicidad inalterable de la América consiste en nuestra unión recíproca”, Fue el cierre de uno de sus discursos a los habitantes del virreinato.

Sus políticas rápidamente tienen mala recepción en aquellos beneficiarios del régimen depuesto. La convivencia no es posible.

Castelli solicita permiso a la junta para perseguir a los españoles por el territorio. Busca vencerlos definitivamente, muchos años antes de las excursiones de San Martín y Bolívar. La junta se lo niega, sólo aprueba una batalla si existe total certeza sobre la victoria. Saavedra había fortalecido su posición de hombre fuerte del gobierno luego de una maniobra política audaz: sumar a la junta a los diputados del interior. Moreno ya había sido enviado a su trágico viaje sin vuelta hacia Inglaterra. Belgrano, el tío de Castelli, ya se encontraba encabezando el Ejército del Norte, también lejos de dónde se dirimían los asuntos de la revolución.

Así las cosas, Castelli acuerda un armisticio con los españoles. Sus enemigos no lo cumplirán. El 20 de Junio de 1811 es derrotado en Huaqui. La embrionaria Argentina pierde para siempre su influencia en Perú. El ejército del revolucionario, sin opciones, abandonado a su suerte por Buenos Aires, retrocede hasta ser auxiliado por Belgrano en Tucumán. Una vez en Buenos Aires, el Coronel de la revolución no le escapa al jucio del Triunvirato que acusaba a sus actos de hacer peligrar al gobierno: “Yo no huyo del juicio; antes bien sabe V.E. que lo reclamé, bien cierto de que no tengo crimen”.

En la pluma de Osvaldo Soriano: “La historiografía oficial no le reserva un buen lugar en el rincón de los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de la Historia”.

En 1811, un proyecto de constitución no sancionado defendía los ideales revolucionarios. Su principal escriba, Bernardo Monteaguado, había servido ese mismo año bajo el mando de Castelli en el Alto Perú. Algunas diferencias con la Constitución de 1853 son elocuentes. Decía la proclama de 1811: “El poder soberano, legislativo, reside en los pueblos. Éste por naturaleza es incomunicable, y así no puede ser representado por otro sino por los mismos pueblos. Es del mismo modo inalienable e imprescindible por lo que no puede ser cedido ni usurpado por nadie”; “Queda pues extinguido el moderno e impropio nombre de Representantes de los Pueblos con el que, por ambiciosas miras, se condecoran vanamente los diputados y sólo se llamarán Comisarios, que dependen forzosa y enteramente de la voluntad de sus pueblos y están sujetos como los demás al Superior Gobierno”. La carta magna de 1853, anuncia sin embargo: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución. Toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste, comete delito de sedición”.

El futuro llegó, hace rato.

O bien hizo oídos sordos, o nadie le dio el aviso de Juan José.

Sergio Delbreil

 

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