Él era así; silencioso cuando tenía hambre.

Tenía la particularidad de despotricar e inventar insultos en su imaginación. La culpa de sus golpes o malas rachas siempre las tenía ‘El demonio hijo de puta’ y a veces ‘La santísima virgen que lo tiró de las patas’. Aún me río mientras lo pienso.

El viejo tomaba mate bajo los Tilos que tenía en la vereda de su casa y a mí me daba los últimos, con agua tibia y azúcar, bien lavados mientras la noche se venía encima. Recuerdo que, salvo para comer, se sentaba con el respaldo de la silla al frente, piernas abiertas a los costados y brazos apoyados en la madera. De niña intentaba imitarlo aunque mis piernas no me llegaban al borde del asiento. Quería ser como él.

El viejo me llevaba a comprar un huevo Kinder una vez por semana y aprovechaba para fumarse un pucho a escondidas de mi abuela y mi vieja. Cuando lo descubrieron me pidieron que hablara con él para que dejara el vicio que suplantaba el alcohol. Mal consejo, nunca más me llevó a comprar a la YPF.

Recuerdo que tres días antes de Navidad se ponía un tacho entre las piernas y cortaba la fruta para la ensalada típica de fiesta. Supuse internamente que él quiso enseñarme, pero no lo escuché; lástima que no lo escuché. El 25 a la noche, después del brindis, nos comíamos juntos un Mantecol, a escondidas del resto, que había comprado sólo para nosotros dos; y ni hablar de la sandía que nos bajamos en horas o días.

Al viejo le gustaba el Tango y una vez me preguntó si quería aprender con él. ‘ Cuando cumpla quince no quiero bailar un vals con mi papá, quiero bailar un Tango con vos’ le prometí al tiempo. Pobre, no le cumplí la palabra.

El viejo sonreía con los dientes rotos y podridos, y le decía a mi abuela ‘Mira, Mari. Mirá’ cuando en la tele daban las carreras de autos y el Chevrolet iba primero. ‘Vamos Chevi, carajo’ resonaba en la casa.

Algunas tardes me hablaba sobre las plantas y los picaflores y yo lo escuchaba. ‘Antes de pedir, prefiero juntar cartón y venderlo’ Decía reflexivo. ‘Si alguna vez tenés frío, no hay nada mejor que un poco de diario en el pecho’ Me indicó cuidándome. Jamás le pude agradecer ese saber que me compartió y que alguna vez me salvó de una neumonía tras un recital.

Al viejo una sola vez lo vi llorar. Yo estaba en mi casa, al fondo de la suya, y escucho que alguien apoya un pie en el primer escalón de adentro y luego que cierran la puerta mientras yo estaba teniendo relaciones con mi novio. Cuando pregunté al vacío si había alguien, solo noté silencio, entonces seguimos en la nuestra. Al salir de mi casa al rato, vi que estaba su Chevi naranja afuera y decidí golpear para entrar. ‘Pase’ resonó de adentro. Ahí fue cuando lo encontré con lágrimas en los ojos. Nunca me animé a preguntarle por qué lloraba, pero yo supuse que era por eso ‘alguien había entrado, y seguramente fue él’.

Del viejo no me despedí, por el viejo no lloré ni temblé. Me había prometido construirme una casita del árbol sobre el Paraíso que estaba al lado de la puerta de entrada. Él, jamás cumplió su promesa.

Pobre, no pude decirle los momentos que hoy recuerdo entre risas de familiares. Sí abuelo, ya lo sé. Gracias. Te la debo y algún día te la voy a pagar.

María del Mar Bisignano

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