Una vez derrotado Urquiza en 1861 sobre los campos de Pavón, se produce un punto de quiebre en la historia argentina. Es el triunfo de un proyecto de nación sobre otro. La supremacía de una unidad política que da comienzo a la configuración liberal de un Estado que si bien tardará en llegar ha comenzado a construirse. La suerte está echada.

Al trote se retira el eterno caudillo del campo de batalla, sordo ante los reclamos de López Jordan. Ya nada había para él en ese conflicto. No se podía comparar la tensión que le provocaba una política convulsionada frente a la mansedumbre de su abultado ganado. El liberalismo triunfador se encontraba libre de imponer el modelo civilizador y sin su grillete Federal se lanzaba hacia el interior en búsqueda de barbaros.

-No rompa las pelotas Jordán. Hice lo que tenía que hacer. Es una lucha perdida. Sin Buenos Aires no se puede. Nuestro triunfo significa la continuidad del conflicto, sabe bien que ellos nunca cederían.

-Mi General, la victoria es el único camino. No está en juego, sino más que el destino de una nación.  No hay posibilidad de empate. Es a matar o morir. Morir luchando.

La oscuridad había llegado a las tierras provincianas. En términos actuales y de tronos había llegado el invierno. La cara del mal aparecía por las fronteras ante la claudicación de un líder que tiempo atrás, a manos de una Confederación, había traído ilusiones de patria grande. Porque no se puede negar que el intento de una nación equitativa entre interior y Buenos Aires supo enamorar a muchos. A todos, menos a la provincia aduanera y sus socios extranjeros.

Son muchas las hipótesis que se han elaborado sobre la retirada de Urquiza. Un caballero norteamericano recorre los campos de un lado a otro. Intenta la conciliación entre Federales y Buenos Aires.  Un especialista de la negociación. A tropel de caballo resuelve un conflicto que derrama sangre desde hace décadas. Otra versión supone un pacto de masonería. Una buena hipótesis para guion cinematográfico. Imagino un sacerdote masón con larga túnica, en un lugar subterráneo, alumbrado por una vela que se derrite. Frente a él Mitre y Urquiza discuten el destino de la Patria.

Semejante acto político brinda la posibilidad de abrir diversos caminos. Todos pueden contener elementos verdaderos. Todos, menos el pronunciamiento que hace Urquiza al abandonar el campo de batalla:

-Me retiro enfermo y disgustado al extremo por el encarnizado combate-

Ante los acontecimientos, a un general de la talla de Don Justo Jose, se le nubla el corazón y lo invade la angustia. Una tristeza que envidiaría el mejor emperador romano. Sus lamentos crearon una especie de muralla en los limites entrerrianos. Las tropas mitristas ni miraron a su provincia, la cual se dedicaría a gobernar. Su fortuna quedaba protegida. Aún sin poder prevalecer en el plano político, se consolidaba como clase dominante. Sólo tenía que desprenderse del partido federal, un viejo interior que dejaba de ser un buen aliado. A estas alturas tenía mucho más en común con las facciones terratenientes y comerciales porteñas que con la economía de subsistencia de las provincias. El interior había quedado empobrecido y bárbaro. El libre cambio impulsado desde Gran Bretaña le sentaba mejor.

Al finalizar la larga década del 1850, el caudillo se enfrentaba con un empate que no cedía. Fiel a su lema ni vencedores ni vencidos había intentado consolidar un proyecto alternativo a los intereses totalizadores de Buenos Aires, pero el tiempo transcurría y no podía capitular.  Cada día que pasaba jugaba a favor de los porteños que tenían la espalda financiera para aguantar, mientras el interior se ahogaba en el arte de la subsistencia. Cuando la historia requirió una resolución, se decidió por su interés de clase abrazándose con sus antiguos enemigos que al final ya no lo eran tanto.

Todo el proceso había quedado vacío de contenido. En una jugada, Urquiza había tirado por la borda años de rosca y equilibrio entre las provincias que quedaban a merced de la voracidad liberal. Sólo resistían las heroicas montoneras que encabezarían Peñaloza y Varela, las cuales serían derrotadas sangrientamente por el ejercito nacional que se formaba al calor del fuego.  Dar la espalda a su pueblo lo condenó a muerte. Por eso es traición, porque usó a las masas para consolidarse en el poder y cuando lo creyó oportuno las abandonó a su suerte. Como diría Alberdi:

– ¿Para qué ha dado Urquiza tres batallas? Caseros para ganar la presidencia, Cepeda para ganar una fortuna, Pavón para asegurarla-.

Con la caída de Rosas, ni vencedores ni vencidos servía para construir poder entre los suyos y como política hacía Buenos Aires. Pero años más tarde el entrerriano concluiría que sin esa provincia no se podía. El triunfo de Mitre le aseguraba su fortuna y un lugar de privilegio en la nueva política liberal. Fue traición porque la derrota no significaba perder una posición política, sino mas bien el comienzo de una aniquilación. No es opinar con el diario del lunes, una mínima percepción lo anticipaba, las declaraciones de Sarmiento y Mitre eran públicas. Fue traición porque la derrota podía ser compartida y así amortiguar las consecuencias. Pero Urquiza nunca perdió. Esta vez los vencidos no serían los antiguos vencedores, sino mas bien las eternos derrotados.

Ignacio Calza

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s